Enrique Colmena

El estreno (exitoso en cuanto a taquilla; otra cosa es en cuanto a su interés cinematográfico) de La tribu, la última película de Fernando Colomo como guionista y director, nos permite echar la vista atrás sobre la filmografía de este madrileño que cuando se escriben estas líneas ha cumplido los 72 años. Licenciado en Arquitectura, pasó también por la mítica Escuela Oficial de Cine, la EOC, que tantos cineastas, en muy diversas disciplinas, ha dado al cinematógrafo español.

Lo  cierto es que la obra de este director, guionista, productor y ocasional actor español ha tenido una trayectoria irregular, con altos y bajos, con unos buenos inicios pero también con un declive que se ha ido acentuando en los últimos tiempos. Pero la verdad es que cuando Colomo hizo aparición en el cine español, fue saludado, y con razón, como un brillante renovador de la comedia. Para ponerse en contexto habrá que recordar que a mediados de los años setenta, cuando nos situamos históricamente, Franco acaba de morir y ese delicado encaje de bolillos que fue la Transición ha empezado recién, como dicen en las Américas hispanas. La comedia que se estila en ese tiempo es, por una parte, la casposa del landismo y alrededores, lopezvazquismo e inicios del pajarestesismo, entonces todavía cada uno por su lado, pero ya con el mismo tipo de (sub)cine; por otro, la llamada Tercera Vía que intentó el productor y guionista José Luis Dibildos, una comedia inteligente e inteligible (por contraposición al cine más críptico de Saura y demás colegas del Nuevo Cine Español); aparte de ellos quedaban francotiradores aislados: Berlanga, que estaba en un “impasse” dramático con Tamaño natural; Armiñán, que hacía dramedias interesantes pero no comedias puras; Summers, que andaba en su época de iniciaciones sexuales (Ya soy mujer, Mi primer pecado), y poco más.


La Comedia Madrileña soy yo...

Así que cuando Fernando Colomo irrumpe en el panorama de la comedia española con su llamativo cortometraje Pomporrutas imperiales (1976) –aunque antes había hecho otros dos sin tanta repercusión--, se apreció en él una voz nueva, fresca, renovada, donde tomaban la palabra los jóvenes de la época, los veinteañeros que apenas habían sufrido a Franco, o lo habían soportado, en todo caso, en sus últimos (y ya febles) años. Con esa tarjeta de presentación, que combinaba acertadamente humor inteligente y postura antifranquista (las “pomporrutas” del título hacía alusión a la jocosa onomatopeya que hacían en el film con el verso “voy por rutas imperiales...” del himno franquista Montañas nevadas), Colomo se apresta a hacer su primer largometraje, de título Tigres de papel (1977), que se constituirá de inmediato como el buque insignia de lo que la Historia del Cine conoce como Comedia Madrileña, un movimiento (efímero: todos lo son...) que durante algunos años alumbró las preocupaciones, inquietudes y afanes, en clave de humor, de toda una generación de jóvenes mayormente madrileños o llegados a la capital al calor de la modernidad.

Tigres de papel se ambienta precisamente en las primeras elecciones democráticas, las celebradas en junio de 1977, con una pareja separada pero con buena relación en un país que cambiaba a marchas forzadas. El film abre la puerta a otras propuestas en la misma línea, la de contar historias de ese momento histórico, sociológico, político, generalmente bañadas de un humor soterrado, irónico, a veces sarcástico. De esa vena saldrán nombres como los de Fernando Trueba o José Luis García Sánchez, si bien Colomo podría decir, parafraseando al Rey Sol, aquello de “la Comedia Madrileña soy yo”, pues él puso los cimientos, dio carta de naturaleza a este fenómeno cinematográfico y fue, en definitiva, su máximo exponente. Lo hace además apoyándose en buena medida en una serie de intérpretes jóvenes que ejemplifican estos nuevos aires limpios, esta fresca forma de encarar la vida: Carmen Maura, Miguel Arribas, Joaquín Hinojosa, Félix Rotaeta... El Círculo de Escritores Cinematográficos (lo más parecido que había entonces a una Academia del Cine Español) concede tres galardones a la película, y también se lleva un Premi Sant Jordi.

