Película: Ocean’s 8

La génesis de esta trama viene de lejos: Lewis Milestone rodó en los años sesenta Ocean’s eleven (1960), que en España, donde somos (y entonces más) tan cañís, se tituló La cuadrilla de los once. Era un thriller en clave de comedia (o viceversa), con el clan Sinatra a tope: el propio capo del clan, el gran Frank, más Dean Martin, Sammy Davis Jr., Peter Lawford y hasta Angie Dickinson, que no pertenecía propiamente al clan pero podía parecer que lo era. Aquel film fue un notable éxito, obteniendo una taquilla mundial que multiplicó por seis su presupuesto. Fue tan exitosa que tuvo hasta una secuela en plan cómico en España, titulada con desparpajo La pandilla de los once (1963), aseadamente dirigida por Pedro Lazaga.

Como el problema de la sequía de temas e historias no es de ahora, aunque lo parezca, ya a principios del siglo XXI el entonces en boga Steven Soderbergh, que venía de conseguir el Oscar con Traffic (2000), pone en escena un remake libérrimo de aquella vieja historia sinatriana. Se vuelve a titular Ocean’s eleven (2001), pero ahora en España se mantiene el título original, que para eso ya dominamos el inglés (en su macarrónica variante de instituto...), con gran aparataje de estrellas: Clooney, Pitt, Roberts, Damon, García. El film, que casi no mantenía nexo de unión con la historia original, de tan actualizada y “aggiornada” como estaba, tendría un más que notable éxito comercial, lo que propició hasta dos secuelas, Ocean’s twelve (2004) y Ocean’s 13 (2007), con decreciente repercusión comercial, sin que de todos modos pudieran considerarse fracasos económicos.

Como seguimos igual de mal (o peor...) en cuanto a temas a llevar al cine, Soderbergh y sus socios han desempolvado la franquicia de Danny Ocean pero ahora, bajo el signo de los tiempos, dándole un tinte femenino (no sé si decir feminista...), aunque, eso sí, la manija se la han dejado a un caballero, Gary Ross, que es quien dirige, y el propio Soderbergh se mantiene a los mandos como productor. Pero está claro que Ocean’s 8 (en el original es Ocean’s eight: se ve que los distribuidores españoles no confían mucho en nuestro inglés de instituto...) juega a fondo la baza de las mujeres: donde antes era un puñado de varones de coquito privilegiado para el crimen de guante blanco, más alguna fémina por aquello del florero, ahora, con buen criterio, mandan a los varones a por tabaco (uy, perdón, que eso es políticamente incorrecto...) y el protagonismo lo asumen ellas plenamente.

Debbie Ocean, la hermana del legendario Danny Ocean, que fuera quien diera, uno tras otros, hasta tres golpes, a cual más difícil y retorcido, en entornos tan complicados y jodidos como casinos y bancos, sale de la cárcel en libertad condicional. Estaba allí al ser tangada por Claude Becker, un tipo infecto que la engañó como una china (esto me parece que tampoco es ya muy políticamente correcto...), pero la hermanita, cuando sale, se dispone a llevar a la práctica un golpe perfecto a perpetrar en la célebre gala anual del Met, que ha estado estudiando “ad nauseam” y con el que espera llevarse el manso y, ya de paso (o al revés), devolvérsela quintuplicada a quien la enchironó con su traición. Para ello reclutará un osado equipo de féminas, desde una diseñadora de moda en horas bajas hasta una “hacker” capaz de colarse en el mismísimo Pentágono, entre otras “cualidades”.

Ocean’s 8 es, digámoslo ya, y como se esperaba, un brillante ejercicio de cine de intriga, en su variable de robo imposible: se define el objeto a mangar desde el principio, en lo que parece una imposibilidad metafísica; después veremos cómo nuestros hombres (en este caso nuestras mujeres) tienen un osado plan que parece ir venciendo todas y cada una de las dificultades manifiestas, aunque en algún momento parezca que hay algún fallo que, lógicamente, al final resulta no serlo, sino otra añagaza más para engañar al malo (y, de paso, al espectador, que es al que hay que tangar permanentemente...) para llevarse la pasta gansa y dejar con dos palmos de narices al poderoso de turno.

