Enrique Colmena

La casualidad, esa veleta, ha querido que en este verano de 2014 coincidan en la cartelera dos películas que confirman la vuelta al mapa de la “normalidad” (lo que quiera que esto sea) de dos intérpretes que en su momento lo fueron todo pero que, por diversas circunstancias de carácter extraprofesional, se vieron abocados a permanecer en un purgatorio, un limbo en el que han estado encerrados durante bastantes años, y del que están saliendo recién.


Veamos: Winona Ryder ha estrenado, bien que como secundaria, El protector, que no se puede decir que sea Ordet, pero al menos sí es un blockbuster con todos sus avíos, con su estrellita de acción, Jason Statham, el nuevo epígono de gente que ya no da el papel de mamporrero (o sí: véase la saga de Los mercenarios, aunque ahí la clave autoparódica es importante). Statham parece llamado a sustituir a los vejestorios Stallone, Schwarzenegger, Seagal, Van Damme… toda la recua de ¿actores? que durante décadas han protagonizado innúmeras películas de acción en la que parecían cobrar a tanto el tortazo, con un plus por cada muerto.


Pues Winona, nacida en 1971 en Minnesota, lo fue todo en el cine USA, hasta que dejó de serlo, y nada en esa caída como de Luzbel tuvieron que ver sus interpretaciones. Ya llamó la atención poderosamente en Bitelchús (1988), el primer éxito del que después sería el enfant terrible del cine yanqui, Tim Burton, con el que repetiría después protagonismo en Eduardo Manostijeras (1990). Se puso también a las órdenes del entonces emergente Jim Jarmusch en Noche en la Tierra (1991), el cineasta indie por excelencia de los ochenta. Pero su mejor momento llegó poco después, cuando rodó para Francis Ford Coppola Drácula de Bram Stoker (1992), rococó versión del mito imaginado por el escritor irlandés, e inmediatamente después al filmar La edad de la inocencia (1993), a las órdenes del otro gran exquisito del cine yanqui de los últimos cuarenta años, Martin Scorsese.


Con posterioridad, aunque no llegó ya a esas cimas, sí mantuvo el tipo en proyectos de primera línea, como la nueva versión de Mujercitas (1994), la novela de Louise May Alcott cuya versión de los años cuarenta se convirtió en un clásico del cine romántico juvenil. A las órdenes de Nicholas Hytner mostró sus dotes dramáticas en El crisol (1996), adaptación al cine de la obra teatral de Arthur Miller sobre las brujas de Salem.


Para Jean-Pierre Jeunet hace entonces la cuarta parte, Alien Resurrección (1997), de la saga iniciada por Ridley Scott, en pie de igualdad con el icono de la serie, Sigourney Weaver, la mítica Ripley. En plena efervescencia la llama Woody Allen para su Celebrity (1998), y un año después será James Mangold quien le dé uno de sus papeles más complejos en Inocencia interrumpida (1999), aunque curiosamente la que se llevó el gato al agua (léase Oscar) fue Angelina Jolie. Con Richard Gere como partenaire hará entonces Otoño en Nueva York (2000), a las órdenes de la actriz y ocasional directora Joan Chen. Poseídos (2000) sería una errónea incursión en el cine de terror, a las órdenes del habitualmente director de fotografía polaco Janusz Kaminski.


A partir de ahí empieza la cuesta abajo de la actriz. En Diciembre de 2001 es detenida tras robar ropa en unos almacenes de Beverly Hills, extraño caso que se conceptuó como un trastorno de cleptomanía, la atracción por el hurto en personas que, como es el caso, no tienen necesidad alguna de ello. Aquel suceso pareció marcar un antes y un después en su vida profesional, pues aunque cumplió condena (con horas de trabajo para la comunidad), lo cierto es que a partir de entonces Hollywood pareció mirar de otra forma a aquella jovencita que tenía la extraña manía de sisar en las tiendas…


Se suceden a partir de entonces los telefilmes, las miniseries televisivas, las películas de serie B, por no decir Z, y todo ello distanciado en el tiempo, como si la actriz ya no contara con la confianza de la industria. Curiosamente será un filme de ciencia ficción (entroncando entonces con su anterior éxito en Alien Resurrección) el que la pondrá de nuevo en el escaparate: J.J. Abrams la recupera en el “reloaded” Star Trek (2009), aunque sea en un papel, el de madre de Spock, no precisamente muy lucido y también con una apariencia bastante distinta al de la jovenzuela al que estábamos acostumbrados.


A partir de ese momento parece como si Hollywood se reconciliara con Ryder y ya empiezan a encomendársele papeles en filmes de más fuste, como la represiva  madre de Natalie Portman en Cisne negro (2010), la polémica cinta de Darren Aronofsky. Después sería Tim Burton quién la reclamaría para poner una de las voces de su “remix” Frankenweenie (2012), y ahora es Gary Fleder el que la pone en el candelero, aunque en un personaje secundario, en un filme de acción, el mentado El protector (2013).


