Película: El autor

No es la primera vez, ni mucho menos, que el cine habla (de muy diversas formas) sobre el proceso creativo. Baste recordar algunos ejemplos, como La bella mentirosa (1991), de Jacques Rivette, o El sol del membrillo (1992), de Víctor Erice, en pintura, En la casa (2012), de François Ozon, o El editor de libros (2016), de Michael Grandage, en literatura, o Vania en la calle 42 (1994), de Louis Malle, por lo que respecta al teatro, entre otros muchos films sobre la creación artística y su génesis.

Manuel Martín Cuenca opta en este El autor por una derivada. El protagonista, empleado de una notaría sevillana, está celoso del éxito literario (en su faceta best seller) de su mujer, y desde hace algunos años acude a un taller de literatura impartido por un profesor que parece ir de purista, un Hemingway de vía estrecha, aunque después resulte ser un alumno aventajado del epicureísmo gastronómico (y, se intuye, del sexual…). Tras una bronca en toda regla por parte del profe, incitándolo a ser auténtico en su literatura, una puesta de cuernos conyugal y una excedencia (por llamarlo de alguna forma…) en su trabajo, el protagonista concibe la idea de escribir sobre los vecinos del nuevo edificio al que se ha mudado cuando se ha visto con la testa coronada. Allí su cabecita loca empezará a barruntar una intrincada jugada…

Tiene El autor el valor de hablarnos de algo tan difuso y complejo como la creación artística, en este caso literaria, y de hacerlo en la persona de un hombre de la calle, un oscuro ciudadano al que el oropel de la literatura/clínex de su esposa empuja a escribir (él sí…) literatura de verdad. Recuerda, con el sexo cambiado, el caso de Stephen King y su esposa Tabitha, que encontró también su vocación como escritora (otra cosa fueron los resultados), quizá celosa del fulgor del marido.

Hay en El autor un tema sumamente interesante, cómo el escritor pasa de mero observador de la realidad a manipularla, a actuar como un demiurgo que realiza acciones que hacen que los personajes, que a su vez son también personas de carne y hueso, obren conforme al novelista le plazca. Claro que, como las escopetas las carga el diablo, a veces puede ocurrir que, a la manera del corto clásico del cine mudo El regador regado, el manipulador se lleve un revés con el que no contaba. Pero eso ya es materia de “spoiler”, y no seguiremos por ahí. Estamos entonces ante la visión del entomólogo que, lejos de limitarse a estudiar al animal, interactúa con él para que éste ejecute lo que el autor decida, sin importar bien ni mal (ya decía el clásico que con buenos sentimientos no se hacen buenas novelas…), sino sólo el sacro, supremo, absoluto ideal de la obra perfecta.

Tiene El autor varios problemas: por un lado, un sutil (pero que está ahí, indubitable) desprecio al hombre medio, ese que jamás será capaz de escribir una gran novela, de ser un Javier Cercas (al que, por lo demás, admiro por sus estupendas El soldado de Salamina, La velocidad de la luz y Anatomía de un instante), una forma de menosprecio hacia esta especie de arquetipo de la aurea mediocritas, que osa aspirar al Olimpo de los dioses, al Parnaso de los poetas, sin saber que su sitio está rellenando prosaicas escrituras en una oficina de notaría. Esa displicencia (que seguramente agradará a las élites, tan contentas de haberse conocido), repugna por su supremacismo, por su complejo de superioridad. Otra de las pegas que cabe atribuir al film, basado en la novela El móvil, del mentado Cercas, es su desapego con la realidad, cuando está hecho en clave realista: está claro que ni el escritor, ni el director, ni el guionista, han conocido desde dentro nunca una notaría: la que aparece aquí se parece como un huevo a una castaña a una oficina de estas características, y, desde luego, el estereotipo del notario como el primo cabrón del Gargamel de los Pitufos no se corresponde en absoluto, al menos actualmente, con la realidad: parece más un notario de la época de Franco, cuando eran dioses sobre la Tierra.

Lo que más me interesa de El autor es, claro está, la manipulación del protagonista sobre la realidad que le rodea, sobre todo las escenas en las que observa, como el redomado voyeur que en el fondo es, las conversaciones privadas de la pareja de mexicanos que habita en la vivienda contigua, casi siempre vistas a través de la ventana del cuarto de baño, en un sugestivo reflejo en la pared blanca que recuerda poderosamente el bellísimo recurso de las sombras chinescas. Esa utilización, ponderada y prudente, es lo más interesante, lo más excitante de este juego morboso en el que autor y personajes, alegóricamente, barajan sus cartas, echan sus órdagos, van de farol, apuestan fuerte todo a una carta: ese juego malicioso se convierte, así, en lo más intrigante de esta irregular película, que tanto nos hubiera gustado que nos gustara, si vale el casi calambur: la notable Caníbal (2013) y, sobre todo, la poderosa, brillantísima, tan cinematográfica La mitad de Óscar (2010), nos hizo barruntar que había en Martín Cuenca un cineasta de vigoroso trazo, un director finísimo dado a la elipsis y a la sutileza, pero me temo que El autor no confirma ese augurio.

Porque tampoco en cuestión de casting se puede decir que Martín Cuenca y los productores hayan estado afortunados, al menos en cuanto a María León, absolutamente inadecuada para el papel de escritora de best sellers, personaje que ni ella misma se cree, con lo cual, evidentemente, mucho menos el público. Incluso Antonio de la Torre está sobreactuado, en especial en la escena de la bronca inicial al protagonista, que será uno de los detonantes de su deriva hacia la creación literaria (y a ponerse el mundo por montera); que De la Torre, uno de los más estimulantes actores españoles de nuestro tiempo, esté pasado de rosca, ya tiene delito… Es cierto que Adelfa Calvo está muy bien, en un personaje notablemente perfilado, con matices, reconocible, y, sobre todo, un soberbio Javier Gutiérrez, que en estos últimos años está siguiendo la misma estela de un José Luis López Vázquez o un Alfredo Landa, actores que fueron encasillados en papeles cómicos hasta que fueron descubiertos como los grandes intérpretes dramáticos que todos admiramos.

El resultado global es irregular: tiene cosas muy buenas (la mirada manipuladora, más allá de la entomológica, del creador literario; la utilización de las sombras chinescas como bellísimo recurso artístico) y muy malas (el sutil menosprecio del don Nadie, del que nunca será como los exquisitos intelectuales “de verdad”; la notaria marciana que pretende ser sevillana). Tampoco la resolución es brillante, por más que intente una última pirueta. Lástima, porque hubiéramos querido otra cosa, y porque había indicios racionales de que existía una sólida historia en este El autor. Otra vez será…


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El autor - by , Nov 23, 2017
2 / 5 stars
El regador regado