Rafael Utrera Macías

“Cita de ensueños (Figuras del Cinema)”, de Benjamín Jarnés, que ahora presentamos, ha sido publicada por “Prensas de la Universidad. Zaragoza” en su colección “Larumbe. Textos aragoneses”. La edición es de José María Conget (Zaragoza, 1948), quien ofrece una documentadísima como personal y extensa introducción que se enriquece con abundantes notas a pie de página, en general, de contenidos cinematográficos.

Nuestros lectores conocen las opiniones del “escritor cinéfilo” José María Conget por la entrevista que publicamos en Criticalia (23/06/2013) donde lo presentamos en su doble condición vinculada a la creación literaria y a la pasión cinéfila unidas a las facetas de profesor, en diversos centros españoles y extranjeros, y a la de gestor cultural, ejercidas en centros diversos del Instituto Cervantes. Su larga carrera literaria comenzó en 1981 con la novela “Quadrupedumque”, a la que siguió una larga lista de obras donde destacan “Todas las mujeres”, “Palabras de familia” y “La bella cubana”; sus cuentos se reúnen bajo títulos como “Bar de anarquistas”, “La ciudad desplazada”, “Confesión general” o “La mujer que vigila los Veermer”; precisamente, en este aparece el relato titulado “Mi vida en los cines”. En la propia editorial y colección, “Larumbe”, donde ahora se edita esta “Cita de ensueños”, se publicó su “Trilogía de Zabala”, en edición de Ignacio Martínez de Pisón. Este listado de títulos, como ya dijimos, están ligados por variaciones temáticas con fondo común y por personalísimas técnicas narrativas, controladas, al tiempo, por exigente lenguaje literario; todo ello emanado de un vasto poso cultural que no distingue entre clásicos o modernos, entre la bella arte tradicional o el séptimo o el noveno arte, ya cine, ya cómic.

De la misma manera, un libro, fuera de las colecciones anteriores y con características bien diferentes, fue “Viento de cine. El cine en la poesía española de expresión castellana (1900-1999)”, en el que, en riguroso orden cronológico, se ofrecían las muestras poético-cinematográficas de un siglo entero, desde los inicios del espectáculo hasta los finales del XX. Dimos cuenta del mismo en nuestro artículo de Criticalia El viento de cine sopla otra vez en la poesía (28/11/2015), donde, en función del carácter del volumen, nombrábamos a nuestro autor “seleccionador nacional de los poetas del cinematógrafo”.

Con antecedentes como los señalados, a nadie puede extrañar que la zaragozana colección “Larumbe”, editora, como se ha dicho, de textos aragoneses, haya encargado a Conget (tal como hemos anticipado, “escritor y cinéfilo”), la versión contemporánea de “Cita de ensueños”, de Jarnés, un aragonés al que también se le podrían asignar los mismos adjetivos aplicados a su paisano, uno, por razón literaria, y, otro, por cuestión estrictamente cinematográfica.


Figuras del cinema

La presente edición mantiene el diseño de cubierta de la colección, debida a José Luis Cano; la portada se ilustra con el rostro de Jarnés en tratamiento multicolor; más arriba, los créditos de autor y título, seguido de “Figuras del cinema”, subtítulo que, respecto a ediciones anteriores, aparece en este lugar por primera vez; más allá de la precisión semántica aportada al lector, parece remitir al proyecto que, bajo la dirección de Luis Gómez Mesa y Juan Piqueras, llevaría tal denominación, seguido de “Revista quincenal de interpretación crítica y literaria”; temas, autores y colaboradores aparecen en el anuncio publicado en el número 169 de “Popular Film” (1929); cada ejemplar, conformado por cien páginas de texto y fotografías, se vendería al precio de 1 peseta. “De inmediata publicación” se ofrecerían los dedicados a Clara Bow, Iván Mosjoukine, Dolores del Río, Adolfo (sic) Menjou, Norma Shearer, Harry Langdon, Greta Garbo, etc., junto a directores como Chaplin, Keaton, Gance. La nómina de colaboradores literarios incluía a Arconada y Jarnés, Gómez Mesa y Pérez Ferrero, Piqueras y Alberti, Bergamín y Ayala, Gómez de la Serna y Giménez Caballero, Fernández Cuenca y Mateo Santos, etc.; entre los colaboradores artísticos destacaban Maruja Mallo y Enrique Climent, junto a Puyol, Garrau y Almada. El proyecto no llegó a materializarse; a día de hoy desconocemos sus causas, pero, parece evidente que, con semejantes firmas, tan importantes en el ámbito literario como cinematográfico, no hubiera sido una revista más. ¿Cuántos de estos textos, completos o seleccionados, pasaron a editarse en otras editoriales o a no editarse en ninguna? El libro de Arconada “Vida de Greta Garbo” (1929) y “Tres cómicos del cine” (Charlot, Clara Bow, Harold Lloyd) (1931) serían publicados por Ediciones Ulises. ¿Algunos de los significativos pasajes de “Cita de ensueños” serían materiales para el proyecto de revista “Figuras del cinema”? El subtítulo elegido por Jarnés para denominar su obra y ampliar su significación no parece una casualidad. Dicho esto, nos parece un acierto la incorporación del mismo en la portada de la edición que comentamos.


