Enrique Colmena

Aunque ya en 17-06-2004, hace más de diez años cuando se escribe este texto, le dedicamos en CRITICALIA un artículo a Manoel de Oliveira (ver Palabra de Oliveira), la reciente muerte (el 2 de abril de 2015) de este más que longevo director portugués es buena ocasión para que volvamos sobre la figura gigante de este cineasta.

Una de sus últimas películas se tituló Singularidades de una chica rubia (Singularidades de uma rapariga loura, en la bella lengua lusa), y ello nos da pie precisamente a glosar la que quizá sea la más llamativa de las circunstancias de la vida y la obra oliveirana, sus singularidades.

Veamos: Manoel fue singular por muchos motivos. Uno de ellos, quizá el más llamativo, al menos superficialmente, sería su longevidad no sólo como persona (106 años, lo que es difícil pero no imposible), sino, sobre todo, como director de cine: su primera película como tal fue el documental Douro, faina fluvial, allá por 1931. Para que nos hagamos una idea cabal de cuando estamos hablando, ése fue el año de la proclamación de la II República Española; Hitler aún no había llegado al poder en Alemania, y en Estados Unidos pasaban por la peor época derivada del Crack del 29; en su Portugal natal, António de Oliveira Salazar aún no era primer ministro de la dictadura que se prolongaría hasta 1974, cuando fue depuesta sin un solo disparo por la Revolución de los Claveles. En ese contexto histórico hace Manoel de Oliveira su primera película, y la última fue el cortometraje O velho do Restelo, rodado en 2014. Es decir, entre el año de su primer filme y el del último distan 83 años: dudo mucho que haya habido, haya actualmente ni habrá jamás un cineasta con una tan dilatada trayectoria tras la cámara.

Esa sería una singularidad temporal: 83 años haciendo cine. Pero es que hay otra temporal que también es más que curiosa: durante las primeras décadas de su ejercicio como director, Oliveira rueda de forma abrumadoramente mayoritaria documentales: entre 1931 y 1965 filma un total de 16 películas, de las que 14 son documentales y sólo dos son ficción; es decir, durante 34 años se dedica casi en exclusiva a rodar documentales y reportajes.

Más singularidades: a partir de 1972 cambia radicalmente el tipo de cine que hasta entonces hacía, y donde sólo eran documentales, con algún excurso de ficción, pasa a ser justo lo contrario: todo lo que rueda a partir de entonces, salvo excepciones, serán largos o cortos de ficción. Además, si en el período anterior la cadencia de rodajes era bastante dilatada (una película cada dos años y pico), a partir de 1972 acelera hasta rodar a razón de más un filme por año como media.

Más curiosidades oliveiranas: su cine se caracteriza por ser fundamentalmente discursivo, con preponderancia de la palabra sobre la imagen, lo cual no significa que ésta no tenga un peso importante en su cine. Pero en un tiempo como el actual, en el que en las películas cada vez se habla menos (o se dice menos, que quizá sea más correcto), que un cineasta haga películas habladas (y eso nos lleva a uno de sus últimos filmes, precisamente titulado Una película hablada), no deja de ser una singularidad.

Ítem más: De Oliveira se caracterizó por versionar, a su manera, a un buen puñado de escritores, desde adaptaciones declaradas (Agustina Bessa-Luís, por ejemplo, está en el origen de títulos como El valle Abraham, Francisca, Inquietud o El principio de la incertidumbre) hasta inspiraciones más o menos veladas en clásicos de la literatura universal, desde Stendhal a Dostoievski, de Nietzsche a Flaubert, de Ionesco a Joyce, sin olvidar la propia fuente cultural cinematográfica, de Jean Vigo a Buñuel o Rossellini. También fue autor, en solitario o en colaboración con otros libretistas, de buena parte de sus guiones, aunque es cierto que en esos casos no era difícil adivinar la influencia de los grandes maestros en sus historias, sin que ello supusiera menoscabo de la calidad de sus filmes, pues De Oliveira tenía la rara habilidad de hacer suyas las peripecias ajenas.