Pues una historia no muy diferente es la que ha acontecido con Rob Lowe, presente también este verano en las carteleras españolas con Sex tape: Algo pasa en la nube (2014), que curiosamente tiene tanto que ver con su caída en desgracia en el cine yanqui. Pero no adelantemos acontecimientos.


Lowe nació en 1964 en Charlottesville, Virginia, y su primer gran éxito lo obtuvo a la temprana edad de 19 años en Rebeldes (1983), a las órdenes de Francis Ford Coppola, en uno de los diversos renacimientos que el autor de La conversación ha tenido a lo largo de su vida profesional. Con ese filme se vio incluido en un grupo al que la Historia del Cine conoce como “brat pack”, “hatajo de mocosos”, con gente de muy diverso talento pero que entonces pareció el no va más: Ralph Macchio, Matt Dillon, C. Thomas Howell, Patrick Swayze, Tom Cruise, Emilio Estévez… De todos ellos el único que se puede decir que ha triunfado (al menos profesionalmente) de forma rotunda es Cruise, y otros han tenido diversos grados de acierto. Lowe parecía que podía estar entre los más favorecidos, dada su evidente apostura y aparente capacidad dramática. De hecho rodó para uno de los grandes cineastas del Free Cinema inglés, Tony Richardson, en El Hotel New Hampshire (1984), donde compartió cabecera de cartel con una grande del cine USA, Jodie Foster.


Con Joel Schumacher, fautor de varios filmes de los años ochenta con personajes adolescentes y juveniles, haría otra película, St. Elmo, punto de encuentro (1985), que supondría otro “paquete” de actores jóvenes y con previsible talento, con algunos del “brat pack”, como Emilio Estévez, pero otros que nada tenían que ver con aquél, como Demi Moore, Andrew McCarthy o Judd Nelson.


Para el cineasta USA (pero con carrera parcialmente francesa) Bob Swaim, hizo Mascarada para un crimen (1988), pero inmediatamente después saltó el escándalo. Ese mismo año se supo de la existencia de un vídeo pornográfico de corte amateur, en el que Rob Lowe participaba, junto a otro chico, acostándose ambos con la que resultó ser una menor de edad. El escándalo estaba servido, y aquella historia afectó gravemente a la continuidad de su carrera, hasta tal punto de que a partir de entonces de protagonista pasó a hacer papeles secundarios, en filmes no precisamente excelsos: Wayne’s World. Qué desparrame (1992), Austin Powers (1997) y Austin Powers: la espía que me achuchó (1999), en todas ellas haciendo el payaso para Mike Myers; o Contact (1997), de Robert Zemeckis, en un pequeño papel ensombrecido por la figura gigante de Jodie Foster.


Dado que el cine ahora se le resistía, empezó a hacer televisión, con miniseries como Apocalipsis (1994), sobre la novela homónima de Stephen King, y otras TV-movies, telefilmes y series catódicas de toda laya. Es cierto que ya en el siglo XXI la calidad de esos empeños televisivos mejoró apreciablemente, interviniendo en algunas de las series de cabecera de la década de los años cero, como El ala oeste de la Casa Blanca o Californication, pero su vuelta al cine por la puerta grande se le siguió negando.


No deja de ser curioso que su regreso a un filme comercial al uso, de exhibición normalizada en todo el mundo, le haya llegado con esta Sex Tape. Algo pasa en la nube, en la que el tema en cuestión es, precisamente, la existencia de un vídeo de carácter altamente erótico que llega a las manos equivocadas: me imagino a ese Rob Lowe cuando le propusieron el papel, diciendo, mecachis, esto me suena…


Curiosamente, Lowe y Ryder tienen puntos en común; rodaron juntos un filme, Enséñame a bailar (1987), no precisamente esplendoroso, pero también trabajaron, aunque por separado, para uno de los grandes popes del cine USA de los últimos cuarenta años, Francis Ford Coppola: Rob, en la mentada Rebeldes; Winona, en la también mencionada Drácula de Bram Stoker. Además de ello, circunstancias extrañas de su vida privada, como queda referido, afectaron poderosamente en sus carreras profesionales.


Ahora, afortunadamente, parece que ambos vuelven de entre los muertos para andar en el mundo de los vivos; léase la pomada en la que hay que estar si se quiere ser alguien en Hollywood. Lo cierto es que lo celebramos: ambos nos gustaron siempre, y nos parecieron gente con talento sin demasiada suerte. Ojalá que, aunque ya les pille talluditos, esta nueva oportunidad de volver a la primera línea sea la definitiva…


Pie de foto: Winona Ryder en una impactante imagen de Drácula de Bram Stoker.