Rafael Utrera Macías

El centenario del nacimiento de Camilo José Cela Trulock (Iria Flavia. 1916) es un oportuno pretexto para recordarle tanto en su faceta artística de novelista de prestigio capaz de conseguir el premio Nobel de Literatura (“¡Por fin, coño!”, dijo al conocer la noticia) como en su faceta humana de hombre grandullón por cuya boca salían, sin el menor atropello posible, la ristra de “palabras malsonantes”, así denominadas por la Real Academia a la que perteneció. Entre sus muchas actividades desarrolladas a lo largo de su vida, no han faltado las de ocasional actor cinematográfico así como las de guionista y adaptador para cine y televisión. Sus obras “La familia de Pascual Duarte” y “La colmena” han sido llevadas al cine y dirigidas, respectivamente, por Ricardo Franco y Mario Camus. A tales facetas dedicamos hoy estas páginas, no sin antes dar unas pinceladas sobre el currículum del novelista y su particular forma de ser.


Censor primero, senador después


Como toda vida de escritor famoso, extrovertido y de fachada mundana, ha tenido que lidiar con ciertas etiquetas que, al parecer, nunca le han quitado el sueño. Su actividad censora en el franquismo siempre la resolvió señalando el tipo revistas censuradas tal como “Boletín del Colegio de Huérfanos de Ferroviarios”, con lo cual, justificaba su conducta, jamás usó el lápiz azul para tachar páginas rojas. Su actitud para delatar a ciertos antifranquistas fue más difícil de ocultar porque el documento estaba escrito. Sus colaboraciones en títulos como “Haz” y “Juventud”, próximos ideológicamente al Sindicato Español Universitario (Seu), y la protección literario-política de Juan Aparicio, le facilitaron la entrada en publicaciones, diarias o semanales, en las que  Cela empezó a prodigar su firma; entre otros ejemplos, el de la revista “Primer Plano”, donde en 1941, firma bajo el genérico “Columna sonora”.


Con la llegada de la democracia, el rey le nombró senador. Le hubiera gustado pertenecer a la comisión de “Literatura y ganas de mirar a la luna”, pero no tuvo suerte en el deseo. Eso dio motivo a que, en la bancada senatorial, se echara un sueñecito de vez en cuando; ante semejante acusación periodística, se defendió alegando que “no estaba dormido, sino durmiendo”, y contra las semejanzas semánticas de tales formas verbales, precisó que “no es lo mismo estar dormido que estar durmiendo como no es lo mismo estar jodido que estar jodiendo”. La respuesta pudo estar firmada por el Marqués de Iria Flavia, a la sazón título de nobleza concedido por su majestad Juan Carlos I.


El léxico del escritor gozaba manejando el vocabulario popular. El término “puta” era uno de sus preferidos, y más si permitían precisar sus diversas modalidades laborales y significativas. Como ejemplo, su libro “Izas, rabizas y colipoterras”, que no era tanto para formular una cierta “clasificación” de las mujeres dedicadas a la prostitución sino continuar, ahora con la apoyatura fotográfica de Joan Colom, la tradición literaria iniciada nada menos que en el Cancionero General de Amberes (allá por 1557) y seguida, en posterior regodeo, por Francisco de Quevedo.


El término no se le va de la boca. Así, cuando Francisco Umbral entrevistó a un Camilo José residente en Mallorca y ocasional visitante de Madrid, le preguntó si, como provinciano, “trae el complejo de cana-al-aire”, la respuesta de “quien pesa 115 kilos de escritor… 115 de maestro” no deja lugar a dudas: “En absoluto. Putas hay en todas partes”; y acto seguido le aclara al autor de “Mortal y rosa”, variando escasamente de campo semántico, que “travestista es el aficionado a vestirse según el sexo contrario” y, como ejemplo, pone a Napoleón. Estamos a un paso de su “Diccionario secreto” y a dos de “San Camilo 1936”.


Como persona, personaje, autor, Don Camilo José siempre estuvo en el candelero literario y social. Obtenido el Nobel (1989) aspiró al Planeta y lo consiguió (1994) con “La Cruz de San Andrés”. Poco después, fue acusado de plagio por la novelista Carmen Formoso. Estas cuestiones pusieron a Cela, su nombre y su fama, en la picota. En la última etapa de su vida, fue continuado objeto y objetivo de la prensa y, muy especialmente, de las páginas rosas y revistas del colorín. La separación de su esposa, Charo Conde, el casamiento con Marina Castaño, los litigios con su hijo por la herencia, entre otras cuestiones familiares, ofrecieron del popular escritor un perfil bien distinto al de un autor tan consagrado como clásico.


