Pelicula:

Esta película está disponible en el catálogo de Netflix, Plataforma de Vídeo Bajo Demanda (VoD).


Si hubiera que definir a Steven Soderbergh (Atlanta, Georgia, 1963) con una sola palabra, sería “ecléctico”. Porque su cine, efectivamente, no se ajusta a ningún parámetro, a ningún género, a ninguna fácil clasificación. Ha hecho de todo: dramas psicológicos (Sexo, mentiras y cintas de vídeo, que lo descubrió), dramas históricos (Kafka, la verdad oculta, el díptico sobre el Che Guevara), thrillers caleidoscópicos (Traffic), thrillers de espías (El halcón inglés), films sobre golpes perfectos (Ocean’s Eleven “et alii”), remakes metafísicos (Solaris, sobre el original homónimo de Tarkovski), y así podríamos seguir con otros géneros o subgéneros de toda laya por los que ha transitado este cineasta de difícil encasillamiento.

Tiene Soderbergh, eso sí, una evidente tendencia ideológica: dentro de Estados Unidos podría considerarse como un hombre netamente de izquierdas, aunque en Europa no llegaría mucho más allá de las fronteras de la socialdemocracia o el laborismo. En cualquier caso, esa mirada progresista ha aparecido de vez en cuando en su cine (el díptico sobre el Che fue una de esas ocasiones, pero también, por ejemplo, la denuncia social de Erin Brockovich, por más que fuera un cine comercial al uso). Con The laundromat. Dinero sucio (horrible título español, por cierto...) reaparece el Sodebergh con una preocupación social y política.

Porque The laundromat va de los conocidos como Papeles de Panamá, el famoso escándalo que saltó a las portadas de los periódicos de todo el mundo, tras la filtración realizada por alguien intramuros la empresa panameña Mossack Fonseca, el despacho de abogados que mantenía a miles de empresas ficticias de todo el orbe para desarrollar sus trapacerías ilegales, sus evasiones de impuestos. El film se inicia con una especie de pantomima por parte de los dos personajes principales, los mentados Mossack (hijo de nazi llegado al país del istmo tras la Segunda Guerra Mundial) y Fonseca (abogado inicialmente seguidor de la Teología de la Liberación, hasta que se convirtió al capitalismo más salvaje), quienes nos inician, con palabras llenas de cinismo, sobre conceptos tales como dinero y crédito. A partir de ahí conoceremos a Ellen Martin y su marido Joe, ancianos yanquis que disfrutan de un día de navegación en un lago neoyorquino; tras el naufragio del bote, el seguro que supuestamente debería cubrir cualquier accidente se revela no ya como endeble, sino volátil...

Tiene The laundromat un tono sarcástico, un tono de comedia negra, casi de esperpento, en la que desde el minuto uno se nos aclara que, si pertenecemos a los “mansos” (recuerden la Biblia: “Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la Tierra”), estamos jodidos, como literalmente indica el primero de los cinco capítulos (titulados “secretos”) en los que se divide el film, a través de los cuales conoceremos los intríngulis de este tipo de empresas, como las denominadas “sociedades offshore”, compañías pantalla que solo sirven para ocultar evasiones fiscales, pufos varios, seguros que no aseguran y otras muchas canalladas de cuello blanco.

Se podría argumentar que la estructura que ha seguido Soderbergh y su guionista, no estrictamente narrativa sino más bien explicativa, quizá no sea la mejor, que tal vez una narración al uso, con las tropelías realizadas por Mossack Fonseca (y otros muchos: recuérdese que estos son unos que pillaron con las manos en la masa, pero hay otros más, muchos más, que siguen haciendo lo mismo o peor...), hubiera sido preferible. Pero nos parece que el camino escogido por Soderbergh, precisamente por ser distinto, es más arriesgado e interesante: porque al cineasta y a su guionista lo que les interesa es poner en solfa un sistema como el nuestro que permite que quien tiene mucho dinero tenga la potestad de poderlo ocultar al resto del mundo, para no pagar lo que ética y moralmente (por no decir legalmente) le correspondería, para hurtar a los demás los servicios públicos que podrían realizarse con lo que nos roban a manos llenas.

Película finalmente escéptica sobre la posibilidad de que esto cambie alguna vez (el rótulo final, con la leyenda: “en 2018 más de 60 grandes empresas USA no pagan impuestos, teniendo entre todas ellas unos ingresos preimpositivos de 79.000 millones de dólares”, es sintomático de que nada ha cambiado tras los Papeles de Panamá), The laundromat es sin embargo una obra necesaria, una obra que nos advierte de hasta qué punto, como ya sabíamos, los ricos siguen siendo los que cortan el bacalao a nivel mundial, cómo el dinero sigue siendo el auténtico poder sobre la Tierra, más allá de políticos y militares, meros mamporreros. Aunque de vez en cuando un “emisario de los mansos”, como llaman en la película al John Doe (Juan Nadie en español) que filtró los secretos de aquel negocio de embaucadores que era Mossack Fonseca, sea capaz de sacar los colores a los que mandan y a sus vicarios, y, al menos temporalmente, conseguir que se escondan hasta que amaine el temporal y vuelvan a sus fechorías.

Elegantemente filmada (Soderbergh es de los cineastas más exquisitos de los últimos treinta años), la película es entonces una acre denuncia en clave de comedia, que, es cierto, flaquea a veces por las abstrusas explicaciones que inevitablemente salpican la trama, para intentar aclarar los chanchullos legales sobre los que se edifica el expolio de la inmensa mayoría del género humano por parte de una reducida cuadrilla de cabrones. Pero finalmente se le puede disculpar, porque lo que importa es el mensaje, además presentado de forma tan elegante (también tan pesimista, casi tan nihilista) por un Soderbergh que hoy por hoy es, ciertamente, uno de esos directores en los que se puede confiar, a priori, en cualquiera de sus propuestas; después unas serán mejores o peores, nos convencerán más o menos, pero, de entrada, tienen su interés. Claro está, estamos ante una película de tesis, pero de una tesis difícilmente irrefutable, salvo para los que pastan en los pesebres de la canalla que gobierna el mundo, la clase plutocrática que está haciendo buena a su antecesora, la aristocrática.

Así las cosas, la película deja un regusto amargo por su tema y por la conclusión a la que llega: no hay solución para este tipo de tropelías financieras de altos vuelos: siempre habrá paraísos fiscales donde los ricos podrán seguir ocultando sus fortunas y sus felonías, siempre habrá incautos (todos nosotros) que seremos engañados, una y otra vez, una y otra vez... Porque ni siquiera una revolución, con sus correspondientes cabezas cortadas, sería la solución: recordemos la Francesa, que acabó con Napoleón de emperador, o la Soviética, que terminó alumbrando una clase política (la Nomenklatura del PCUS) que tomaría el lugar de la abyecta nobleza rusa y los execrables popes ortodoxos, haciéndolos parecer hasta candorosos...

Brillante trabajo de un elenco plagado de estrellas, desde la diva Meryl Streep (como siempre, espléndida) hasta el británico Gary Oldman y el español Antonio Banderas, pasando por un nutrido grupo de intérpretes conocidos por personajes muy concretos, que aquí tienen papeles secundarios, algunos de mínima entidad, pero resueltos con su buen oficio: Robert Patrick (el inolvidable T-1000 de Terminator 2), Sharon Stone (el cruce de piernas más erótico de la Historia del Cine) o David Schwimmer (memorable protagonista coral en Friends, que formó parte del alma USA durante todo un decenio).

(16-04-2020)


The laundromat. Dinero sucio - by , Apr 16, 2020
3 / 5 stars
Un emisario de los mansos