Enrique Colmena

Si en el segundo capítulo de esta serie de artículos nos referíamos monográficamente a la forma en la que el cine vasco de la democracia había presentado en la pantalla el fenómeno del terrorismo etarra, en esta nueva entrega del serial nos referiremos a otros aspectos de ese llamado “conflicto vasco”, también íntimamente relacionado, de una u otra manera, con la violencia.


La represión franquista

Tras los dos primeros asesinatos en 1968 de miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado a manos de ETA, el primero el guardia civil José Antonio Pardines, en una acción impremeditada, consecuencia de un control de carreteras, y el segundo el inspector de Policía Melitón Manzanas, este sí de forma calculada y planificada, el régimen franquista respondió, como cabía esperar, con una dura represión: primero estableció el estado de excepción en la provincia de Guipúzcoa, para ampliarlo después a las otras dos provincias vascongadas, Álava y Vizcaya, y finalmente a todo el territorio nacional. Como consecuencia de ese recorte de las entonces muy menguadas libertades públicas, el gobierno de Franco apresó a 16 militantes de ETA y los sometió a juicio sumarísimo en el conocido como Proceso de Burgos, en el que fueron dictadas 6 condenas de muerte que, finalmente, por la presión internacional, fueron conmutadas. El juicio, montado por los prebostes franquistas como una forma de infligir un castigo ejemplar contra los que osaran luchar contra su régimen, finalmente se volvió en su contra, al internacionalizarse un conflicto que, hasta entonces, había sido un asunto doméstico menor. La lucha entre el gobierno franquista y ETA continuaría durante el primer lustro de los años setenta, con eventos de gran importancia en la vida política como fue el magnicidio del presidente Carrero Blanco en Madrid el 20 de diciembre de 1973, pero también la condena a muerte en 1975 de diez militantes tanto de ETA como del FRAP, de los que finalmente fusilaron a cinco, dos etarras y tres de la otra organización terrorista, todo ello a pesar de la presión internacional, incluso con petición expresa de conmutación de pena por parte del entonces Papa Pablo VI.

El toque de queda decretado por el gobierno de Franco en 1968 a raíz del asesinato de Pardinas y Manzanas será el objeto del mediometraje de Iñaki Núñez titulado precisamente Toque de queda (1978), con Xabier Elorriaga y Mario Pardo, entre otros intérpretes, sobre los apresados etarras en aquel período histórico. Por su parte, Imanol Uribe rueda El proceso de Burgos (1979), documental en el que se da la palabra a varios de los encausados en aquel juicio sumarísimo, mostrando cómo lo que pretendía ser una acción ejemplarizante por parte del régimen franquista se les volvió en contra por la gran repercusión internacional que tuvo el proceso.

La represión franquista anterior al nacimiento de ETA será el tema de Los años oscuros (1992), esforzado film de Arantxa Lezcano sobre una adolescente y el doble mundo en el que se mueve, por un lado el de formar parte de una familia “abertzale”, atemorizada por las acciones de la dictadura de Franco, y por otro su vida en la calle, en la que se siente libre y segura, con sus iguales.

El Lobo (2004), con dirección del  cineasta franco-español Miguel Courtois, lleva a la pantalla la historia del espía español Mikel Lejarza, que se escondía bajo ese alias, y cuya infiltración en ETA propicio la caída de un buen número de terroristas, entre ellos varios de los que fueron juzgados y condenados a muerte en 1975. La historia de este “topo” era ciertamente intrigante, un vasco que abrazó (por la muy prosaica causa del dinero) la causa españolista y consiguió descabezar la organización a mediados de los años setenta, hasta el punto de que ETA, descubierto el engaño, puso precio a su cabeza y Lejarza tuvo que cambiar de identidad, de país y hasta de cara. Courtois, cambiando nombres y situaciones, lo retrató en este film que no fue precisamente brillante pero, al menos, puso en imágenes una de las historias más sugestivas del contraespionaje español, aunque seguramente también la desaprovechó.

Por su parte, los mentados fusilamientos de 1975 (en los estertores de la vida de Franco, que poco después caería enfermo para morir el 20 de noviembre) aparecen en el documental de Iñaki Arregi El viento y las raíces (2007), que afronta esas ejecuciones centrándose en la figura de uno de los ajusticiados, Juan Paredes, alias “Txiki”, sirviéndose de testigos de primera mano de los hechos, desde familiares a abogados y antiguos compañeros del ejecutado.

