CRITICALIA CLÁSICOS
Disponible en Filmin, Rakuten, Pluto TV y Run:Time.
Alguna vez habrá que estudiar la benéfica influencia que supuso el genio de Gene Kelly en el cine dirigido por Stanley Donen. Su extraordinaria colaboración (aunque al parecer se llevaban como el perro y el gato…) dio lugar a maravillas como Un día en Nueva York, Cantando bajo la lluvia y Siempre hace buen tiempo, pero en los primeros años de Donen como director, cuando actuaba en solitario, tampoco es que fuera Orson Welles… Véase este film, u otros de la misma época, como Nunca el amor fue tan bello o Tres chicas con suerte, pelis que, sin ser malas, sí evidenciaban una calidad bastante inferior a las grandes cintas citadas. A ver, por supuesto que después, ya fogueado (y con el aprendizaje de los films rodados junto a Kelly), nuestro Donen pasó de feo patito a vistoso cisne: fue el tiempo de la espléndida Siete novias para siete hermanos, quizá el último gran musical clásico, pero también de Una cara con ángel, Charada o Dos en la carretera, todas ellas ya alejadas del género musical, en las que demostró, entre otras pelis, un genuino talento para la dirección cinematográfica.
Pero esta Bodas reales no forma parte de ese selecto club de pelis, y desde luego está a años luz de las codirigidas con Gene Kelly. Además, el hecho de contar como estrella máxima con Fred Astaire condicionaba mucho la producción, al tener el gran Fred un marcadísimo estilo de baile, unas coreografías plenamente reconocibles pero que ya en esos momentos, principios de los años cincuenta, empezaban a parecer un tanto anticuadas.
Con producción del poderoso Arthur Freed para la Metro, la película se ambienta más o menos en su tiempo histórico; el punto de referencia es la boda real que tuvo lugar en Inglaterra entre Isabel, que sería la futura Isabel II, la monarca más longeva de la historia del Reino Unido, y Felipe de Edimburgo; el enlace tuvo lugar en 1947, así que deberíamos considerar esa la fecha aproximada en la que suceden los hechos que se narran aquí. Conocemos a Tom y Ellen Bowen, hermanos y bailarines de postín, y los vemos inicialmente en una representación de teatro musical. Ambos son solteros empedernidos, lo que no significa que no sean también un poco (o un mucho…) picaflor… Su representante les dice que han sido contratados para trabajar en el marco de las bodas reales británicas, y allá que se embarcan ambos en el correspondiente transatlántico (qué juego dan en las comedias románticas estos barcos que surcan el océano por excelencia… en los aviones la cosa se resuelve en horas, pero aquí pasan los días y los días, y hay lugar para todo tipo de idas y venidas…). Tom conoce a Anne, y siente que su soltería empieza a peligrar, mientras que Ellen también tontea nada menos que con un lord inglés (Peter Lawford, que llegó a formar parte, vía conyugal, del clan Kennedy)…
Lo cierto es que esta Bodas reales nos parece una agradable comedia casi de teléfonos blancos, con sus personajes siempre de punta en blanco, como si estuvieran permanentemente en una boda de ringorrango, con ese Fred Astaire al que, ciertamente, el esmoquin le sentaba estupendamente (es legendaria la frase de Gene Kelly: “cuando Astaire se pone un esmoquin, parece un caballero; cuando me lo pongo yo, un camionero”…). Pero las coreografías, en general, muy “astaireanas”, resultan ya en general bastante anticuadas, no ahora, cuando se escriben estas líneas, más de siete décadas después, sino en su momento, cuando se estaba imponiendo ya el canon coreográfico Gene Kelly. Eso no significa que no haya en la peli algunas coreos extraordinarias, como la que se marca en una de las escenas del principio el propio Astaire, utilizando para ello elementos cotidianos tales como un perchero, resultando ser una pequeña maravilla, con esa supuesta facilidad para bailar tan típica del gran Fred; o el posterior y magnífico número en la obra teatral que representan, de un evidente corte latino, con muchos bailarines en escena y una concepción mucho más moderna del musical, entroncando (aquí sí…) con el canon kellyniano.
Aunque si hay que destacar un número coreográfico, ese sería sin duda el que (de nuevo) Astaire, estrella absoluta del film, se marca en la famosa escena en la que, en un rapto de enamorado, baila subiéndose por las paredes y por el techo de la habitación en la que se encuentra, en un prodigio de creatividad artística y tecnológica: Donen rodó la escena en un solo plano, colocando un engranaje que permitía que el cubículo en el que se desarrollaba la escena pudiera girar sobre su eje; a la par, la cámara que lo filmaba, y su cameraman, firmemente anclados, también giraban con la misma lenta velocidad que el cubículo, con lo que Astaire siempre estaba en realidad de pie, sobre el suelo, aunque el movimiento le permitía ir pareciendo que bailaba sobre las paredes y el techo. La escena es tan potente que, vista con la perspectiva que dan las décadas transcurridas desde su realización, da la impresión de que todo está hecho en la película como mera coartada para llegar a esa escena absolutamente genial.
Pero la historia es tontorrona a más no poder, uno de esos divertimentos blancos y blandos que el cine USA (y el europeo, incluido el español de la época franquista) gustaba hacer, historias románticas que empezaban con algunos problemas entre los futuros tortolitos, hasta que estos se solucionaban, por supuesto, y finalmente eran perdices y comían felices (¿o era al revés?). Es también una comedia de enredo, siempre tan agradecida, con sus personajes que entran y salen, sus equívocos, sus malentendidos… Todo un clásico, si bien es cierto que no es, ni de lejos, una de las grandes pelis musicales del cine de Hollywood. Hay, por tanto, buenos números musicales (en realidad, es lo único que tiene valor en la peli), pero en una historia bastante endeble, en una película anticuada y ñoña que tal vez preanunciaba la decadencia del musical al estilo Fred Astaire.
Por supuesto, Astaire hace su papel de siempre, lo que no es menoscabo sino, al contrario, un elogio: Fred Astaire es uno de los grandes indiscutibles del cine musical USA, creando un personaje perfectamente identificable: caballeroso, romántico, dotado de un fino humor irónico, y que cuando se lanzaba a bailar hacía fácil lo dificilísimo. A su lado, Jane Powell, que también era una consumada bailarina, le sigue el ritmo, lo que ya es todo un reconocimiento…
(15-07-2025)
93'