Película: La mujer que sabía leer

Casi más interesante que esta película es la historia del libro en el que se basa, L’homme semence, publicado en España por Edícola. Original de Violette Ailhaud, de corte autobiográfico, está escrito según parece en el transcurso de la Primera Guerra Mundial, hacia 1914, pero los hechos narrados, que acontecieron a la autora y al resto de las personas citadas en el volumen, sucedieron hacia 1851-52, en el tiempo histórico del golpe de estado de Luis Napoleón; las huestes del emperador, que derrocaría la república y reinaría como Napoleón III, vaciaron de hombres varios pueblos de la zona de la Alta Provenza, entre ellos el de las protagonistas de la historia. Sin varones, las mujeres debieron organizarse para hacer las tareas que normalmente hacían estos, entre ellas y fundamentalmente arar la tierra, espigar el trigo, almacenarlo para el invierno. Pero también las más jóvenes, en las charlas indolentes de los descansos, elucubran con la posibilidad de que apareciera un hombre en aquel lugar perdido de la mano de Dios; finalmente, las chicas se conjuran para que, de ser así, todas las mujeres lo compartan.

Ese libro, escrito según parece por una ya entonces anciana Violette Ailhaud, quedó consignado como herencia para que una de sus legatarias, no mayor de 30 años, y no antes de 1952, lo diera a conocer; pero esa heredera no lo hizo hasta 2006, cuando propuso su publicación a Parole Éditions, que lo editó, con gran éxito.

Sin embargo, su traslación a la pantalla, sin ser fallida, queda por debajo de la fascinante historia de este libro, desde su concepción a su plasmación, su conservación durante décadas lejos de las imprentas, por fin su eclosión cuando todo parecía escrito, todo parecía dicho.

Y es que a Marine Francen, la directora, quizá le ha venido grande el empeño. Es neófita en el largometraje (hasta ahora solo había hecho algunos cortos), y ello se nota en un ritmo un tanto cansino, en una descripción de personajes no muy detallada, en una puesta en escena algo pedestre. Gusta, sin embargo, por la historia que se nos cuenta, sea esta real (como parece) o no, la crónica de un grupo de mujeres que se comprometieron a compartir a un hipotético hombre, si este llegaba a aparecer, que asegurara su descendencia, pero también que cubriera las lógicas necesidades afectivas de todo ser humano, sea varón o fémina. Claro que, cuando llegue el momento, todo no será tan fácil: surge el amor, ese previsible invitado, y entonces todo se teñirá de sacrificio, todo se hará doloroso.

Agrada la pulcra puesta en escena, que no juega a la ostentación historicista sino al costumbrismo, a un etnicismo que gusta por su modestia, como debería ser la sociedad rural francesa de un pueblecito en los chirlos mirlos, a mediados del siglo XIX, un lugar en el que a las mujeres se les daba una higa que hubiera república o imperio: querían a sus hombres con ellas, y su ausencia dará lugar al conflicto que se nos narra.

Gusta también la falta de gazmoñería en la historia, que probablemente fue la causa por la que su autora (si es que lo fue) no lo publicó en vida, y ni siquiera aceptó que se hiciera hasta varias décadas después de su muerte: la compartición del varón no tendrá nada que ver con moral alguna, religiosa o laica, ni con matrimonios o bodas, con ritos de ninguna clase: será la coyunda que asegure el futuro de la comunidad, será el placer del sexo, puro sexo, sin coartadas amorosas, aunque Cupido, disfrazado de Eros, se haga presente inesperadamente.

Lástima que Francen no tenga más tiros dados, no tenga más tablas: con una directora (o un director; no creo que el tema requiera, necesariamente, de una mujer al frente) más curtida, con más sutileza, la película hubiera podido ser lo más parecido a una obra maestra. Eso sí, resulta chocante que la distribuidora española haya preferido titular aquí el film como La mujer que sabía leer (circunstancia que, ciertamente, era inusual en la época, pero que no es la fundamental en la historia, aunque da lugar a algunas hermosas escenas), escamoteando el sentido del original, Le semeur, que podría traducirse, ambiguamente, como “El sembrador”, ciertamente más inconcreto que el título del libro original, L’homme semence, y que en España se ha publicado directamente y sin ambages como El hombre semen.

Buen trabajo de las actrices (es un film fundamentalmente femenino, lógicamente), en especial de la protagonista, la jovencísima Pauline Burlet, a la que vimos en El pasado (2013), el film del iraní Asghar Farhadi en Francia, y a la que la cámara, evidentemente, adora.

Por cierto que es curioso que la película recuerde, argumentalmente hablando, aunque en otro registro, al clásico de Don Siegel El seductor (1971), con Clint Eastwood en el rol del varón presumiblemente a compartir, y lógicamente a su muy inferior secuela, La seducción (2017), de Sofia Coppola, con Colin Farrell en similar papel.

Cuando las jóvenes, en un momento de descanso, imaginan idealmente cómo será ese varón que llegue al pueblo para compartirlo entre todas, en esa especie de anhelado gineceo, una de ellas lo evoca como un hombre de treinta años, rubio, fuerte... otra de las chicas apostilla “como Adán en las pinturas”... Ese varón ideal, que por supuesto no existe más que en la imaginación de las hembras que le esperan, se llamará Jean y será varón pero no tan ideal: claro que, como diría el otro, a falta de pan (o de Adán...), buenos son Jean...


Dirigida por

Género

Nacionalidad

Duración

98'

Año de producción

Trailer

La mujer que sabía leer - by , May 17, 2018
2 / 5 stars
Como Adán en las pinturas