Una documentada y personal introducción

Conget titula su documentada introducción “Benjamín Jarnés y el Cine” y la divide en cuatro apartados: Un regalo espléndido, El cine en sus ficciones, El cine en sus ensayos y Cita de ensueños. En el primer bloque, diremos que nuestro editor recibe, a porta gayola, a aquellos escritores, extranjeros o nacionales (inclúyase tanto a Huxley como a Unamuno), que, todavía en 1929, en los inicios del sonoro, largaban vulgares exabruptos contra un cinema considerado sólo bajo su humilde condición de espectáculo ya que, adjetivarlo de artístico, rozaba los límites de lo blasfemo. Frente a ellos, otros escritores habían elegido el cine como “expresión de lo moderno” y a él dedicaban poemas y ensayos, precisas biografías o textos novelados. El título que Conget elige para abrir su capítulo es “Un regalo espléndido”, denominación sacada de la entrevista que, en “Popular film”, firmaba Luis Gómez Mesa tras su cinematográfica conversación con Benjamín Jarnés. El editor recoge la respuesta más precisa por lo que el lector ya comprende que el autor aragonés no estaba, precisamente, en las filas de los “cinematófobos” sino, por el contrario, en las de los “cinematófilos”, según personal clasificación barojiana.

A este respecto, digamos que la entrevista pertenece a la serie denominada “La generación del cine y los deportes”, como antes hemos señalado; que, en el titular, el “Don” precede al nombre del escritor, asignación que el periodista hace no tanto por razones sociales sino por prestigio literario; que los prolegómenos de la charla, celebrada en uno de los despachos de la orteguiana “Revista de Occidente”, se ven interrumpidos por las sucesivas entradas de Antonio Espina, Corpus Barga y Blas Cabrera. Dos curiosidades más de la singular entrevista: la publicidad de las “Sales litínicas Dalmau”, con sus recomendaciones médicas sesgando las respuestas, y la advertencia al lector, con deliberada mayúscula, que indica: “Este número ha sido visado por la censura”. La dictadura de Primo de Rivera acaso se ilustraba con su lectura, aunque sin olvidar que Mateo Santos, el director, pronto militaría en la CNT-FAI.     


El cine en las ficciones de Jarnés

Volviendo a la introducción de la obra y al apartado “El cine en las ficciones de Jarnés”, Conget establece pertinentes comparaciones entre los diversos miembros de los escritores “cinematófilos”; unos eran hijos de la burguesía, más o menos liberal y no estaban exentos de cierto aire de “señoritismo” (editor dixit), habían vivido en la Residencia de Estudiantes y estudiado en la Universidad; otros, caso de Jarnés, en virtud de su origen humilde y de su situación familiar, habían pasado de la institución eclesiástica (seminarios) a la militar (ejército), lo que, a priori, no propiciaba una  aventura literaria tan bien situada como la “Revista de Occidente” o “La Gaceta Literaria”. Sin embargo, ni aquella ascendencia social ni aquella formación académica impidieron al aragonés situarse en la modernidad, en aquella que tomaba el cine como “asunto digno de las musas” y lo garantizaba con su firma en las publicaciones antes mencionadas. Conget establece pertinente comparación cuando explica este asunto y sitúa a su autor fuera de quien no pertenecía, por procedencia, “a uno de los nuestros”, aunque Jarnés “no representara nunca el papel de cazurro con talento que le correspondió a Miguel Hernández”.