Retrocediendo atrás en el tiempo, el mediometraje documental Prohibido recordar (2010), dirigido por Josu Martínez y Txaber Larreategi, pone en imágenes una historia poco conocida de la represión franquista, la existencia durante seis años, de 1938 a 1944, de una prisión para mujeres por causas políticas en la llamada cárcel de Saturrarán, en la población guipuzcoana de Motrico. El documental da voz a algunas de las supervivientes de aquella época, ya ancianas, que desgranan las condiciones infrahumanas de aquel penal de los horrores que las degradó y las vejó, solo por sus ideas, incluso solo por su parentesco o afinidad con quienes pensaban distinto.


El antiterrorismo ilegal del Estado

El segundo lustro de la década de los setenta fue un continuo calvario de atentados terroristas. ETA era plenamente consciente de que España se encontraba en uno de sus momentos históricos más complejos y delicados, con la sociedad mayoritariamente a favor de un cambio político hacia la democracia tras la muerte de Franco, con las fuerzas franquistas oponiéndose con todas sus fuerzas a ese cambio, y con las fuerzas democráticas intentando reconducir la situación para que se pudiera hacer la Transición (palabra con la que ha quedado ese período en la Historia) pacíficamente hacia un país políticamente homologable con los de su entorno. En ese contexto, ETA hace suyo el muy español refrán de “a río revuelto, ganancia de pescadores”, y extrema sus acciones, en una orgía de asesinatos, secuestros, extorsiones, chantajes, con la nada secreta intención de que el estado español, harto de tanta violencia, les concediera la independencia.

La promulgación de la Constitución de 1978, plenamente democrática y lograda gracias a un gran pacto social entre partidos de muy distinta ideología y con el refrendo mayoritario de la sociedad española, tampoco será obstáculo para que ETA, que inicialmente buscaba esa democracia, siguiera por el mismo camino e incluso lo acentuara a partir de los años ochenta. Cuando en 1982 llega al poder, aupado por una abrumadora mayoría del voto popular, el PSOE de Felipe González, el cerco de ETA con continuos asesinatos y acciones violentas sigue incólume e incluso va a más. Ante ello, el gobierno socialista cae en la tentación de la guerra sucia y encarga la creación de unos ficticios Grupos Antiterroristas de Liberación (en anagrama GAL), auspiciados desde los despachos del Ministerio del Interior, para hacer frente a la amenaza terrorista. Como suele ocurrir en estos casos, aquello, más que una maniobra "a lo James Bond", lo fue "a lo José Luis Torrente", con dos policías, Amedo y Domínguez, encargados de tan vidrioso tema, que metieron la pata a modo; de hecho, su primera acción fue secuestrar a Segundo Marey, que era... un viejo jubilado sin relación alguna con ETA, ni siquiera con el mundo “abertzale”. Ese terrorismo de Estado, que finalmente sería juzgado y condenado en todos sus niveles de mando (menos el famoso “señor X”, que nunca se supo “oficialmente” quien era...), presentaría también otras formas, como el secuestro, tortura y asesinato de los etarras Lasa y Zabala, perpetrado por guardias civiles del cuartel de Intxaurrondo, a las órdenes del general Galindo y con conocimiento y venia de la cúpula de Interior. Ambos fueron ejecutados, enterrados en cal viva, descubiertos sus cuerpos posteriormente y sus asesinos e inductores juzgados y condenados.

Ese ilegal antiterrorismo del Estado se verá reflejado en el cine vasco en un puñado de películas. El mismo equipo que hizo El Lobo, a la vista de su buena acogida comercial (más de millón y medio de espectadores), afrontó el rodaje de GAL (2006), que llevaba a la gran pantalla la génesis del clandestino antiterrorismo de Estado perpetrado a través de ese ficticio grupo realmente constituido por personas del Ministerio de Interior, con la connivencia, cuando no la inducción, de autoridades superiores. Las fechorías de Amedo y Domínguez, con distintos nombres, aparecerán en esta intriga político-criminal no precisamente afortunada; no solo su repercusión comercial fue escasa (poco más de 300.000 espectadores), sino que incluso recibió varios premios Godoy y YoGa, los anti-premios con los que el cine español “galardona” con rechifla a los peores productos nacionales del año.

