Pelicula:

Alguna vez habrá que estudiar monográficamente el nuevo fenómeno de los remakes transnacionales, casi siempre comedias, que se realizan buscando suculentas taquillas en un país, para ser versionadas posteriormente en otros de su mismo entorno lingüístico, sociológico o cultural. En concreto en España, tras el éxito de Perfectos desconocidos (2016), de Álex de la Iglesia, que incluso mejoró las magníficas cifras de su original italiano, Perfetti sconosciuti (2014), nuestro cine ha hecho algunos remakes que han funcionado razonablemente bien, como fue el caso de Sin rodeos (2017), de Santiago Segura, remake de la chilena Sin filtro (2016), que también ha tenido versiones en México y Argentina.

Pues este Lo dejo cuando quiera es, a su vez, un remake de Smetto quando voglio (2014), un film italiano de Sydney Sibilia que obtuvo un éxito de taquilla razonable (hasta el punto de haber tenido al menos dos secuelas), aunque no elefantiásico (unos 4,8 millones de euros). En España, dada la notable recaudación del primer fin de semana (1,6 millones de euros; fuente: ComScore), y el excelente mantenimiento en el segundo, puede darse la peculiaridad de que la copia mejore económicamente al original, como ya sucedió con Perfectos desconocidos y la primigenia peli itálica. De ser esto así, no será nada extraño que tengamos a corto plazo varios proyectos hispanos para hacer remakes de comedias italianas de los últimos años: al tiempo...

Desde el punto de vista puramente cinematográfico, lo cierto es que Lo dejo cuando quiera funciona; y lo hace, entre otras cosas, porque no fía, como suele ocurrir en los últimos años en la comedia española, en reproducir los peores tics de las exitosas sitcoms españolas de los dos últimos decenios (singularmente Aquí no hay quien viva y su hija putativa La que se avecina, pero también otras como Aida o Con el culo al aire), tics que buscan hacer reír por métodos tan archimanidos como el gag de “no lo hago ni muerto”, seguido de inmediato por la escena en la que, por supuesto, el dicente lo hace, o provocar que los personajes estén aceleradísimos, como si esa locura fuera causa de algún tipo de diversión; debe serlo, a la vista del éxito de esas sitcoms, especialmente La que se avecina, campeona en esto de que los personajes estén almodovarianamente “al borde de un ataque de nervios”.

Lo dejo cuando quiera usa, sin embargo, otros métodos; no sé si será por su original italiano, del que evidentemente bebe sin recato, pero lo cierto es que juega con otros elementos, mayormente el de enfrentar a tres empollones a un hábitat (el de la noche, el pastilleo, las mafias que controlan esos antros) diametralmente opuesto a sus fórmulas, sus ecuaciones, sus derivadas y sus latines.

Madrid, en los años previos a la crisis: tres amigos se preparan a conciencia para terminar sus estudios y convertirse en prominentes figuras universitarias; diez años más tarde, con los efectos de la crisis iniciada en 2008 y los correspondientes recortes en investigación y educación, los ya flamantes licenciados en Químicas (Pedro), Económicas (Arturo) y Filología Hispánica (Eligio), ejercen como precario profesor en una universidad que le niega fondos para continuar su investigación (el primero de ellos), profesor particular de una adolescente imbécil (perdón por el pleonasmo) sin ningún interés en otra cosa que fiestear (el segundo), y aspirante a mensajero que no puede acceder a tal oficio por sus desmesurados méritos curriculares, y que termina poniendo gasolina en la estación de servicio de un primo de los padres (el tercero). Cuando expulsan al profesor de Químicas por un inesperado brote de rebeldía, uno de sus amigos empollones toma una pastilla del complejo vitamínico que está investigando, con resultados sorprendentes...

Lo dejo cuando quiera funciona, entonces, gracias a que su comicidad, aun no siendo ninguna exquisitez, juega con otros elementos a los archimanidos de la comedia cinematográfica española actual. Es cierto que se ven influencias tan evidentes como la del clásico serial Breaking Bad, con su químico siendo captado por el lado oscuro y poniendo sus conocimientos al servicio de temas no precisamente laudables ni saludables; también hay cosas de The Big Bang Theory, con sus tres empollones metidos en fregados en ambientes tan dispares a los que les son propios.

El conjunto, sin ser nada del otro jueves, consigue algunas carcajadas y, en general, se deja ver con benevolencia. A ello no es ajeno el buen hacer del director, Carlos Therón, fogueado en numerosas series televisivas de las últimas dos décadas (Los hombres de Paco, Olmos y Robles, El barco, Mira lo que has hecho), y cuyo paso por el largometraje de ficción ha ido de la pavorosamente mala Fuga de cerebros 2 (2011) a la al menos visibleEs por tu bien (2017); el ritmo narrativo es correcto, los disparates del guion (inevitables en este tipo de comedias de enredo) están razonablemente insertos en la trama, y el conjunto al menos no avergüenza a nadie, lo que, dicho sea de la comedia española del siglo XXI, es lo más parecido a un elogio que se puede conseguir.

A ello ha debido contribuir también, además de la base argumental original, que marcaba un pie forzado que, en este caso, ha venido bien, el hecho de que los guionistas, Cristóbal Garrido y Adolfo Valor, sean libretistas habituados a todo tipo de cine y televisión, no solo comedia, por lo que no se les ve viciados con los tics de costumbre de los autores de guiones exclusivamente cómicos.

En cuanto a los intérpretes, el mejor es para nuestro gusto David Verdaguer, al que hemos visto recientemente en estimulantes muestras de cine en su lengua vernácula, en films de indudable mayor enjundia como Verano 1993 (2017) y Tierra firme (2017), confirmando ahora con este Lo dejo cuando quiera que tiene también una interesante vena cómica. Vemos desaprovechado a Carlos Santos (del que recordamos el soberbio Luis Roldán que componía para El hombre de las mil caras), con el papel quizá más desdibujado, el filólogo que de vez en cuando mete la pata con su visión monotemática de su disciplina, enfrentada a un entorno de ignorancia supina. Ernesto Sevilla no desentona, si bien a ratos parece que está largando uno de sus monólogos por los que es (más o menos) conocido. Del resto nos quedamos con un Ernesto Alterio pasadísimo, que da a la vez miedo y risa, lo que es sin duda meritorio. Y, por supuesto, con una de nuestras debilidades, el maravilloso Luis Varela de nuestra infancia que, septuagenario largo ya, se marca hasta un numerito musical, gracias a las cualidades lisérgicas de la pastilla de marras.

Por supuesto, al margen de que el film cumple razonablemente con sus dos objetivos (el primero hacer reír al público; el segundo, consecuencia del primero, y para sus productores más importante que el primero, dar sus buenos dividendos en taquilla), Lo dejo cuando quiera tiene un elemento común a cierto cine español actual, que desprecia el trabajo “normal”, el de millones de personas que se ganan la vida con esfuerzo, con voluntad, levantándose todos los días en horas en las que apetece seguir en la cama, y ensalza la diversión permanente, el camino sencillo para hacer pasta, eludiendo el trabajo como una forma de realización personal. No somos catequistas ni mojigatos, ni pretendemos que el cine sea una escuela de valores; tampoco parece que debiera serlo justo de lo contrario, y que profesiones tan honradas y que deberían estar especialmente valoradas como la de profesor universitario, se vean aquí equiparadas a la categoría de “pringao”: así nos va, seguramente, como sociedad, y lo que es peor, así nos irá en el futuro...


Lo dejo cuando quiera - by , Apr 21, 2019
2 / 5 stars
Se deja ver