Dialoguista, guionista, actor ocasional del cine español


En las décadas de los 40 y 50, su interés por el cine en sus variantes industriales y artísticas le permitió intervenir en diversas producciones tanto como actor ocasional, guionista, adaptador de diálogos o, simplemente, corrector de estilo; al tiempo, codearse con una diversidad de cineastas, en el más amplio sentido del término, y vivir glorias y sinsabores en una industria marcada por la autarquía pero capaz de hacer cine de autor incluso con la censura en contra.


Consultaré a Mister Brown, producción de 1946, dirigida por Pío Ballesteros, incluye en su ficha artística (único lugar donde se acredita) a Cela como responsable de los diálogos, por más que fueran cuatro los guionistas, entre ellos el director y el jefe de producción. El título está referido a un imaginario personaje con cuya asesoría los negocios de Anselmo comienzan a funcionar; llegará un momento en que las consultas sobrepasan los límites humanos y el empresario dispara contra el misterioso señor Brown; sin embargo, será el atribulado negociante quien caiga muerto…


Hoy no pasamos lista, de Raúl Alfonso, producida en1948, es un melodrama en el que se cuenta la historia de un buen maestro rural enfrentado a un despótico alcalde. Al quedar ciego, la joven a quien enseñó a leer, le ayudará en su alta misión profesional y en otras facetas de la vida. Cela participó como actor en breve papel.


En 1949 intervino en El sótano (estrenada en 1950), de Jaime de Mayora. En los créditos, aparece como guionista (“guion técnico”: sic) y como actor, en el papel del “físico Loves”. El sustantivo del título remite al lugar donde tienen que refugiarse los miembros de una comunidad de vecinos para librarse de un bombardeo inesperado. La obligada convivencia pone a prueba amistades y enemistades, filias y fobias, tal como las vive el periodista interpretado por Eduardo Fajardo (junto a él, nombres como Jesús Tordesillas y Maruja Asquerino). En el “Catálogo del Cine Español (volumen F-4, coordinado por Ángel L. Hueso) se explica que ha sido consultada la documentación en el archivo “C.J.C” y en ella se dice que las aportaciones del escritor “se limitaron a algunas correcciones de estilo”.


En el citado año de 1949, participó en Facultad de Letras, de Pío Ballesteros, aunque no fue estrenada hasta 1952. Como su nombre indica, el espacio universitario es el ámbito donde se desarrollan las vicisitudes de estudiantes y profesores alternando la vida académica con la social, la seriedad del aula con el alboroto del campus. El cuarteto principal de personajes lo integran cuatro varones catalogados como “el seductor”, “el estudioso”, “el intelectual” y “el vago”; sus correspondientes actividades personales se entrecruzan con la clase y la diversión, siempre en un ambiente propio de comedia blanca. Junto a actores profesionales como Fernando Fernán-Gómez o Maruja Asquerino interviene Cela en el personaje de “Juan Manuel”.


El cerco del diablo (1950-1952), basado en un argumento de José María Elorrieta, se compone de cuatro episodios con guion de José Antonio Pérez Torreblanca, Edgar Neville, Gonzalo Torrente Ballester y Camilo J. Cela. Dirigidos por Arturo Ruiz Castillo (episodio del cafetín), Neville (episodio del tren), Nieves Conde (episodio del pescador), y del Amo (Antonio) (episodio de la venta), es una producción de Guadalupe (madrileña sociedad limitada) y Mercurio Films. Su largo periodo de rodaje, más de dos años, y su estreno tardío parecen indicar serios problemas de producción (“sensiblemente modificada”, dice Méndez Leite) y de exhibición: siete días en cartel a pesar de tener renombrados directores y actores del cine español del momento.


Manicomio (1953), de Fernando Fernán-Gómez (y Luis María Delgado), ha sido valorada de muy diferente modo por la hemerografía tradicional o por las nuevas lecturas efectuadas sobre el cine español, a lo que, en este caso, no es ajeno el prestigio adquirido por su extensa e importante filmografía. Sirva como ejemplo el minucioso estudio llevado a cabo por José Luis Castro de Paz en su libro sobre Fernán-Gómez. El investigador señala la procedencia de los cuatro relatos que componen el armazón literario cuyos autores son Edgar Allan Poe, Aleksandr Ivanovich Kuprin, Leonidas Andreiev y Ramón Gómez de la Serna; sus textos funcionan en “el estrecho filo entre la locura y la cordura”, de manera que el primero de ellos sirve para “englobar a los otros tres… insertados a modo de piezas semiindependientes”. Más allá de los avatares sufridos por la producción, su temática se instala en la ambigua frontera que separa la locura de la razón y su narrativa se acerca a modalidades surrealistas donde los locos cuentan cuerdamente a un cuerdo las experiencias de otros locos… Fuera de la historia y haciéndose cargo de ella, aparecen escritores de la época, amigos de Fernán-Gómez en el madrileño Café Gijón (el crítico teatral y cinematográfico Alfredo Marqueríe, el periodista Julián Cortés Cabanillas, etc.). Cela interpreta al “señor Kock”, quien tiene complejo de asno y, por ello, sus reacciones son las de dar coces a quien se tercie, incluidas las más respetables señoras.  (Pinche aquí  para ver programa de RTVE Cine literario: Entrevista a Cela y escena de Manicomio; ver desde minuto 45,33 a minuto 47,55).


