Enrique Colmena

Ha muerto el director checo Milos Forman, y lo ha hecho, curiosa, quizá simbólicamente, medio siglo después de que los hechos acontecidos en la Primavera de Praga, en 1968, y sobre todo, su violento abortamiento por las tropas del Pacto de Varsovia, comandadas por el Ejército Rojo, dieran pie a que el cineasta se exiliara de su país en Estados Unidos y se convirtiera en uno de los directores extranjeros más laureados de Hollywood, aunque su filmografía en los USA, relativamente corta (solo nueve largometrajes en treinta y cinco años), conociera una primera etapa de gran interés y una segunda en la que fue perdiendo fuelle.


Huérfano por culpa de los nazis

Milos Forman (Jan Tomas Forman era su nombre real) nació en la ciudad checoslovaca de Caslav en 1932. Quedó huérfano siendo niño, al morir sus padres en sendos campos de concentración nazis, lo que sin duda marcó al pequeño Milos. Estudió cine en la Escuela de Cine de Praga. Su primer largo de ficción será Pedro el negro (1964), pero será su posterior Los amores de una rubia (1965) el que le da a conocer en Occidente, al ser nominado al Oscar a la Mejor Película en Habla No inglesa. Se trata de una curiosa comedia, filmada en brillante blanco y negro por la cámara de su amigo Miroslav Ondrícek, que sería su director de fotografía durante la mayor parte de su carrera, etapa USA incluida; su tema, las relaciones sentimentales y sexuales en la Checoslovaquia de los años sesenta, presentaba ya una interesante mirada liberalizadora respecto de la encorsetada (por la férrea burocratización del régimen comunista) cinematografía checoslovaca. Su siguiente film, Al fuego, bomberos (1967), también en clave de comedia, en este caso con tintes más disparatados y más abiertamente antirrégimen, será asimismo candidata al mismo Oscar, aunque su repercusión en Occidente será inferior.


La Primavera de Praga, la esperanza abruptamente abortada

La llegada al poder en Checoslovaquia en enero de 1968 de Alexander Dubcek promueve una progresiva liberalización del régimen comunista; los políticos aperturistas buscaban lo que denominaban “un socialismo de rostro humano”, queriendo acabar con el terror impuesto por los aparatos estalinistas y post-estalinistas, abrir la sociedad al multipartidismo, instaurar la libertad de prensa y, en general, proceder a una  liberalización en toda regla del régimen, aun manteniendo, al menos en teoría, una moderada disciplina de corte socialista. Tolerada en una primera instancia por la todopoderosa URSS, esa Primavera de Praga contó desde el principio con el aliento y el apoyo de intelectuales como el dramaturgo Vaclav Havel, el novelista Milan Kundera y el propio Milos Forman.

En agosto de 1968, cuando Forman se encuentra en París preparando su siguiente film, a rodar en Estados Unidos, el Pacto de Varsovia, controlado por la URSS, invade Checoslovaquia y acaba de un plumazo con la Primavera de Praga. Forman, señalado como uno de los más fervientes seguidores en el plano cultural de este fenómeno, es aislado en Francia y se le cortan los contactos con su país, por lo que el cineasta se ve obligado a exiliarse en Estados Unidos.


Primera etapa USA: el desconocido que dio el campanazo

Cabe imaginar que los primeros tiempos de Milos Forman en Estados Unidos no fueron fáciles. Por fin, consigue montar su primer proyecto USA, Taking off (1971), al que en España los distribuidores de la época, a la sazón aún el tardofranquismo, rebautizaron con el gazmoño título de Juventud sin esperanza, una alocada comedia que, sin embargo, como todo el cine de Forman, será fuertemente crítica con su sociedad y con su momento histórico: para el caso, los convulsos tiempos de la rebeldía juvenil de finales de los años sesenta y principios de los setenta (Woodstock, movimiento hippie, manifestaciones anti-Vietnam), con unos padres torturados por la voluntaria desaparición de su hija, que sin embargo encontrarán en esta nueva situación insospechadas posibilidades. El film participó en el Festival de Cannes, donde conseguiría el Premio Especial del Jurado, y pone a Forman en el escaparate del cine USA, que buscaba entonces nuevas fórmulas más libres, menos rígidas. Es el tiempo de la eclosión del llamado Nuevo Cine Norteamericano, con figuras de la talla de Francis Ford Coppola, Steven Spielberg, Martin Scorsese y Brian de Palma, entre otros.

