Película: Petra

Jaime Rosales lleva camino, si no lo es ya, de ser uno de los cineastas más interesantes del cine español del siglo XXI, si bien también uno de los que menos concesiones hace a la galería y, por ello, no tiene un seguimiento mayoritario por parte del público medio. Su cine está cuajado de películas raras, pero en las que progresivamente va afilando sus armas y va puliendo sus historias y, sobre todo, la forma de contarlas. Así, de la un tanto balbuciente pero ya atractiva Las horas del día (2000), retrato de un Juan Nadie que resulta ser un matarife en sus ratos libres, hasta Hermosa juventud (2014), su anterior película, el cine de Rosales se mueve siempre por el terreno de la experimentación expresiva, en historias siempre relativas a gente común, a gente ordinaria que no hace cosas extraordinarias, salvo el cutre asesino en serie de la mentada Las horas del día y el asesino terrorista de Tiro en la cabeza (2008). Pero en general su cine se caracteriza por contar historias cotidianas, que no costumbristas, historias que pueden suceder, y de hecho suceden en el día a día en la España actual, pero contadas de forma poco habitual.

La acción se desarrolla en nuestro tiempo, en su mayor parte en una hacienda situada en la Cataluña profunda. A ese lugar llega Petra, pintora que ha pedido, y conseguido, una plaza en la hacienda, que funciona a modo de vivero de artistas, bajo la férrea dirección de Jaume, un despótico marchante hecho a sí mismo, que desprecia a su hijo, Lucas, considerándolo un débil de espíritu. Pero Petra tiene una intención secreta, más allá de crecer como artista en la hacienda: sospecha que Jaume, que mantuvo una relación con su madre treinta y tantos años atrás, es su padre, identidad que su progenitora, que acaba de fallecer de cáncer, nunca le quiso revelar...

Rosales tiene como norma conferir a cada película que hace un aspecto formal y expresivo distinto; así por ejemplo, en La soledad utilizaba sabiamente el recurso de la polivision o “split screen”, la pantalla partida, que le permitía dar distintas perspectivas de una misma conversación, de una misma situación, enriqueciendo de esa forma las secuencias con diferentes miradas. En Tiro en la cabeza usó (y quizá incluso abusó) del teleobjetivo, para darnos, sobre todo en la primera hora, las andanzas de lo que parecía un tipo normal (que después resultó ser un comando “legal” de ETA, un asesino no fichado), de tal manera que siempre vemos a ese tipo a distancia considerable, captado en planos medios o generales gracias a potentes “zooms”, pero obviando casi siempre los diálogos, dado que, a tales distancias, es imposible captarlos; todo ello como recurso cinematográfico, por supuesto. En Sueño y silencio (2012), Rosales optó por los planos estáticos con profundidad de campo; así, era frecuente en la película ver la escena con un tiro de cámara que enfocaba desde el fondo de una habitación, viéndose ésta y también otras de la casa a través de puertas abiertas, en las que transcurría la acción.

Ahora, en Petra, opta por un doble recurso expresivo: uno, de filmación, con un movimiento lento y envolvente de la cámara en prácticamente todos los planos, como si el director quisiera acoger, abrazar, dar calor a su historia, para compensar la general aridez de la mayor parte de lo que se nos cuenta, de las acres relaciones entre los personajes; y dos, de montaje, contándonos la historia en siete capítulos, pero no montados correlativamente, sino con un formato que hace que la secuencia narrativa sea: II, III, I, IV, VI, V y VII. Con ello Rosales consigue varias cosas: una, establecer una narrativa en flashbacks que es totalmente reglada (es decir, está anunciada expresamente en cada uno de esos capítulos); dos, invalidar (porque no le interesa) el efecto de intriga de qué pasará en la historia, hasta el punto de anunciar en el titulillo de capítulo lo que va a acontecer y desactivar de esa forma la curiosidad del espectador en el fin de lo que se nos cuenta; y tres, hacer que el interés, de esa forma, no sea lo que va a suceder sino cómo sucede, de qué manera la historia contada es importante per se, y no por su resolución.

Cine alejado de las banalidades del cine comercial al uso, Rosales no conseguirá nunca, por supuesto, barrer en taquilla; no es esa su guerra, sino indagar, experimentar, explorar caminos para contar historias, para presentarnos personajes y cómo estos evolucionan, se expresan, se precipitan, a veces, en sucesos que no tienen explicación (o sí). Además, Rosales ha jugado, como ya había experimentado en sus películas anteriores, con interpretaciones no memorizadas en sus actores y actrices, marcando una determinada pauta en cada escena que después es desarrollada por estos conforme a sus propias palabras, técnica sin duda arriesgada pero que confiere al film una inusitada apariencia de verosimilitud, una extraña naturalidad.

Petra es, entonces, una película difícilmente clasificable; podríamos denominarla, en todo caso, como cine experimental que, sin embargo, no huye, como con frecuencia ocurre con ese tipo de cine, del espectador, sino que le propone que sea activo en la visión del film, que no sea un personaje pasivo sino que se incorpore a la historia y ponga de su parte para cubrir las zonas que Rosales no nos ofrece, quizá porque ni siquiera él sepa por qué la historia se desarrolla en la manera en que lo hace.

Rosales es un firme partidario de la elipsis, y aquí nos propone algunas notables, ayudado además por los capítulos salteados, un poco, sí, a la cortazariana manera de Rayuela. Pero también, además de las elipsis, notables, se permite poner en pantalla imágenes de una dureza extrema, pero sin subrayados musicales ni sonoros: ocurren porque ocurren, como en la vida cotidiana, en la que no hay músicas que adornen las tragedias. Incluso en un rapto de rara capacidad creativa, Rosales se permitirá utilizar en un mismo plano la elipsis y la imagen expresa, confirmando con ello que es, de los cineastas españoles, y aún mundiales, uno de los que mejor y más atinadamente utiliza los recursos cinematográficos, fundiéndolos y modificándolos para darles un nuevo sentido.

En el apartado interpretativo se ha exigido un trabajo considerable a los actores y actrices, aquí sometidos a la técnica de la improvisación sobre un tema previo que, ciertamente, choca con las técnicas interpretativas al uso. Bárbara Lennie, una de las más listas de la clase, hace un gran trabajo, resultando quizá algo inferior Marisa Paredes, tal vez por su formación clásica, alejada de este tipo de experimentalismos. Alex Brendemühl también está muy correcto, y en el caso de Joan Botey, que no es actor profesional sino el dueño de la hacienda catalana donde se rodó el film, se puede decir que su falta de impostación, su carencia de técnica interpretativa, juega a favor de su personaje, un tipo absolutamente infecto, un auténtico cabrón que precipitará, con sus abyectas decisiones, varias tragedias en su familia, en sus amigos, en él mismo.


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107'

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Petra - by , Oct 28, 2018
4 / 5 stars
A la manera de “Rayuela”