[23 FESTIVAL DE CINE EUROPEO DE SEVILLA (SEFF’2026) – SECCIÓN OFICIAL]
El cineasta británico Andrew Haigh (Harrogate, 1973) se está convirtiendo, a la chita callando, en una de las voces más interesantes del actual panorama del cine anglosajón. Iniciado en el cine “indie” norteamericano, generalmente con historias de corte LGTBI (él es abierta y militantemente gay), con títulos como Greek Pete (un año en la vida de un chapero) o Weekend (una relación inicialmente erótica que deviene en devastador amor), también ha cultivado otro tipo de cine ajeno al venero “queer”, como 45 años (con una estupenda Charlotte Rampling) o Lean on Pete (sobre un adolescente, un caballo y una madre a la que encontrar).
Su película más conocida es, sin duda, la espléndida Desconocidos, que jugaba con inteligencia y sutileza con los temas esenciales de su cine (aparte de la temática gay), cuales son, especialmente, las complejas relaciones familiares, y en especial las materno-filiales, que aparecen en casi todos sus films, en mayor o menor medida, y que en su parte final se adentraba sin ambages, y con cuánto acierto, en un terreno siempre movedizo, el de la abstracción, la filosofía, incluso la metafísica.
También aquí en esta notable A long winter aparece el tema familiar, en una historia que se desarrolla hacia los años cincuenta en Estados Unidos, en una zona montañosa y boscosa (teóricamente las Montañas Rocosas de Colorado, aunque en la realidad se rodó en Alberta, Canadá). Conocemos al clan familiar compuesto por Lester y Louise, matrimonio, y sus hijos ya adultos, veinteañeros, Mike y Tommy; el segundo se ha alistado en el ejército, que lo destina (como era de prever…) a Corea, a la guerra entonces en marcha en aquel remoto país de la región Asia-Pacífico; Tommy le confía a su hermano que quiere escapar de aquel lugar asfixiante, donde no hay porvenir ni capacidad de relacionarse con nadie, mientras que Mike le dice que ambos son distintos y que él está a gusto así… Cuando Tommy se va, la madre, Louise, recae en el alcoholismo que, más o menos secretamente, ha venido desarrollando desde hace tiempo, como forma de escapar de una realidad (su vida en aquel remoto lugar, tan lejos de todos y de todo) que no puede superar. Descubierto el repositorio donde la mujer guarda el licor, Lester, el marido, lo tira todo, buscando cortar por lo sano con la terrible adicción de su esposa; ésta, sin embargo, reacciona desapareciendo sin dejar rastro. Esposo e hijo la buscan sin cesar, después involucran a las autoridades, al pueblo, pero todo es inútil: ha llegado el durísimo invierno y ya solo queda esperar que aparezca el cuerpo cuando llegue la primavera…
Sobre un cuento homónimo original del escritor irlandés Colm Tóibín, curiosamente ambientado en la Cataluña de la postguerra española (aunque aquí se trasladan los personajes, nombres e idiosincrasias culturales al Oeste yanqui, a Colorado), la película funciona como un tenso e intenso drama en torno a las relaciones familiares, partiendo del pie forzado del matrimonio que se asentó en aquel lugar perdido del mundo en contra de la voluntad de la esposa, de donde vendrá todo lo demás: la huida de la realidad a través de una adicción, bajo cuyo yugo toda sordidez será posible; la recaída cuando falta alguno de sus apoyos esenciales (primero por la marcha temporal de un hijo; luego, recuperado el primero, por el reclutamiento del segundo); la falta de todo horizonte de alivio narcótico tras perder (sin visos de recuperarla) la droga que le permitía mantenerse, casi milagrosamente, como si no pasara nada.
A partir de ahí, la peli se centra en el primogénito, Mike, un chico un tanto apocado, muy enmadrado, que difícilmente toma decisiones por sí solo, y que además no es capaz de entender por qué (en escenas de una sutileza extrema) se siente atraído sexualmente por otros hombres. Cuando quedan solos el padre y el hijo, la relación entre ambos se hace muy difícil, el mayor empecinado en que ha hecho lo correcto, mientras el joven comienza a darse cuenta de hasta qué punto la actitud intolerante del paterfamilias ha sido determinante en la huida/suicidio de su madre, aunque el padre también terminará siendo consciente de su parte de responsabilidad en la tragedia; como le dice al hijo, en un momento de máxima confidencia, quizá intentando autojustificarse, “querer a alguien no siempre es suficiente”.
La llegada de un tercer elemento, Jimmy, un joven mestizo de raza india, traído por el padre para hacer las tareas del hogar que ninguno de los dos hombres quiere, o puede, o sabe realizar, supondrá un punto de inflexión en la vida de Mike: la tentación estará ahora ahí, tan próxima que incluso duerme en su propio dormitorio, aunque nunca llegará a mucho más que algunas miradas tan turbadoras como turbadas.
Film de melancólica belleza, sobre la perentoria necesidad de intentar escapar de las cárceles (sean estas físicas o mentales, como la autonegación de su homosexualidad por parte del joven Mike), juega con maestría con los lujuriantes paisajes nevados canadienses, de los que el director de fotografía André Turpin extrae un partido notabilísimo: esas desoladoras montañas, esos bosques que no parecen terminar nunca, esa blanquísima nieve casi perpetua, todo ello convertido aquí en una especie de jaula de la que nadie podrá escapar indemne. Preciosa, lacerante, elegíaca, la música del austríaco Paul Haslinger.
Buen desempeño en general del elenco interpretativo, con un protagonismo sin levantar la voz por parte del joven Fred Hechinger, del que recordamos su extravagante emperador Caracalla de Gladiator II, aquí en un personaje diametralmente opuesto a aquel. También está muy bien, aunque su papel es corto, la irlandesa Caitríona Balfe como la madre que huyó para escapar de una vida amargante, una actriz que en los últimos años hemos visto, siempre con solvencia, en varios audiovisuales relevantes: Belfast, Outlander, Amateur, Sentido y sensibilidad…
(06/11/2026)
117'