El cine en la novelística jarnesiana

El editor se pregunta cuándo comienza el interés de nuestro autor por el cine; más allá de algunas hipótesis o elucubraciones, es evidente que, en su primera novela, “El convidado de papel”, ya aparecen indicios aplicados al personaje que, posiblemente, tengan un origen personal, de manera que “la pantalla tuvo que adquirir para el niño prisionero de su futuro clerical el carácter emblemático del deseo y la fantasía”; todavía más, la fabulación en torno a ciertas imágenes, “se equiparan a una película”; y el personaje denominará “film” a lo que otros, simplemente, llaman “composición de lugar”.

Antes de localizar en otras novelas jarnesianas la nomenclatura cinematográfica, sus usos o aplicaciones, José María Conget echa un vistazo a esas elucubraciones que los estudiosos y teorizantes de las relaciones entre cine y literatura (y viceversa) han establecido en torno a la cuestión, aunque, entre ellas, priorice, obviamente, las que han prestado primordial atención a las manejadas por Jarnés en su novelística, caso de Víctor Fuentes y de Robert P. Hershberger; el primero, ejemplificando sobre “Locura y muerte de Nadie” y el segundo sobre “El profesor inútil”; tales ejemplificaciones no convencen a nuestro editor que, ante el primer caso, no comprende “por qué se habla de cámara para explicar una simple cuestión de punto de vista” y, en el segundo, lamenta “no estar de acuerdo” cuando el investigador justifica el estilo “puramente visual… apoyado en técnicas cinematográficas”. Aún más, cuando es el propio Jarnés quien titula “Película” uno de los cuentos de “Salón de estío” cuyos capítulos/secuencias se leen como el relato de cuanto se proyecta en una pantalla, su comentarista lo estima más como “gongorismos de moda” que obligado manejo de técnicas cinematográficas. Y por ello, Conget considera como “irrelevante” el que la prosa de su paisano aragonés reproduzca los procedimientos del nuevo arte, si bien, parece evidente que el cine, en su condición de “espectáculo de masas y fenómeno social”, representa un valor en sus narraciones. El capítulo “Las dos muchedumbres” de “Locura y muerte de Nadie” es buen ejemplo para “tejer un entramado reflexivo sobre el conflicto de identidad de Nadie/Juan Sánchez y el propio fenómeno fílmico”, de manera que el novelista plantea, en la proyección del informativo y en su correspondiente recepción, nada más y nada menos que, escribe Conget, “la insoportable levedad del ser contemporáneo que sólo ratifica su existencia si puede verse a sí mismo como espectáculo”. Por ello, no es contradicción afirmar que el cine concede una cierta inmortalidad al individuo, aunque, al tiempo, ampare la banalidad de las masas.       
 

Charlot en Zalamea

Otros diversos ejemplos de la narrativa jarnesiana quedan tan precisados como analizados por Conget en su orientadora introducción. Así, en “Paula y Paulita”, donde sala cinematográfica y palco de la misma es lugar para escarceos de la pareja, al tiempo que se establece un contraste entre las rancias imágenes de la pantalla y “la rijosidad a la que sirven de coartada”. Del mismo modo, en “Viviana y Merlín”, son las aventuras quijotescas las proyectadas en la pantalla y ante la ira de los espectadores, ofendidos por las ofensas a la caballería, el mago rescata al hada. Y en “Escenas junto a la muerte”, más allá de señalar en los paisajes urbanos la presencia de salas cinematográficas, incorpora uno de los más elocuentes homenajes a la figura del hongo y el junquillo interpretada por Chaplin; en efecto, “Charlot en Zalamea” es la película que Isabel, acompañada del opositor quiere ver. El film presenta al personaje del vagabundo al frente de cierta compañía de titiriteros que actúan en la población extremeña. Jarnés pone en entredicho el tema del honor según lo defendió Calderón en su obra por cuanto la hija del alcalde (también de nombre Isabel) declara que se entregó, tan gozosa como enamorada, a don Álvaro. Charlot aporta humanos posicionamientos personales y evidentes novedades sociales a la temática del femenino honor perdido; no es paradoja que represente “el sentido profundo de lo cómico en el hombre”.