El secuestro en Francia, y la tortura, el asesinato y posterior enterramiento en cal viva, ya en España, de los etarras Laza y Zabala, serían llevados al cine por Pablo Malo en el film titulado precisamente Laza y Zabala (2014), en este caso respetando los nombres originales de los protagonistas de la historia, como el general Galindo, que tendría los rasgos del actor Francesc Orella, estando protagonizada la película por Unax Ugalde como el abogado Iñigo Iruin, histórico defensor de etarras en la época más dura del terrorismo.

Recientemente el cine vasco ha llevado a la pantalla otra historia verídica, la desaparición de Mikel Zabalza en 1985 tras ser detenido por la Policía; conductor de autobús municipal, perteneciente al entorno nacionalista pero sin conexión con ETA, este hombre, apresado junto a otros que denunciaron haber sido objeto de torturas, no fue puesto en libertad con sus compañeros; ante esa extraña desaparición, la versión oficial fue que se había escapado de un furgón policial y se había lanzado al Bidasoa, río que se peinó hasta encontrarlo ahogado. Esa oscura y ominosa historia de terrorismo de Estado ha sido llevada a la gran pantalla recientemente en el largometraje documental ¿Dónde está Mikel? (2021), con dirección en comandita de Miguel Ángel Llamas y Amaia Merino, con material periodístico audiovisual de la época y entrevistas con algunos de los que fueron apresados y torturados junto a Zabalza.


El exilio, el regreso

El llamado “conflicto vasco” ha provocado varias riadas de exiliados de muy diverso signo: tras la Guerra Civil existió una primera oleada de emigración por motivos políticos, primero a Francia, donde se considera que emigraron alrededor de 50.000 vascos, y después, en una segunda oleada, a América, especialmente en algunos países como Venezuela, México y Argentina, pero también otros, como Estados Unidos. Es difícil cuantificar la cifra de esta segunda cifra, aunque las más fiables apuntan hacia las 120.000 personas con esos destinos, personas que tuvieron que dejar su tierra y afincarse en otras por mor de la persecución del régimen franquista. Años más tarde, con la llegada de la democracia, habrá otro éxodo, también por razones políticas, en este caso por la insoportable coacción a la que el llamado “conglomerado ETA” (la banda terrorista más sus sucesivos brazos políticos –Herri Batasuna, Batasuna a secas, Bildu, Sortu, etcétera--, más las organizaciones juveniles –JAIKA, HARRAI, SEGI--) sometió a los sectores no nacionalistas vascos: por supuesto a políticos, periodistas y empresarios, pero también a gente corriente, trabajadores que buscaron otros horizontes menos duros para vivir con sus propias ideas. En esta nueva diáspora se calcula, “grosso modo”, que durante las dos décadas más duras (1980-2000) de la presión mafiosa del conglomerado ETA abandonaron Euskadi en torno a 200.000 personas.

El cine vasco también se ha encargado de poner en imágenes este fenómeno, el del exilio por razones políticas, pero también, en su caso, el ulterior regreso a Euskadi, con los problemas aparejados por el tiempo transcurrido fuera, por el cambio en las circunstancias del País Vasco, por la propia evolución de los mismos exiliados, que ya no serían los mismos que se fueron.

La primera película que tocará el tema dentro del cine vasco será Golfo de Vizcaya (1985), dirigida por el bilbaíno Javier Rebollo, la historia de un maduro periodista vasco (Mikel Albisu), exiliado en Francia durante 15 años, con un oscuro pasado, y su regreso a Euskadi donde se enamora de una mujer mucho más joven (Silvia Munt): su turbio pasado, la diferencia de edad entre los amantes, el asfixiante ambiente político-social del País Vasco de los ochenta, conspirarán en contra de la relación, en un film en clave política y romántica que no concitó, ciertamente, mucho interés. Tampoco lo consiguió El amor de ahora (1987), film del también vizcaíno Ernesto del Río, la historia de una pareja exiliada en Francia por mor de su militancia en ETA, que decide terminar con todo y volver a Euskadi para rehacer sus vidas, para darse cuenta de que no basta con una decisión para acabar con el pasado.

El histórico Antonio Eceiza (para la ocasión firmando con su nombre adaptado al euskara, Antxon Ezeiza), autor de uno de los films más sugestivos del llamado Nuevo Cine Español, De cuerpo presente (1967), rueda con Días de humo (1989) su particular aportación al tema del exilio y del regreso al País Vasco, la historia de un emigrado a México (un Pedro Armendáriz Jr. muy apropiado para el papel, dados sus ancestros euskaldunes) que regresa tras 20 años en el país azteca, para encontrarse una tierra que poco o nada tiene que ver con la que él conoció en la época del franquismo. Eceiza retrata un microcosmos familiar que intenta representar el universo vasco del momento, con los integrados (PSOE), los nacionalistas en el gobierno (PNV), los “abertzales” que buscan la confrontación y una utópica independencia de una república socialista, todo ello en un film que buscaba un difícil equilibrio entre posturas diametralmente opuestas.