La insólita y gloriosa hazaña del cipote de Archidona


En 1979, el nombre y la persona de Cela figuraron en los títulos de crédito y en alguna secuencia de La insólita y gloriosa hazaña del cipote de Archidona; añadía así prestigio a unas “aventuras” por él recogidas con las que Manuel Vidal elaboró un ingenioso guion filmado por Ramón Fernández. El padrinazgo del novelista consistió además en salir, al final de la película, llegado el clímax argumental, con gesto de imponente seriedad, lo que resultaba muy eficaz por contrastar con la alegría de la comedia; Camilo, haciendo frente a la cámara, pontificaba, con la adecuada combinación de poética y filosofía sobre dimensiones y cantidades de “pajas” y “pijos”. Su voz y su figura sellaba y garantizaba una historia andaluza hecha popular gracias a su interés por la misma. (Pinche aquí: El cipote 1ª parte; y pinche aquí: El cipote 2ª parte ).


En 1982, embufandado y luciendo abrigo, apareció Cela en La colmena como Matías Martí, creador de palabras, en el Café “La Delicia”, formando grupo en la tertulia compuesta por los personajes que interpretan Mario Pardo, Francisco Rabal, Paco Algora y Luis Escobar. (Pinche aquí: Cela actor en La colmena).


También se ha acercado el escritor al cine por el camino de la adaptación de diálogos, de modo que la difícil banda sonora de la película de Bob Fosse, Lenny (1974), con la traducción del “slang” neoyorquino, fue encargada al Cela especialista en términos secretos de la lengua.


Los guiones que escribió (¿?) Cela para Televisión Española sobre “El Quijote” cervantino, que luego filmaría Manuel Gutiérrez Aragón, han sido puestos en entredicho al cuestionarse, en todos sus sentidos, el trabajo del novelista gallego.


Opiniones del espectador Cela


Como espectador, no fue el novelista un asiduo de las salas, pero tampoco debió pasarle desapercibido algún título de interés; aparte de Lenny, recordaba satisfactoriamente películas como Canciones para después de una guerra, de Patino, y La Raulito, de Lautaro Murúa. Haciendo memoria, declaró, en 1979,  a Esteban Peicovich en la revista “Fotogramas”:


“Estoy viendo cine desde hace muchísimos años y con la mentalidad de aquellos años me podrían interesar películas como Ben Hur, que hoy naturalmente se caen por su base. O no digamos El desfile del amor, que también se cae. A mí siempre me interesó mucho Chaplin y mucho René Clair. Y después, todas aquellas películas vinculadas con lo intelectual. El cine “pura imagen” no me interesa demasiado”.


Y añadía, marcando las distancias pertinentes: “No, no he ido nunca al cine con pasión de espectador porque ocurre que yo no soy un apasionado. Con interés, sí. Con no menor interés que he podido atender a la marcha de la literatura, aunque ésta esté más próxima a mí que el cine. Porque el método de expresión cinematográfico a mí nunca me pasó por la cabeza utilizarlo. Esto es, nunca aspiré a dirigir una película”.


Aunque acaso sí a que se la dirigieran, porque el manuscrito encontrado por su hijo, titulado “Prometeo”, escrito hacia los años 40, además de catalogarlo el autor como “comedia en dos actos”, y de no darles “una atipicidad a priori”, sostenía que los personajes se procurarán en función de los actores “cuando esto se filme, si es que se filma…”.


Pie de foto: Camilo José Cela (primero a la derecha) interpretando a Matías Martí, creador de palabras, en una escena de La colmena. En la misma imagen aparecen también, de izquierda a derecha, Mario Pardo, Luis Escobar y Francisco Rabal.

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Camilo José Cela en su centenario. Persona y personaje en el espíritu de la colmena cinematográfica (y II)