Película: Gritos y susurros

Esta película se ha podido ver en el ciclo que Cinesur Nervión Plaza (Sevilla) dedica al director sueco Ingmar Bergman, con ocasión del centenario de su nacimiento.

Tras rodar para el cine norteamericano La carcoma (The touch, 1971), que fracasó tanto en taquilla como entre la crítica, Ingmar Bergman vuelve al cine escandinavo, con temática, estética, técnicos e intérpretes suecos, en una de sus obras mayores, Gritos y susurros, considerada durante muchos años, no sin razón, como el epítome de su cine, como la suma de todas sus obsesiones, de todas sus historias, de todas sus preocupaciones estéticas y morales.

Rodada a principios de los años setenta, cuando el cine está a punto de dar un cambio fundamental en sus temáticas y, sobre todo, en la manera de mostrarlas (el sexo pasará de ser elíptico a explícito, el desnudo dejará de ser excepción para convertirse en regla), Gritos y susurros participa de esas nuevas tendencias en cuanto a la nueva tolerancia, si bien debe decirse enseguida que está plenamente justificada.

La historia que se nos narra se ambienta en la Suecia de finales del siglo XIX, en un palacio de la aristocracia sueca, la casa solariega de una familia en la que vive Agnes, la hija menor de los padres, ya fallecidos. La mujer, que continúa soltera, agoniza de un cáncer de útero; se turnan en su cuidado su criada, Anna, y sus hermanas casadas, Karim y Maria, llegadas desde sus hogares para asistir a la moribunda. Mientras Agnes se retuerce de dolor a las puertas de la muerte, conoceremos más cosas de las tres hermanas...

Gritos y susurros supuso en su momento un hito en el cine de Bergman, probablemente el súmmum de su talento; vista de nuevo más de 45 años después, lo cierto es que mantiene intactas la mayor parte de sus virtudes, si bien adolece de algún vicio técnico de la época (esa tendencia, afortunadamente no muy repetida, al uso del zoom, típico de los años sesenta y setenta, pero desterrado de la estética del siglo XXI) que le hace aparentar la edad que por lo demás tiene. Tampoco el confusionismo en las relaciones de las hermanas sanas, y sobre todo el comportamiento caótico de Karim, resulta, a estas alturas, lo suficientemente razonado y razonable. Con todo, son reproches menores en una película durísima en su temática, con escenas difícilmente olvidables, como todas aquellas en las que Agnes agoniza al borde de la muerte, en una película sobre las cargas de profundidad que la infancia deja en nuestras mentes, en este caso en la protagonista Agnes, el sentimiento de menosprecio que intuía en su madre para con ella, esos celos hacia sus hermanas niñas que marcará su edad adulta; pero también en las hermanas, una atrapada en un matrimonio sin amor y sin sexo, propiciando una memorable escena de automutilación preñada de significados, a cual más escabroso; la otra hermana permanentemente en busca del placer rápido, del gozo efímero que no le proporciona un marido pusilánime.

Formalmente exquisita, presenta un tratamiento cromático que juega abrumadoramente con el color rojo, el color por antonomasia del film; las paredes del palacio, invariablemente decoradas de color carmesí, los fundidos a rojo que van marcando las peripecias vitales de cada una de las cuatro mujeres protagonistas, el rojo que es a la vez el color de la muerte, pero también de la vida y de la pasión. La última secuencia, en la que aparecen exteriores ajardinados y las mujeres ataviadas de blanco restallante, marcará el contraste entre la muerte y la vida, entre el dolor y la felicidad.

Siendo una película de Bergman, es inevitable la presencia (o la ausencia que se deja notar) de Dios, de la fe, de la duda en la trascendencia inmortal, aquí en una también inolvidable secuencia en la que el pastor pide entre lágrimas a la recién fallecida que implore por todos ellos, por él también, cuyo credo se tambalea, uno de los temas recurrentes del cine bergmaniano de los años cincuenta y sesenta. 

La bellísima, contrastada fotografía de Sven Nykvist, donde la sombra y la luz juegan un importante papel, donde la exquisitez del encuadre recuerda con frecuencia la composición de obras pictóricas clásicas, ganó con toda justicia el Oscar a la Mejor Fotografía; el film estuvo nominado a otras cuatro estatuillas, cosa poco habitual en las obras no rodadas en inglés, que generalmente sólo optan al galardón a la Mejor Película en Habla No Inglesa. La música clásica de la banda sonora, fundamentalmente la Suite número 5 para cello de Bach, en interpretación de Pierre Fournier, resulta inolvidable, como la armónica composición pictórica, a la manera de una Pietà escandinava, que formarán la criada, Anna (el único ser humano del film absolutamente inocente, absolutamente entregado, absolutamente irreprochable), una a modo de madre Tierra, de diosa Era, que acoge en su regazo a la muerta que, incluso tras morir, sigue sufriendo un dolor insoportable.

Hermosa pero tristérrima, brutal, memorable por tantos motivos, estéticamente admirable para vista y oídos, un cántico desgarrado sobre vida y muerte, sobre enfermedad y dolor, sobre amor sin límites ni compensaciones, sobre frustraciones, Gritos y susurros, incluso con las insuficiencias que el tiempo ha dejado a la intemperie, no sería la obra que roza la maestría, como es el caso, sin el concurso de un grupo de intérpretes, y fundamentalmente de actrices, que confieren vida a sus personajes, se funden con ellos, son ellos: la doliente Harriet Andersson, el sufrimiento, el rostro estragado a las puertas de la muerte; la insatisfecha Ingrid Thulin, orgullosa, renuente al contacto, casi una Asperger de libro cuando no había Asperger (o no se sabía lo que tal cosa era...); la superficial Liv Ullmann, hedonista, vacía, reluctante a cualquier tipo de compromiso; la abnegada Cari Sylwan, la madre, todas las madres, el amor, todos los amores, la compasión, todas las compasiones.


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91'

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Gritos y susurros - by , Sep 21, 2018
4 / 5 stars
Hermosa, tristérrima, brutal, memorable