CRITICALIA CLÁSICOS
Disponible en Filmin y Plex.
1961. Estamos en un barrio de Nueva York; tres chicos de raza blanca, al parecer pertenecientes a una banda juvenil, avanzan irresistiblemente por las calles, mientras todos se apartan al verlos. Llevan un paso casi militar, van determinados a hacer algo, sacan armas blancas que llevaban escondidas. Asesinan a navajazos a un joven ciego. La policía los atrapa y, ya en comisaría, el fiscal, Hank Bell, interroga a los sospechosos, tres italoamericanos en torno a los 15 años. El fiscal fue, antes de casarse con su esposa, novio de la madre de uno de los acusados, Di Pace. Ya en su casa, Bell habla con su mujer, le dice que va a pedir pena de muerte para los tres, pero su esposa no está de acuerdo, y le hace ver el caso desde otras perspectivas…
John Frankenheimer fue un cineasta norteamericano al que se suele adscribir, no sin razón, a lo que la Historia del Cine ha denominado “Generación de la televisión” (Lumet, Ritt, Penn, Schaffner…), para encuadrar en ella, más que temáticas o estéticas, a un grupo de directores yanquis que “echaron los dientes” haciendo series televisivas durante los años cincuenta, consiguiendo con ello una pragmática solidez narrativa (en televisión el tiempo es oro, también en los rodajes o grabaciones) y una cercanía a temas de la calle, con frecuencia de índole social. Frankenheimer quizá fuera uno de los que más interés puso en este tipo de cine social, pero también político; durante la década de los años sesenta hizo el cineasta una serie de películas que, ciertamente, lo sitúan como uno de los directores norteamericanos más interesantes de ese período, con films tan atractivos y sólidos como El hombre de Alcatraz, El mensajero del miedo, Siete días de mayo, El tren, Plan diabólico y El hombre de Kiev. Después Frankenheimer ya no rayó a igual altura, aunque tuvo algunos títulos de interés, como 99,44% muerto, French connection II y Domingo negro. A partir de los años ochenta su cine se adocenó ya definitivamente y no volvió por sus fueros: el mundo, y su cine, habían cambiado.
Pero en aquellos comienzos de los años sesenta su cine era enormemente interesante, como demuestra este vigoroso thriller judicial, con un caso que parece muy claro desde el principio (de hecho, se nos da el asesinato sin hurtarnos nada), pero al que las dudas que asaltan al fiscal (un Burt Lancaster convertido ya entonces en el epítome del hombre justo del cine USA) nos harán ver que hay otras consideraciones que también deberían ser tomadas en cuenta.
Con unos poderosos títulos de crédito iniciales (que era lo habitual entonces, no como ahora…) que se despliegan a la par que la potente escena inicial del asesinato, la película juega abiertamente con varios temas, todos ellos de interés, como las bandas juveniles que (sin mucho -ni poco…- porvenir a la vista) lo fían todo al sentimiento de tribu y se hacen fuertes en el odio al otro, el que tiene otra forma de hablar, otras costumbres o la piel de otro color. En ese sentido, la película recuerda en su exposición de las bandas enfrentadas a las que aparecieron solo un año antes en la primigenia West Side Story, unas bandas radicalmente enfrentadas, con elementos muy subiditos de tono, como si fueran los amos del mundo que no son, aquí reflejados en un conflicto racial larvado en el Nueva York de principios de los sesenta entre portorriqueños e italianos, en el fondo todos unos perdedores en una sociedad que reservaba sus mejores puestos para los WASP, los blancos, anglosajones y protestantes.
Otro de los temas de interés es, por supuesto, la venganza o la justicia: qué debe hacerse en un caso como este; ¿debe primar el (comprensible) deseo de venganza de los familiares directos del asesinado, o, por el contrario, los matices que hacen que el crimen tenga distintos grados de responsabilidad en los chicos que lo perpetraron? Habrá también tiempo para fustigar a los políticos ambiciosos que usan los crímenes para medrar y ascender en el escalafón de la administración pública (en eso no hemos avanzado mucho, no…), así como para hacer una acre denuncia de la inacción policial, de la la desidia y la abulia de un cuerpo acomodado que busca siempre la solución fácil y menos trabajosa para ellos. No se libran tampoco (Frankenheimer era liberal, pero no tonto…) las torvas mafias que controlan, manipulan, infectan a los chavales, haciéndoles creer que su pertenencia a la banda les da autoridad, cuando lo que les hace es ser marionetas en sus manos, carne de cañón para los mafiosos enemigos o para la poli, cuando se decide a hacer su trabajo. Por haber, hay hasta una denuncia contra la animadversión, convertida en humillación y odio, de la sociedad hacia la adolescente que tiene que prostituirse para salvar a su familia de la indigencia. Y todavía le sobra tiempo a Frankenheimer para hablar sobre desclasamiento, el del protagonista, de origen italiano (aunque Lancaster, la verdad, da poco un personaje de esa etnia…) que cambió su nombre y su apellido para coger ese ascensor social que se le hubiera negado de mantener su real identificación.
La escena del asesinato del ciego finaliza con el crimen reflejado en las gafas del ciego, un recurso estilístico muy interesante en una película elegantemente filmada en un precioso blanco y negro muy contrastado, del que es autor el operador Lionel Lindon, y una no menos buena música irisada de jazz de David Amram, todo ello aderezado con un ritmo vigoroso y un evidente aliento liberal, el de un cineasta que aquí presentó en primer plano el clásico dilema de la contraposición entre la mirada compasiva sobre los criminales, y la visión que los considera monstruos, aunque estos aún no tengan ni edad para conducir.
En definitiva, estamos ante una fuerte diatriba contra los políticos ambiciosos que no dudan en apoyarse en causas demagógicas y populistas que impulsen sus carreras (de qué nos suena esto…), incluso a costa de condenar a muerte a gente que, o no era responsable de sus actos, o directamente no participaron en el asesinato, o bien era un cobarde que vencía sus inseguridades con actos de violencia que le dieran apariencia de duro.
Gran trabajo actoral de Burt Lancaster, que encarnaba como nadie estos personajes de largo aliento liberal que, sin embargo, también tenía sus demonios interiores. Del resto destacaríamos a la siempre sobresaliente Shelley Winters, aunque su personaje, la doliente, itálica madre de uno de los supuestos asesinos, no se correspondiera demasiado con sus rasgos étnicos centroeuropeos (su padre era judío polaco).
(10/01/2026)
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