Son los años dorados de Colomo. Rueda después ¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este? (1978), con un tema que, visto desde la perspectiva de escribir exactamente cuarenta años después, no puede ser más actual: el maltrato doméstico, con un exmarido que persigue a la protagonista y cómo ésta habrá de buscar las vueltas (cuando ni había teléfono 016, ni órdenes de alejamiento, ni pulseras telemáticas...) para afrontar este problema. Pero no estamos hablando de un drama, sino de una comedia en la que Colomo hablaba de temas serios (pocos más serios que éste hay, evidentemente...) pero con una sonrisa, con una toma de distancia que intentaba dar soluciones, aunque fueran tan alambicadas y un tanto marcianas como la que se proponía aquí. Su fauna interpretativa aparecía de nuevo: Maura, Hinojosa, Rotaeta... en lo que sería una cuestión de marca de fábrica de sus primeros films.


Años 80: yo voy buscando caminos...

Durante la Transición los hechos se sucedían a velocidad de vértigo, y la sociedad cambiaba también a gran velocidad. Pronto Colomo se da cuenta de que habrá de ir evolucionando a la vez que la gente, y que las comedias moderadamente transgresoras de su primera etapa deberán ir modulándose conforme a los tiempos que se van abriendo. De esa forma, por una parte produce el debut en la dirección de otro de los nombres fundamentales de la Comedia Madrileña, Fernando Trueba, que hace bajo su férula su ópera prima, Ópera prima, otra vuelta de tuerca a la frescura de un género que, por aquel entonces, todavía tenía cosas que decir y aportar. Por otro lado, Colomo participa en un proyecto común, Cuentos eróticos (1980), un film colectivo codirigido por nueve cineastas; además de Colomo estaban gente ya consagrada, como Jaime Chávarri o Alfonso Ungría, pero también directores más nuevos como Enrique Brasó e incluso el crítico Augusto M. Torres. El segmento de Colomo, titulado Koñensonaten (sic...), era una descacharrante parodia del cine de Bergman, entonces tan en boga entre la cinefilia y la progresía hispana.

La mano negra (1980) será su siguiente empeño, una comedia entreverada de cine negro (o de ficticio cine negro, para ser más exactos), que sin embargo empezó a dar señales de que no todas las ideas de Colomo iban a funcionar igual de bien. Con el hándicap añadido de un protagonista, Íñigo Gurrea, de marcado hieratismo y escasos recursos técnicos, la historia hacía aguas y dejaba ver los agujeros del relato de comedia de Colomo. Así las cosas, y con el patinazo comercial y artístico del film, el cineasta madrileño acomete Estoy en crisis (1982), que sabe entroncar con su momento histórico: en España ya se ha dejado atrás la Transición tras el harakiri franquista de las Cortes, las primeras elecciones democráticas, tanto generales como municipales, se ha abortado el fallido golpe de Estado del 23-F, las comunidades históricas tienen ya (o están a punto de tener) sus correspondientes gobiernos autonómicos, y el primer gobierno socialista ha empezado a tomar medidas que transformarán el país; pero entonces se empieza a presentar lo que sociológicamente se conoció como el Desencanto: tanto tiempo luchando contra Franco por un país libre, y cuando lo somos, las cosas no se arreglan solas, no atamos los perros con longanizas, no somos más felices como habíamos imaginado; por supuesto, era una mirada equivocada sobre la democracia, que no arregla nada sino que facilita que, si somos capaces de hacerlo, mejoremos nuestra vida como sociedad: pero es tarea de los ciudadanos, no del sistema. Pues en ese contexto del Desencanto, Colomo, como decimos, hace Estoy en crisis, historia de un ejecutivo cuarentón, edad peligrosa en la que se empiezan a replantear cosas, entre ellas la de disfrutar (o no) de una más rijosa vida sexual. Con alguna connotación con la comedieta española del landismo, tiene sin embargo más entidad, busca profundizar en la crisis del varón español de la época al llegar a cierta edad, cuando parecen que empiezan a desvanecerse todos los sueños que alguna vez se tuvieron y solo queda el refugio del hedonismo.

