Película: Los paraísos perdidos

En 1984 Pilar Miró, desde su puesto como Directora General de Cinematografía (aún no se había transformado en el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales, INCAA, buscando una extraña semejanza nominal con el ICAIC cubano), promulgó una Ley del Cine que sería, con mucho, la mejor de las que se han hecho en España desde que existe el cinematógrafo. Esa ley promovió un incremento de los recursos económicos para poder producir nuevas películas, y ello permitió que cineastas “difíciles” por sus temáticas pudieran rodar de nuevo.

Fue el caso de Basilio Martín Patino, icono del cine antifranquista, que rodó aún en vida del dictador (aunque todos se estrenaron después de morir éste) tres films imprescindibles para entender el ominoso régimen franquista, Canciones para después de una guerra (1971), Queridísimos verdugos (1973) y Caudillo (1974). Su último largometraje de ficción hasta 1985 había sido Del amor y otras soledades (1969), no del todo conseguido pero con elementos de gran interés, como un osado planteamiento que daba a la sexualidad (aunque fuera la conyugal) un papel preeminente que la hacía toda una rara avis en el gazmoño universo de la dictadura. Quiere decirse que tal vez Patino estaba algo oxidado como creador de ficciones: hacía 16 años que no rodaba una, y, aunque se suele decir que, como montar en bicicleta, dirigir películas no se olvida, lo cierto es que Los paraísos perdidos no estuvo a la altura que se podía esperar del gran cineasta antifranquista por excelencia.

Una ciudad castellanoleonesa (Salamanca, Zamora, Ávila, Toro… todas ellas aparecen bellamente fotografiadas). Una mujer que vive con su marido y su hija pequeña en Alemania desde hace años vuelve a casa para asistir a los últimos días de su madre, que agoniza en un hospital. Su padre, un intelectual republicano, murió años atrás en el exilio. La mujer se reencontrará con la casa solariega en la que se crió, repleta de recuerdos, pero también con un importante patrimonio cultural, y, sobre todo, con viejos conocidos, con viejos amantes. Con todos ellos intentará ponerse en paz, reencontrar el punto en el que poder pasar página…

Tiene Los paraísos perdidos un tono casi elegíaco, a lo que no son ajenos los textos en off que desgrana durante todo el metraje Charo López, bellos párrafos del Hiperión de Hölderlin (obra que está traduciendo al español la protagonista), que convienen a la historia, una melancólica recuperación, desde la edad madura, de los tiempos en que todo era posible, en los que los sueños aún no se habían destrozado; dísticos como “también me golpeaba en los pulsos la alegría de la inmortalidad” jalonan hermosamente la película. Sin embargo, me temo que Patino no acertó a prender la atención del espectador, en una historia que divaga entre los reencuentros amistosos o amorosos, la constatación de que la democracia ha supuesto, además de una libertad inimaginable en el franquismo, una pesada burocratización del poder, y la añoranza de un tiempo pasado que no volverá. Parece claro que el cineasta salmantino apostó por un cine antes poético que argumental, pero el resultado no fue bueno.

Por supuesto, la película es formalmente irreprochable, con la bella música de Carmelo Bernaola (además de Bach y Scarlatti, entre otros clásicos) y la exquisita fotografía de José Luis Alcaine, pero el conjunto no termina de convencer, parece como si le faltara un tema claro; Charo López se entrega totalmente a su personaje, nos lo hace creíble, aunque sus andanzas por la ciudad castellanoleonesa no tengan ningún norte reconocible. Alfredo Landa y Ana Torrent tienen papeles manifiestamente prescindibles, que nada aportan; no es culpa de ellos, evidentemente. Del resto de intérpretes me quedo con el maestro Miguel Narros, que se prodigó poco en el cine; de hecho, ésta fue su última aparición en pantalla, casi treinta años antes de su muerte. Cameos como los de Amancio Prada, Juan Cueto o Paco Rabal tampoco aportan gran cosa.


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93'

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Los paraísos perdidos - by , Sep 07, 2017
2 / 5 stars
También me golpeaba en los pulsos la alegría de la inmortalidad...