Película: Un militar y medio Imposible  ser benévolo con la película de Steno, porque no se puede tolerar lo ruin ni estar conformes con lo inepto. Steno ha sido uno de esos casos de "asociacionismo" que con alguna frecuencia se dan en el cine (Martin y Lewis, Kelly y Donen…); en los años de 1949 a 1952, Monicelli y él trabajaron juntos para realizar una serie de films con Totó; su mayor éxito fue Guardias y ladrones. Después de su separación, Monicelli se mantuvo con películas de cierta calidad, caso de La gran guerra o Boccaccio '70 (episodio), mientras Steno no llega ni a una endeble mediocridad con Los defraudadores, Agárrame ese vampiro y la que ahora se estrena, Un militar y medio. ¿Qué puso este director en las dirigidas con su compañero? ¿Algo? ¿Nada? Acaso aprendiera algo.

El héroe de Un militar y medio es Nicola Carletti; después de treinta años en América vuelve a Italia, su patria, donde es reclamado por el ejército al ser considerado prófugo. Un hombre de cincuenta años convertido de buenas a primeras en simple recluta, con los contratiempos que esto le ocasiona en su profesión (representante de unas “maravillosas” pastillas) y enfrentado a un “terrible” brigada que, naturalmente, se toma aquello muy en serio, pudo ser un tema que, con un guionista apropiado, y un director con algún sentido del humor, tenía que haber dado resultado. Sobre el papel se plantea una comedia y la “regia” de Steno, que carece de “vísceras cinematográficas”, no sabe darle el golpe cómico necesario. La historia del militar, con los gags en torno a la vida cuartelera, es lo que resultaba interesante; pero las posibilidades del autor se inclinan con preferencia por las subhistorias de enamorados con intercambio mutuo. Los gags (llamémoslos de alguna manera) son cerebrales, preparados, escasos y toscamente realizados: el viejo recluta calentando el agua en el casco de soldado, montando la ametralladora, etc.; sólo las parrafadas y chistes verbales, adobados con mucha sal gorda, son los que arrancan alguna carcajada al público. Todo, desde la presentación --con esos dibujos de soldados que nos recuerdan los recortables de 50 céntimos--, el desarrollo de la película, acción, personajes..., nos dan un Steno falto de ingenio y talento para que hiciera divertida la historia de Un militar y medio.

Lo mejor de entre lo malo es Renato Rascel, que nos convence con su interpretación de lo que representa para su personaje hacer el servicio militar en la edad madura; sus palabras finales al brigada, “nos pondremos el cinturón como queramos y llevaremos los botones abrochados o sin abrochar”, resumen su postura ante la deseada licencia. Aldo Fabrizi, rebosante de buena salud, repite una y otra vez los mismos gestos y semejante manoteo.

A propósito, ¿qué criterios de distribución obligan a estrenar en Madrid un año después que en provincias y cinco años después de su rodaje?  Sin duda, para cines de “reestreno preferente”.

(Este comentario crítico se publicó en la revista Film Ideal  --Madrid-- el 15 de febrero de 1965.


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Un militar y medio - by , Jan 13, 2013
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