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Manuel Martín Cuenca se ha convertido, a la chita callando, en uno de los cineastas cuyas películas son esperadas como un acontecimiento. Quizá queda por debajo de las expectativas que despiertan siempre Almodóvar y Amenábar, las dos vacas sagradas actuales del cine español, pero está a la altura de un Alberto Rodríguez, de un Agustí Villaronga, de un Benito Zambrano, de una Icíar Bollaín, de un Fernando León de Aranoa, directores de los que siempre se esperan grandes cosas. Martín Cuenca (Almería, 1964) llamó la atención a principios de siglo con la adaptación al cine de la novela de Lorenzo Silva La flaqueza del bolchevique (2003), cuyo fracaso comercial sin embargo le abocó a hacer películas pequeñas y con escaso recorrido, hasta que la también pequeña pero portentosa La mitad de Óscar (2010) lo reveló como un director con ideas visuales extraordinarias que estaba pidiendo a gritos su sitio en el panorama de los creadores más interesantes del cine español. Llegaron entonces sucesivamente Caníbal (2013) y El autor (2017), que confirmaron que su talento era raro aunque también irregular, sin duda especial.

Ahora con La hija confirma que sus films son, efectivamente, dignos de ser esperados, aunque también que su cine a veces tiene soluciones de lenguaje cinematográfico no demasiado afortunadas. La acción se desarrolla en nuestros días, en las Sierras de Cazorla y del Segura. Allí conocemos a Irene, adolescente de 15 años que se ha quedado embarazada de su novio Osman, que está en la cárcel. Irene está acogida en un centro de menores de la zona. Javier, que trabaja en ese centro, la ha convencido para que se escape y se vaya con él y su mujer, Adela; ambos no pueden tener hijos y han pactado con la chica que viva con ellos, a escondidas, hasta que tenga el bebé y entonces se lo entregue a la pareja, que le retribuirá con una importante cantidad de dinero para que rehaga su vida donde y como quiera. Pero la adolescente, inicialmente inclinada a ello, empieza a tener dudas sobre si es lo que realmente quiere, y sobre todo, quiere comunicar a su novio lo que está haciendo...

Tiene La hija un tono de thriller entreverado de drama, o viceversa. Martín Cuenca retoma aquí el tono sobrio, de una austeridad espartana, que fueron santo y seña de dos de sus films anteriores, los mentados La mitad de Óscar y Caníbal, en una historia de pocos personajes en los que el paisaje es otro rol más, los inmensos rocadales y bosques de las Sierras de Cazorla y Segura en los que se desarrolla la historia, una historia en la que un inicial acuerdo terminará en un conflicto de inusitada violencia cuando, en aras a conseguir un ansiado objetivo, se pasa de lo ilegal a lo directamente delincuencial.

Pero, claro está, un thriller de Martín Cuenca no es simplemente un thriller, siéndolo, y muy inquietante. Hay aquí lugar para hablar sobre la pulsión de la maternidad, desde dentro (la embarazada) y desde fuera (la que no lo está, pero desea tan fervientemente tener el fruto de esa gravidez); hay lugar para que los impulsos más primarios, los instintos de la perpetuación de la especie, aun sin que medie la propia sangre, afloren sin ambages y permitan actos abyectos tan reprobables moral y legalmente; hay lugar, en fin, para que la violencia campe por sus respetos, en una suerte de atroz lucha por la supervivencia donde todo recurso será válido, donde ya no habrá lugar para la condescendencia, menos aún para la piedad.

Gusta el film por su tono seco, por su apariencia como de historia en una especie de limbo, en un lugar que imprime su carácter a los personajes, confiriéndoles la dureza de la tierra. Se aprecia también el film por ser ajeno a los gustos del espectador actual, que no concibe diez segundos seguidos sin que pase algo en pantalla, a ser posible muy espectacular. Gusta el film, en definitiva, por hablar de gente corriente puesta en una situación extrema, cuando seres habitualmente cabales liquiden su sensatez en beneficio de un preciado objetivo a conseguir a toda costa.

Eso sí: hay hacia la mitad del film una elipsis, cuando el novio llega a ver a Irene y ambos comunican su decisión a la pareja protagonista, que nos parece demasiado arriesgada. Es cierto que esa elipsis marca un antes y un después, supone el pivote, la baliza a partir de la cual la historia se precipita irremediablemente, donde las tornas cambian para siempre, pero aún así nos parece excesiva. El salto cualitativo que en ese momento dan los personajes de Javier y Adela, en especial el primero, debería estar suficientemente motivado, y esa elipsis nos lo hurta, o así nos lo parece.

Al margen de esa cuestión, que no es baladí pero tampoco esencial, nos parece que La hija es una nueva muestra de talento de uno de los cineastas españoles más estimulantes de este siglo XXI, una película cuyo final (que se ha querido ver como un cierto homenaje al famosísimo último plano de Centauros del desierto) deja abierta la historia, que a partir de ahí será la que haya de ser.

Notable trabajo actoral por parte de la pareja protagonista, Javier Gutiérrez (que tiene la rara cualidad de hacer distintos los papeles que interpreta en cada nueva película) y Patricia López Arnaiz. Más endeble vemos a la jovencísima Irene Virgüez, a la que de todas formas habrá que seguir, porque apunta maneras. Y chapó para el cordobés Juan Carlos Villanueva, que insufla autenticidad a su personaje, el policía convaleciente de una grave enfermedad que intentará descubrir lo que se traen entre manos los protagonistas.

(01-12-2021)


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122'

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La hija - by , Dec 02, 2021
3 / 5 stars
Un thriller que no es simplemente un thriller