Película: Crimen de doble filo

Tras algunos cortos y documentales, José Luis Borau, figura señera del cine español (director, guionista, productor, incluso actor, además de académico de la lengua), debutó en la dirección de largometrajes de ficción con dos filmes “de género”, el western Brandy (19645) y el thriller Crimen de doble filo (1965); en ambos, que se pueden reputar como ejercicios de aprendizaje práctico del oficio (en el teórico Borau no tenía nada que aprender: diplomado en dirección en la prestigiosa EOC y crítico en ejercicio, el cine no tenía entonces ya secretos para él), la línea del cineasta aragonés fue ascendente: si el western fue un trabajo serio pero aún no del todo conseguido, el thriller se presenta ya como una obra sólida, un filme profesional que, además, ponía perlas antifranquistas, como incluir (en la habitación del asesinado, extranjero para justificar estos excursos) un póster alusivo a un homenaje a Antonio Machado, uno de los escritores más beligerantes contra el llamado Alzamiento Nacional que comandó Franco, y un cartel del Guernica, de Picasso, la impresionante composición pictórica del genio malagueño sobre el bombardeo de la ciudad vasca por fuerzas aliadas de los llamados nacionales.

Madrid, a mediados de los años sesenta. Un músico que toca el acordeón en una orquesta vuelve temprano a casa. Más tarde llega su mujer, que se sorprende al haber vuelto antes de tiempo al hogar. El hombre baja a pedir tabaco a un amigo, propietario de un local en el propio bloque, pero se lo encuentra muerto, al parecer asesinado. Va a un bar próximo a llamar a la Policía, pero a la vuelta ve salir de la tienda al que parece ser el asesino…

Con guion de Juan Miguel Lamet, Borau desarrolla una brillante historia que funciona como una muñeca rusa, una “matrioshka”: iremos descubriendo entonces que lo que parecía tan claro no lo es, y que hay diversas realidades dentro de la aparente verdad. Con buen pulso narrativo, lo mejor es el planteamiento y el nudo, en los que se consigue un notable grado de tensión, en la que el protagonista, sin duda un antihéroe, se sentirá acosado por quien parece que quiere matarle para eliminar a un molesto testigo. Esos primeros sesenta minutos están cargados de una atmósfera que por momentos resulta asfixiante, jugando Borau con la posibilidad de que el personaje central tenga, tal vez, un comportamiento paranoico. Esa parte termina con la escena del protagonista subiendo por el ascensor y el supuesto asesino por la escalera, notablemente filmada y montada, con un “crescendo” que llega a ser casi insoportable.

A partir de entonces el interés cinematográfico se reduce, al producirse ya el desenlace, que no será único sino que tendrá todavía varias revueltas. Entonces queda el interés de saber qué pasó realmente, pero decae el puramente cinematográfico. A pesar de ello, Crimen de doble filo es una estimulante muestra de cine negro a la española, un thriller adulto en el que no existe la típica moralina del cine que se hacía en el franquismo con respecto al adulterio, aquí tratado como lo que es, una cuestión privada entre adultos que se quieren (o no se quieren), no un delito ni un pecado. Ese tono civilizado, sobrio, maduro, hace equiparable este cine al que se rodaba en la época, por ejemplo, en Francia, en una década en la que en el país galo floreció especialmente el “polar”, el policíaco a la francesa.

Parábola del pusilánime al que su miedo abocó, sin quererlo, a dar un giro copernicano a su vida, Crimen de doble filo se constituye entonces como un sólido thriller, en la mejor tradición de este género que, entre los años cincuenta y sesenta tuvo, en nuestro país, y a pesar de la inquisitiva censura, una edad de oro como no se ha vuelto a producir en España desde entonces.

Al frente del reparto está Carlos Estrada, en un personaje tan distinto del que interpretó un año antes en La tía Tula (1964), y la argentina Susana Campos, que durante los sesenta rodó varias películas en España. Entre los técnicos, todavía en oficios modestos, aparecen los que serían grandes directores de fotografía, Luis Cuadrado y Teo Escamilla, ambos precozmente malogrados. La inquietante música del gran Luis de Pablo y el percutante montaje del prestigioso Pedro del Rey harían el resto.


Crimen de doble filo - by , Aug 25, 2017
3 / 5 stars
Parábola del pusilánime