A contracorriente de su época, Manoel tuvo también la peculiaridad de hacer un cine eminentemente estático, en la que el movimiento era siempre interior, nunca exterior: rara vez filmaba con panorámicas, no digamos ya con travelines, mientras que gustaba de los planos medios en los que sus actores y actrices desgranaban sus (por lo general) dolorosos, a veces trágicos soliloquios o diálogos. Pero esos textos puestos en boca de sus protagonistas o antagonistas rara vez resultaban pesados: sus temáticas eran arduas, pero no por ello plomizas. Los personajes de Oliveira hablan de la vida, de la muerte, del amor, del desengaño, de la avaricia, la lujuria o la ira, de cualesquiera cosas que trasciendan la mera supervivencia, de sentimientos y abstracciones, y sin embargo no producen en el espectador esa sensación de ladrillo que con tanta frecuencia acaece en el cine discursivo cuando (como es tan frecuente) se confunde la hondura con el pestiño.

Siendo un cineasta de relevancia mundial, si bien su prestigio se lo granjeó en los niveles intelectuales de la sociedad occidental, sin embargo fue un director por el que muchos intérpretes de postín apostaban: por sus películas pasaron estrellas de primera fila como Marcello Mastroianni, John Malkovich, Catherine Deneuve, Irene Papas, Claudia Cardinale, Jeanne Moreau, Michel Piccoli, Stefania Sandrelli… a pesar de lo cual, y esto es otra singularidad, en estos tiempos traicioneros, De Oliveira mantuvo siempre una fidelidad a prueba de bomba (o de megaestrellas) con sus actores y actrices de siempre, desde Leonor Silveira a Luís Miguel Cintra, desde Diogo Dória a Teresa Madruga, desde Ricardo Trêpa a Mário Barroso. Aunque de vez en cuando hiciera películas con astros de relumbrón, los suyos, los de siempre, también estaban ahí, y siempre volvía a ellos en filmes más pequeños en los que, curiosamente, también aparecía el De Oliveira más auténtico, más decantado.

Y, cómo no, también Manoel tenía la singularidad de no dejar indiferente: entre la cinefilia, y no digamos entre la crítica, o arrastraba pasiones o iras, filias o fobias, nunca se quedaba en ese término medio, en esa “aurea mediocritas” tan cómoda pero, ¡ay!, también tan inconsistente, tan irrelevante histórica, artísticamente hablando. Es habitual ver disparidades en la conceptuación de sus filmes, desde ataques desenfrenados hasta loas entregadas. En ambos casos, me temo, hay bastante de “postureo”, si sirve la expresión, tan sevillana, que habla de eso que los más cursis denominan “posse”.

El cine de Manoel de Oliveira, ahora que ya ha puesto el epílogo en su obra, es para mi gusto uno de los más interesantes que se haya hecho en los últimos cuarenta años. También lo es que, como todo en esta vida, y sobre todo en el arte, ha tenido sus picos y sus valles (de Abraham…), sus momentos espléndidos y sus hitos menos interesantes. Como nos queremos quedar con lo mejor y olvidarnos (o al menos no recordar) lo peor, citaremos para finalizar este a modo de necrológica u obituario algunas de sus obras mayores, que para el que suscribe serían: Los caníbales, o cómo el cineasta luso dio la vuelta a los tópicos del dramón novecentista hasta convertirlo en un transgresor libelo contra la aristocracia; No, o la vana gloria de mandar, estimulante introspección sobre la historia portuguesa y la mala suerte endémica del país; El valle Abraham, la historia de una mujer atrapada en la saudade; La caja, un retablo de la avaricia y la picaresca que no hubiera desdeñado un Mateo Alemán; Viaje al principio del mundo, el regreso a lo más telúrico, a lo más recóndito del ser humano; La carta, o cómo el amor, ese invidente, anida en el corazón menos previsible, con consecuencias devastadoras; Palabra y utopía, lección de Historia de América desde una perspectiva crítica; Una película hablada, sobre la construcción de Europa desde la diversidad, con varias personas que hablan cada una en su propia lengua y todos se entienden, en un viaje iniciático que no deja de ser parabólico sobre el Viejo Continente y su papel en el mundo; y Gebo et l’ombre, metáfora sobre la angustia de la paternidad.

Manoel de Oliveira, un nombre singular de la cultura universal, un portugués de vocación y trayectoria internacional. Parecía inmortal, y su carne no lo era: pero su obra sí…

Pie de foto: Leonor Silveira, una de las actrices favoritas de Manoel de Oliveira, en la seminal El valle Abraham.