No siempre la emigración en Euskadi ha tenido que ver con causas políticas, aunque al final el tema generalmente aparezca... Es el caso de El mar es azul (1989), film de Juan Ortuoste rodado entre Praga y Bilbao, con pianista vasco afincado en la capital de la República Checa (entonces aún Checoslovaquia) y su regreso a Euskadi por motivos profesionales, lo que dará lugar a extraños comportamientos que su mujer tendrá que investigar. Con Féodor Atkine como (improbable) violinista euskaldún, la película tuvo la rara virtud de lograr la unanimidad negativa en la valoración de público y crítica.

Eskorpion (1989), de Ernesto Tellería, aporta una visión distinta sobre el rema del regreso tras el exilio, el del desconocimiento de las causas que mueven a un lugareño a volver a su tierra tras un larguísimo período de estancia fuera, desconocimiento que será el caldo de cultivo de rumores diversos, con frecuencia disparatados, en una espiral que irá gestando un estallido de violencia, buscando paralelismos con la asfixiante atmósfera social vasca de la época.

Ya en el siglo XXI, el tema del exilio y del regreso será también recurrente, apareciendo en varios films vascos recientes. Así, La casa de mi padre (2009), con dirección de Gorka Merchán, presenta el caso de un empresario vasco (Carmelo Gómez, un leonés que ha interpretado con frecuencia personajes euskaldunes), exiliado en Argentina por la presión de ETA, que vuelve a su tierra para despedirse de su enemistado hermano, un “abertzale” que, sin embargo, le pedirá que reencauce a su hijo, perdido en el laberinto de la “kale borroka”. Vemos aquí ya, entonces, cómo el propio mundo nacionalista que había apostado por la violencia va plegando velas, apercibiéndose del viaje a ninguna parte por el que, tozudamente, habían transitado.

Un exilio distinto es el de los deportados por las autoridades españolas o francesas por su pertenencia a ETA, en la época en la que Francia se resistía a entregar a los detenidos etarras a la justicia española (hablamos de los años ochenta y noventa). Llegados a ese punto, y como forma transaccional de evitar que pudieran seguir conspirando contra intereses personales y económicos españoles, se llegó al acuerdo entre Francia y España de deportarlos (con la aquiescencia del país elegido como destino, claro está) a territorios generalmente de ultramar, bien en América, bien en África. Sobre ese asunto, Josu Martínez y Txaber Larreategi ruedan Sagarren denbora (2010), literalmente “Tiempo de manzanas”, un documental sobre una pareja de etarras deportados durante años en la isla africana de Santo Tomé, en un film transido de melancolía por la tierra perdida, por ese “tiempo de manzanas” del título original. Esa misma pareja es retomada por los mismos directores años más tarde en Caminho longe (2020), presentándolos en su regreso a España desde la isla africana donde vivieron 35 años.

Otra perspectiva ofrece El hijo del acordeonista (2018), sobre texto de Bernardo Atxaga, un largo dirigido por Fernando Bernúes sobre el exilio en Estados Unidos de un joven tras un acto considerado por los suyos como traición, y cómo ese personaje, décadas después, habrá de ajustar humanas cuentas con su ser más querido de la infancia, en lo que se puede considerar sin mucha posibilidad de error como una apuesta por la reconciliación entre vascos de ideologías y visiones identitarias distintas.

Como puede apreciarse, en el tratamiento del exilio y el regreso hay características comunes: la forma en la que influyen ambos temas en sentimientos tales como el amor, la amistad, la añoranza de la tierra natal; también la frecuente (im)posibilidad de volver atrás, porque el tiempo no tiene palanca de cambios con marcha reversa; finalmente, la posibilidad (sin im-) del reencuentro, del mínimo común denominador para todos, en un terreno de juego en el que quepan todos los vascos, nacionalistas y no nacionalistas.

Ilustración: Eduardo Noriega como Mikel Lejarza en una imagen de El lobo (2004), de Miguel Courtois.

Próximo capítulo: El cine vasco de la democracia (IV). El llamado "conflicto vasco": (Todas) las víctimas