En ese contexto, el hijo de Kirk Douglas, Michael Douglas, por aquel entonces un actor de segundo orden, se inicia en las tareas de producción al comprar los derechos de la novela de Ken Kesey One flew over the cuckoo’s nest. Contrata a Milos Forman para dirigir su adaptación al cine, y la película Alguien voló sobre el nido del cuco (1975) se convierte en la sensación del momento. Narra la historia de un delincuente recluido en un hospital psiquiátrico, y cómo sus actos en aquel lugar convulsionan a los internos, en una metáfora sobre la rebeldía hacia el orden establecido que conecta muy bien con una sociedad, la yanqui, que acababa de salir del trauma de ver dimitir a su presidente, Richard Nixon, por mentir reiteradamente a sus conciudadanos. Las heterodoxias del personaje central, con la inolvidable caracterización de un Jack Nicholson con barra libre para gesticular, consiguen no solo hacer del film uno de los grandes éxitos de taquilla del año, sino también tener una gran recepción crítica y, además, conseguir cinco Oscar, entre ellos el de Mejor Película, Mejor Dirección (para Forman) y Mejor Actor Protagonista (para un Nicholson impagable).

Con este exitazo en cartera, pareciera que la carrera de Forman en los USA iba a ser prolífica. Sin embargo, el director checo siempre ha hecho el cine que quería, con el que podía decir cosas que le interesaban. De esta forma, tarda cuatro años en hacer su siguiente film, la versión al cine de Hair (1979), un musical inmerso en la temática y estética pop y hippie, un canto al amor y al pensamiento libres que, sin embargo, como dijo un crítico de la época, “nos pilla ya con el pelo corto”, hablando con ello de que aquel mítico musical que se estrenó en el off-Broadway en 1967, en su contexto histórico y social, doce años después no tenía mucho sentido. Así las cosas, el film es un pequeño fracaso tanto en público como en crítica.

Fiel a su divisa de hacer el cine que quiere y sobre los temas que quiere, Forman rueda Ragtime (1981), sobre la novela homónima de E.L. Doctorow, una historia antirracista con la que, era evidente, el espíritu rabiosamente democrático y rebelde de Milos se sentía especialmente concernido. Nominada a ocho Oscar, sin embargo no consiguió ninguno, en una de esas bofetadas sin mano tan del gusto de la Academia de Hollywood; con independencia de ello, Ragtime fue una de las grandes pelis formanianas, un canto a la dignidad del ser humano, cualquiera que sea su color de piel.

Pero Forman se resarcirá no tardando mucho: Amadeus (1984) será su siguiente film, la adaptación al cine de la obra teatral homónima de Peter Shaffer (sí, el mismo de Equus), una mirada iconoclasta sobre la figura del gran Mozart y su relación vidriosa con su colega Antonio Salieri, la pugna entre el talento innato del autor de El rapto del serrallo y el esforzado trabajo del músico italiano, que hubiera propiciado, como fantaseaba Shaffer (y con él, Forman) la posibilidad de que el envidioso compositor itálico ideara el paulatino envenenamiento de Wolfgang Amadeus mientras este escribía su inmortal Réquiem. La película, un pequeño prodigio de la adecuación de personajes reales y esenciales (en el caso de Mozart, claro, no el de Salieri, del que nadie se acordaba) a las intenciones artísticas de sus autores, consigue de nuevo interesar al público USA y, por extensión, al del resto del mundo, y el film logra, además de una excelente acogida comercial y crítica, nada menos que ocho Oscar, entre ellos los de Mejor Película y Mejor Dirección.

Forman está, entonces, en la cresta de la ola: dos de sus películas estadounidenses, en el plazo de nueve años, han conseguido los más importantes galardones del cine de Hollywood (vale decir del cine mundial), y no parecía haber límites para lo que podía hacer el checo. O sí...


