Pelicula:

M. Night Shyamalan, el cineasta hindú-americano, prosigue con su carrera de thrillers más o menos terroríficos. Lo cierto es que desde que llamó poderosamente la atención con El sexto sentido (1999), no ha dejado de estar en el candelero, con algunos aciertos como Señales (2002), El bosque (2004) y La joven del agua (2006); sin embargo, últimamente, a nuestro juicio, no termina de dar en el clavo. Tras el díptico sobre el trastorno bipolar que supusieron las consecutivas Múltiple (2016) y Glass (2018), y la serie Servant, en la que ha dirigido 4 episodios, Shyamalan ha echado mano para su nueva película de una novela gráfica, Sandcastle, publicada originariamente en Francia en 2010 por Atrabile, de la que son autores el francés Pierre-Oscar Lévy y el belga Frederick Peeters, publicada en España por Astiberri con el título Castillo de arena.

La premisa es, sin duda, atractiva. La película se inicia con el viaje turístico que realiza la familia formada por los padres con edades alrededor de los 40, Guy y Prisca, con sus hijos, la preadolescente Maddox, como de 11 años, y el niño Trent, de 6. Acuden a un resort en algún paraíso cuya ubicación no se nos indica (aunque está rodado en República Dominicana), en unas vacaciones que les ha tocado en una rifa a través de su farmacia en Filadelfia, donde viven. Allí son tratados a cuerpo de rey. El director propone a la familia de Guy y Prisca, y a algunos otros clanes alojados en el hotel, enviarlos a una idílica cala en la que pueden pasar el día, una cala de aguas cristalinas y maravillosa arena. Allí acude la familia protagonista, junto a otros grupos como un doctor con su anciana madre y su pareja actual, con una chica de edad parecida a Trent, y también una pareja formada por un enfermero y una psicóloga que tiene intermitentes ataques de epilepsia. Todo parece de maravilla, hasta que, de repente, aparece flotando en las aguas de la cala el cuerpo de una chica...

La premisa de Tiempo, sobre la que no hay “spoiler” posible porque las gacetillas ya se han encargado de contarla “ad nauseam”, es la posibilidad de que en un lugar concreto de la Tierra, por circunstancias que se desvelan a lo largo de la trama, el tiempo cronológico corra mucho más rápido de lo habitual, de tal manera que toda una vida puede concentrarse en uno o dos días, como mucho, dependiendo de la edad real de cada persona al entrar en ese sitio. El tiempo acelerado se ha visto en cine en los últimos años, aunque casi siempre vinculado a paradojas fantacientíficas, como ocurría en Interstellar (2014), de Christopher Nolan. Un planteamiento bastante parecido al film que comentamos, pero realizado con medios bastante cutres, se realizaba en la producción norteamericana de serie B Time trap (2017), de Ben Foster y Mark Dennis, donde los protagonistas se veían en una situación similar al entrar en una cueva. En ciencia pura, sin fantasías, habría que encuadrar a Jack (1996), la película de Francis Ford Coppola que presentaba a un individuo aquejado de la enfermedad del envejecimiento precoz, lo que hacía que el protagonista, Robin Williams, fuera un niño de 10 años encerrado en el cuerpo de un hombre de 40.

Así que la premisa de Tiempo es interesante, pero, nos tememos, no tanto su plasmación cinematográfica. Una peli como esta, en la que los personajes envejecen supuestamente a razón de 2 años cada hora, requiere para ser convincente de un muy concienzudo trabajo de coordinación de actores y maquillaje y peluquería, para que esos personajes, conforme avanza la intriga, vayan pareciendo ser de la edad que supuestamente representan: pues eso aquí se da de forma muy parcial, muy sesgada; así, a los niños de la familia protagonista, durante las primeras horas, los interpretan hasta tres parejas de actores y actrices, para aparentar ese cambio físico, que en los niños e impúberes es más evidente; pero a partir de ahí, ya el niño llegado a púber y la adolescente a jovencita, siguen con esos mismos cuerpos bastantes horas, hasta aparecer repentinamente como si tuvieran más de 50: ¿qué ha pasado entre tanto? ¿cómo se han mantenido con ese aspecto adolescente tantas horas? Shyamalan recurre al pedestre truco de no presentar en pantalla a los actores, sino verlos solo parcialmente, o de refilón, o solo el pelo... Pero, miarma, ¿esto qué es? Igualmente, el personaje de Guy, el hombre de 40 años, llega a los 80 (más o menos...) con todo su pelo negro: Shyamalan, sentrañas mías, ¿sabes que hay una cosa que se llaman canas, que generalmente empiezan a salir a partir de los cuarenta “tacos”, y que, desde luego, salvo tinte aplicado en la cabellera, ninguna persona con 80 años mantiene todo su pelo negro? Ítem más: ¿por qué los adultos que llegan a la noche, además de unas estupendas pelambreras de su original color juvenil, mantienen sus cutis tersos como culitos de niño? ¿Dónde están esas arrugas, esas patas de gallo, esa piel fruncida habitual en los sesentones, septuagenarios y sexagenarios?

Ya ese tipo de detalles sacan de la película. Después, tampoco se puede decir que el cineasta ande sobrado de buen tino para llevar adelante la intriga del film, que va como dando saltos, de tal manera que los personajes se comportan con frecuencia atrabiliariamente, sin ajustarse a unas mínimas normas de coherencia conforme a lo que conocemos de ellos. Por momentos recuerda el film aquellas viejas películas de catástrofes de los años setenta, en las que los personajes zarandeados por el desastre de turno iban cayendo uno tras otro, algunos de forma patética, otros de manera heroica.

Es cierto que el ritmo narrativo es apreciable, no perdiéndose la atención del espectador, aunque ello suceda fundamentalmente por la expectativa de este de ver en qué queda todo, qué oscura conspiración está haciendo que estos pobres diablos envejezcan a ojos vistas (bueno, eso se dice: otra cosa es que lo veamos, como hemos indicado...), y cómo pueden salir de semejante embrollo, si es que pueden salir. Pero no es suficiente, nos tememos, para salvar una película ciertamente marciana, con su correspondiente toque sobre las desalmadas corporaciones que no dudan en sacrificar a algunos humanos con tal de salvar, supuestamente, a otros muchos (y de llenar su cuenta corriente de un buen número de ceros, detalle no precisamente menor...), y con una resolución final de lo más alambicada y fiada al azar, ese comodín de los guionistas vagos...

Por supuesto, la película tiene un estilazo: elegantes movimientos de cámara, magnífica dirección de fotografía, paisajes lujuriantes bellamente retratados, intrigante música: Shyamalan, en definitiva, un cineasta ciertamente estiloso... Pero el conjunto, a nuestro parecer, es deficiente, no alcanza el nivel deseable en un producto como este, bien servido en la forma, muy curioso en el tema, pero presentado, a nuestro juicio, de forma poco aceptable.

Los intérpretes se comportan razonablemente bien, destacando en nuestra opinión la siempre sensible Vicky Krieps, pero también Gael García Bernal, en el que nos parece que es su primer papel como norteamericano (antes siempre hacía de mexicano, su nacionalidad). Menos convincente hemos visto al por lo demás muy solvente Rufus Sewell, aquí con un papel poco fundamentado. Del resto nos quedaríamos con la siempre segurísima Thomasin McKenzie, una jovencísima neozelandesa que ya nos cautivó en The king (2019) y Jojo Rabbit (2019).

(06-08-2021)


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108'

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Tiempo - by , Aug 06, 2021
1 / 5 stars
Envejecer a ojos vistas