Aparte del protagonismo monográfico de las mujeres, hay otra cuestión novedosa en esta cuarta parte de la franquicia de la familia Ocean: mientras que en los tres segmentos anteriores los protas cacos se cargaban de razones al robar a gente mala de verdad, a villanos que resumían en sus felones cuerpos todos los vicios, pecados y delitos (de cuello blanco, que todavía hay clases...) que imaginarse puedan, con lo que la frase “robar a un ladrón tiene cien años de perdón” cumplía perfectamente su cometido, aquí se roba a un ente tan etéreo y, en puridad, tan neutral como Cartier, la famosa firma de joyas francesa, que no se muestra en ningún momento, a través de sus empleados, como malos, canallas, cabrones, ni ninguna otra de las muchas “virtudes” que atesoraban los villanos de las anteriores entregas. En todo caso, el único villano, y al que toca cargar el mochuelo por la venganza de Miss Debbie Ocean, es Claude Becker, el tipo que la mandó a la trena con su pequeña zancadilla de traidor de baja estofa, en puridad un pobre diablo con problemas de autoestima.

Es decir, se da un salto cualitativo importante: antes los once, doce o trece de Danny Ocean “hacían justicia” a su manera; ahora, las ocho de Debbie Ocean directamente se vengan del gilipollas que traicionó a su jefa, y estafan a una proba empresa de fama internacional de la que, que se sepa, no hay noticias de latrocinios, deficientes comportamientos empresariales o mala reputación en ningún sentido.

La clave de ese salto cualitativo quizá esté en la frase con la que Debbie Ocean arenga a sus huestes inmediatamente antes de dar el golpe: les viene a decir algo así como que, cuando estén dando el mangazo, no piensen que lo hacen por ellas, ni para poner el pijama carcelario a Becker, sino por “la niña de 8 años que está soñando con ser delincuente”: ¿mande? Hemos pasado de los niños o niñas que querían ser astronautas, médicos o ingenieros (en sus versiones masculinas o femeninas, ya saben...), a directamente ser delincuentes. ¿Hay realmente niñas de 8 años cuyo sueño sea ser delincuente? A lo mejor a partir de ahora las hay, con las clases que Soderbergh, Ross, Bullock y sus chicas dan en este film...

Cuestiones morales al margen (pero que son tan importantes como para plantearnos si tiene sentido un cine que apueste descaradamente por actuar al margen de la ley, por propiciar una identificación del espectador con estas tías inteligentísimas y taimadas que además parecen estar permanentemente para salir a un desfile de modas), lo cierto es que Ocean’s 8 es un brillante ejercicio de guion, puesto en escena vistosamente por un director de méritos desiguales; cfr. la estupenda Seabiscuit. Más allá de la leyenda (2003), la mediocre y estandarizada Los juegos del hambre (2012), la de nuevo atractiva y estimulante Los hombres libres de Jones (2016). El guion funciona razonablemente bien, sin demasiadas fisuras, como suele ocurrir con estos artefactos ingeniosos pero con más agujeros que un queso de Gruyère: no es el caso, aquí casi todo cuadra (más o menos...) bien.

Fastuoso acabado, como es habitual en el cine de Hollywood, con percutante montaje, hermosa música original de Daniel Pemberton y buena utilización de canciones archiconocidas, bella fotografía de colores puros del danés Eigil Bryld, y adecuada interpretación de las divas Sandra Bullock, Cate Blanchett y Anne Hathaway, aunque las dos primeras me parecen mejores actrices que la tercera, que siempre parece tener problemas para salirse de su registro habitual de mosquita muerta. Helena Bonhan Carter, como casi siempre, opta por un personaje un tanto estrafalario, aunque este no lo sea demasiado. Aparece también la cantante Rihanna, en un nuevo intento por hacerse un hueco en la interpretación cinematográfica, sin mucho éxito. No descuella ningún actor, probablemente porque sus roles en la película (como, a la inversa, ha sucedido tantas veces en cine con las mujeres) es la de ser los tontos de la función.


Ocean’s 8 - by , Jul 11, 2018
2 / 5 stars
Una niña de 8 años soñando con ser delincuente