El cine en los ensayos de Jarnés

Los intereses y preocupaciones de Jarnés por el cinema no quedaban limitados a incluirlos en su narrativa; por ello, Conget, en su detallada introducción, dedica unas páginas a precisar en qué otras parcelas de la literatura jarnesiana pueden encontrarse citas, personajes, reflexiones, etc., referidos al mundo de la pantalla. Los ensayos son un excelente apartado donde la reflexión sobre el nuevo arte queda habitualmente emparentada con las demás y, muy especialmente, con la literatura; por ello, no es infrecuente encontrar variaciones sobre específicos personajes que, convergente o divergentemente, se emparentan con otros pertenecientes a la literatura, a la música, a la filosofía, etc. El autor de la introducción selecciona algunos pasajes que evidencian estos paralelismos o, por el contario, sus desviaciones; v.g.: en “Rúbricas” se emparentan la pintura, la fotografía y el cinema para hacer ver que, con éste, “han crecido las posibilidades de creación” y, todavía, puede añadirse que, por si fuera poco, “está cambiando nuestros hábitos sensoriales”, según escribe el editor, para lo cual incorpora a su texto una sustanciosa cita del ensayista aragonés a la que, por sus elementos, califica de “vehementes palabras”. Del mismo modo, los nombres de Bécquer y Chaplin se alinean para evidenciar la expresión del “amor desdeñado”, como en otro momento, serán Proust y Charlot quienes compartan sensaciones de índole parecida. Y, para colmo de semejanzas, donde Conget aprecia que la relación está cogida “por los pelos”, la fémina de los admirados dibujos animados, Betty Boop, la relaciona nuestro escritor con el filósofo Spinoza; y, aún más, sin salir del mismo ámbito de la animación, el ratón Mickey ofrece más “sustancia poética” que ciertas “estrofas de Rubén Darío”.


Algunas precisiones del editor al autor y a la obra

El último apartado de la introducción, la dedica José María Conget a diversas cuestiones, fundamentalmente históricas, que permitirán al lector una mejor comprensión del texto cinematográfico del escritor aragonés. Así, explica la conformación del “Grupo de Escritores Cinematográficos Independientes” como los postulados por ellos defendidos; del mismo modo, las diversas actividades desarrolladas, entre ellas las proyecciones de su cine-club en el madrileño Cine Tívoli donde se pudieron ver obras de Murnau, Von Sternberg, Ford y otros. Las referencias a las publicaciones del grupo son puestas en claro por el editor dado que, en las menciones al asunto, ha habido enorme confusión entre las obras ciertamente publicadas y las que, anunciadas, nunca lo fueron. Y todavía queda espacio para precisar el destino de los distintos miembros fundadores del grupo en los que Villegas López y Jarnés Millán vivieron el exilio, uno en Argentina y otro en México, aunque ambos pudieron volver y morir en su país de origen.

De otra parte, no olvida el editor pertinentes menciones a la segunda edición de “Cita de ensueños”, con prólogo de Carlos Gortari, como tampoco a puntualizar cuestiones que allí se afirman en función del tiempo y el momento en que fueron escritas, bien ejemplificadas bibliográficamente en ciertos artículos de prensa y en revistas literarias donde se inició la revalorización de un Jarnés demasiado olvidado para las generaciones posteriores a él.

La estructura del volumen y la organización de los contenidos son debidamente precisados por Conget a su lector, si bien no se olvida de mencionar ciertas posibles incoherencias del original; por citar algún ejemplo: los capítulos dedicados a las actrices (con su nombre castellanizado) no tienen referencia a los cineastas que las dirigieron, aunque, volviendo la oración por pasiva, el editor se pregunta quién reconoce hoy a artesanos de segunda clase que los estudios norteamericanos tenían contratados para todo tipo de trabajos. En otros apartados y capítulos están bien presentes los directores considerados autores y a ellos dedica Jarnés limpias frases y elocuentes metáforas, ya sea para Dreyer o Pabst, para Disney o Chaplin.  


Notas, culturales y cinéfilas, de esta edición

Conget indica, respecto a las abundantísimas y aclaratorias notas colocadas a pie de página, que se ofrecen las consideradas oportunas por su carácter cinematográfico, literario, cultural. En efecto, la cinefilia del editor se hace patente en las referencias a, películas, directores y actores o actrices, etc., del mismo modo que así se ofrecía en su ya mencionado “Viento de cine”. La cantidad de títulos citados por Jarnés (algunos, a día de hoy, de difícil localización) son identificados por Conget y precisados en sus características temáticas, industriales, artísticas, etc. Del mismo modo, nombres de cineastas (actrices, directores, técnicos, etc.) se explican en sus precisos detalles biofilmográficos.

En resumen, esta cita de figuras cinematográficas, reunidas para ofrecernos sus ensueños particulares, es la edición más rigurosa, por sus complementos cinematográficos y literarios, de las publicadas hasta el momento.

P.S. El articulista agradece al editor la dedicatoria, así como las referencias bibliográficas personales.


Ilustración: Portada de “Cita de ensueños” en la colección “Larumbe. Textos aragoneses”.