Su siguiente film, La línea del cielo (1984), busca internacionalizar la Comedia Madrileña, cuyo protagonista, un Antonio Resines tan vinculado a este fenómeno, será un artista español que emigra a Nueva York (de ahí esa “línea del cielo” o “skyline” del título), en lo que era también una forma de dar nuevos aires a su cine. En un cambio de registro que se antojó notable, al año siguiente hace El caballero del dragón (1985), en principio una historia de corte medievalista con toques fantásticos, pero en la que Colomo no puede resistir la tentación de incluir elementos de comedia, lo que quizá lastró un muy ambicioso empeño de producción, que podría haber tenido una mayor repercusión de haberse tomado el cineasta madrileño el envite en serio. Con repartazo internacional (Harvey Keitel, Klaus Kinski, Fernando Rey, Miguel Bosé), la taquilla no responde en la forma esperada y supone uno de los primeros varapalos comerciales de Colomo, que confundió la clave y ciertamente no dio en la diana.

Quizá por eso vuelve al redil de la comedia pura con La vida alegre (1987), en la que incluye en la trama algunos elementos (ficticios, lógicamente) de la entonces administración socialista, en una película de enredo que se constituye en la más taquillera de toda la filmografía de Colomo, con varios de los actores típicos de la Comedia Madrileña, como Antonio Resines o Verónica Forqué, más algunos añadidos exóticos, como la cantante Massiel, en una película que conecta muy bien con la sensibilidad del momento, con una sociedad española en continuo cambio: España ya ha entrado en la Comunidad Económica Europea, y los nuevos aires internacionales ya se dejan sentir en el país: hablar de enfermedades venéreas en una comedia de enredo, mezclando a (ficticios) miembros del gobierno es ya posible sin que se escandalice nadie.

Esa internacionalización la buscará Colomo en su posterior film, Miss Caribe (1988), donde una españolita “a la antigua” (entendiendo por tal aquellas que, por una formación represiva, consideraba cualquier cosa relacionada con el sexo como indecente) hereda de su padre un barco varado en Centroamérica que resulta ser un burdel, nada menos... Aunque las posibilidades eran evidentes, Colomo no estuvo especialmente afortunado en el film, a pesar de contar con algunas presencias tan estimulantes como una Ana Belén en su mejor momento, o un Santiago Ramos que resulta ser un más que notable actor de comedia.

La década se cierra para Colomo con un cierto resurgir con Bajarse al moro (1989), sobre la entonces exitosa obra teatral homónima de José Luis Alonso de Santos, que presenta a un grupito de jóvenes con tendencia a darle al porro, y sus problemas (incluido alguno sexual, de carácter logístico, no sé si me explico...) para traer chocolate (el del cacao no, el otro...) desde Marruecos, “el moro” del título, en una época en la que decir esto no era políticamente incorrecto. La comedia conecta bien con el público, sobre todo por el trabajo fresco y agradable de un puñado de actores de primera línea: Aitana Sánchez-Gijón, Antonio Banderas (poco antes de emprender su aventura yanqui), Juan Echanove, Verónica Forqué...

Ilustración: Joaquín Hinojosa, Carmen Maura y Miguel Arribas, en una significativa imagen de Tigres de papel.

Próximo capítulo: Fernando Colomo, de tigre de papel a gatito de peluche (y II). Perdiendo el Norte