Todo lo que sube, termina bajando...

Y es que Milos, a partir de su segundo Oscar, se piensa mucho su siguiente obra. Tanto, que cinco años después es tentado para dirigir un proyecto que llegaba tarde, una nueva adaptación al cine (la habían llevado, entre otros, Roger Vadim en 1959 en su Las relaciones peligrosas) del clásico de la novela romántica Les liaisons dangereuses, del escritor dieciochesco Choderlos de Laclos. Pero simultáneamente Hollywood había montado un proyecto similar, con Stephen Frears a los mandos, que se tituló en España Las amistades peligrosas (1988), y que le come el terreno al de Forman, titulado Valmont (1989). Tarde e inferior al Frears, que era excelente, el nuevo Forman se estrella en taquilla y tampoco recibe buenas críticas. Así, la industria de Hollywood empieza a dudar sobre la buena mano del checo (ya entonces ciudadano norteamericano), y su estrella empieza a languidecer.

Siete años transcurrirán entonces hasta su siguiente film como director. Será El escándalo de Larry Flint (1996), la historia del célebre pornógrafo del título, creador de la revista Hustler, que se convierte en una encendida defensa de la libertad de expresión; no es difícil ver que esa defensa fue lo que más interesó a un Forman que, desde sus tiempos en la Checoslovaquia comunista, abogó siempre por las libertades cívicas y los derechos civiles. Bastante subida de tono para la época (lógico, teniendo en cuenta el personaje biografiado), no interesó demasiado ni a público ni a crítica, y siguió ayudando al descenso en la consideración de la industria sobre el cineasta.

En esa época Jim Carrey era ya un popular actor de comedia que, sin embargo, deseaba dar el salto al drama, donde barruntaba que podría ser considerado para metas más elevadas como conseguir el Oscar. En esa tesitura, y tras haberlo buscado, sin éxito, con El show de Truman (1998), Carrey lo intentará otra vez involucrándose en el nuevo proyecto de Milos Forman, Man on the Moon (1999), la biografía del popular cómico y showman de los setenta y ochenta Andy Kaufman, famoso por sus performances televisivas en las que simulaba, con gran realismo, peleas e incluso altercados con otros participantes en los programas. Pero tampoco esta vez Milos consigue interesar, y ni Carrey consiguió su estatuilla (a pesar de un meritísimo trabajo) ni Forman volvió a reconciliarse con Hollywood. Era, sin embargo, un personaje que entroncaba bien con los aires liberalizadores, casi libertarios, del propio Forman, un tipo que hizo de su propia vida una existencia arbitraria, poniendo contra las cuerdas las buenas costumbres de su época histórica.

Así las cosas, la trayectoria del checo ya estaba vista para sentencia: setentón y con poca conexión con el público, Forman se tira siete años para conseguir poner en pie su último proyecto con producción USA, y lo hace curiosamente en España, que participa también en la producción. El film es Los fantasmas de Goya (2006), una endeble mirada sobre cierto momento en la vida del famoso pintor, con Stellan Skarsgard como el genio aragonés, y con papeles de relieve para actores españoles como Javier Bardem, antes de iniciar su aventura americana. Con un presupuesto altísimo para los que se manejan en el cine español, aunque no tanto para el yanqui (50 millones de dólares), el film se estrella, como cabía esperar, y no interesó a nadie.

La filmografía de Forman, tras su evidente ostracismo en Estados Unidos, se cerrará con una última película que rodará en su país natal, Dobre placená procházka (2009), que no conoció una distribución internacional digna de tal nombre.

Como decíamos al principio, no deja de ser curioso que Milos Forman haya muerto justo medio siglo después de aquellos hechos históricos, la Primavera de Praga, que supusieron una esperanza para cambiar los regímenes autoritarios de la órbita soviética, y que le impulsaron, velis nolis, a cambiar de país, de entorno vital, de costumbres, de amigos. Todo quedó atrás, salvo su incesante interés por la denuncia de la injusticia, por la búsqueda de la libertad, de las libertades para todos.

Ilustración: Tom Hulce, en una escena de Amadeus.