Pelicula:

Si hubiera que sintetizar la obra de Jaime Rosales en una sola palabra, esa sería, a nuestro juicio, “coherencia”. Porque desde que comenzó su carrera como director, en los primeros años de este siglo XXI, el cineasta catalán (Barcelona, 1970), está dando muestras de una coherencia ciertamente admirable: su cine nada tiene que ver con los usos y costumbres españoles de nuestro tiempo, sino que cada película, hecha con un pequeño equipo técnico (agrupado en torno a su productora Fresdeval) en el que suelen repetir los mismos colaboradores, resultan ser historias cotidianas con tratamientos formalistas personalizados, desde la polivisión o pantalla partida de La soledad a la ruptura del orden cronológico (a la manera de Rayuela) de los capítulos de Petra. Su cine siempre es austero, de una sobriedad espartana, asumida y utilizada precisamente a su favor, un cine entomológico en el que no hay buenos ni malos, solo gente intentando (sobre)vivir, una nueva pero tan vieja, a la par que tan real fórmula de vivir cada día.

La acción se desarrolla entre finales de la década de los años diez y el comienzo de estos años veinte del siglo XXI, en principio en Barcelona, aunque después, temporalmente, los personajes se trasladarán a Melilla. Conocemos a Julia, una joven veinteañera con dos hijos, niño y niña, pequeños, como de 6 y 5 años, respectivamente; pertenece al estrato social medio-bajo; vive con su padre, viudo y jubilado, y tiene también una buena relación con su hermana Maite. Julia es cortejada (por utilizar un término viejuno, pero que creemos aún lo entiende la gente joven...) por Oscar, un tipo con menos seso que un mosquito, con más tatuajes en el cuerpo que tonterías tiene un mueble-bar. La relación, sorprendentemente, va adelante, e incluso se van a vivir juntos Julia y sus hijos con Oscar a una habitación realquilada, que el jeta del varón gorronea al inquilino titular. Pero los celos patológicos del hombre terminarán haciendo la vida imposible a Julia, que se marcha con sus niños a Melilla, donde trabaja como soldado profesional Marcos, el padre de los críos...

Llama la atención en esta Girasoles silvestres el tono casi de docuficción que le imprime Rosales: la película, articulada en tres capítulos, con los nombres de las tres parejas de Julia, Oscar, Marcos y Àlex, se desarrolla a través de cuadros o escenas en las que asistimos a conversaciones que parecen banales, y seguramente lo son, entre los personajes de la película, conversaciones cotidianas, informales, en las que Rosales utiliza la técnica de la improvisación de los actores y actrices sobre un tema a desarrollar, expresado con palabras coloquiales, como se suele hablar en la vida real, huyendo de los diálogos brillantes, de las situaciones impostadas. Ello confiere un extraordinario verismo a las imágenes aunque, es cierto, también juega en su contra, por cuanto los diálogos, de tan planos y con frecuencia insustanciales, pueden hacer decaer la atención del espectador.

Cine entomológico, que se solaza con la presentación, sin juicios ni valoraciones, de la existencia de esta joven madre que en sus relaciones con hombres, en general, tiene bastante mala suerte, y en algún caso (el energúmeno del primer capítulo), con una pésima capacidad de elección, cuando todas las señales que emitía el sujeto eran más que obvias y alarmantes. Pero es que ni siquiera ese segmento, el del marrajo con serrín dentro del cráneo y con la mano demasiado larga (por utilizar una expresión afortunadamente en desuso), está cargado con el dedo acusador: en el fondo, ese maltratador de libro es un pobre diablo al que lo único que cabe es aplicarle la ley y hasta luego, Lucas (Oscar, en este caso...).

Cinema-verité a la manera de Rosales, consecuente como siempre consigo mismo, con su cine y con su público, Girasoles silvestres no romperá taquilla alguna, ni falta que le hace; es un cine necesario, quizá incluso imprescindible, que habla de gente que nunca sale en los films, gente de clase media-baja que sobrevive como buenamente puede, que tiene sueños (quizá entelequias) con los que aspira a mejorar su futuro, que se desvive por sus hijos, que, a falta de un formación medianamente aceptable, se solaza con la telebasura de Telecinco “et alii”.

Cine nada fácil, sin que sea inaprensible, pero sí carente de las habituales trampas que guionistas y directores utilizan para enganchar la atención del público, Girasoles silvestres es también, de alguna forma, testimonio de las personas de una determinada extracción social de nuestro tiempo: cuando dentro de cien años, si el mundo sigue girando (cosa que está por ver...), alguien quiera saber cómo eran, cómo vivían, por qué suspiraban, cuáles eran algunas de las vivencias que llenaban las existencias de las gentes como Julia, esta película será un documento (siendo ficción... ) excepcional para ello.

Trabajo muy entregado de Anna Castillo, teniendo en cuenta que tiene que construir su personaje no interpretándolo con las palabras de otro, sino con las suyas propias: muy natural, muy creíble, muy fresca. Los actores que hacen de sus parejas, bien en general, aunque el que tiene un papel más lucido es Oriol Pla, el que hace de maltratador, que compone un notable cretino con mucho más músculo que cerebro. Y, por supuesto, en un papel de reparto que él resuelve con la gorra, Manolo Solo hace el que (creemos...) es su primer papel de abuelo, con 58 años y luciendo barriguita... Y Carolina Yuste, descubierta en Carmen y Lola, sigue confirmando que lo suyo son principalmente los personajes entrañables, cercanos, que ella compone con una pasmosa facilidad.


(20-10-2022)


 


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107'

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Girasoles silvestres - by , Oct 20, 2022
3 / 5 stars
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