Película: El manantial de la doncella

Esta película se ha podido ver en el ciclo que Cinesur Nervión Plaza (Sevilla) dedica al director sueco Ingmar Bergman, con ocasión del centenario de su nacimiento.

Tras rodar El Séptimo Sello (1957), considerado el epítome del cine de graves resonancias religiosas, teosóficas y filosóficas, en puridad una honda reflexión sobre Dios y la Muerte, Bergman rodará otros dos films (entreverados entre otras películas que no tuvieron esa unidad temática) que conformarán lo que la Historia del Cine conoce como la Trilogía de Dios. La segunda de esa tríada será Fresas salvajes (1957), que incide de nuevo sobre la Muerte, en este caso desde la privilegiada antesala de la vejez. El tercer segmento, con el que se cerrará la Trilogía, será este El manantial de la doncella, fábula medievalista trufada de signos religiosos, explícitos e implícitos.

Suecia, en un tiempo indeterminado que cabría situar, convencionalmente, hacia el siglo XIII o XIV. Un rico hacendado, Töre, vive en sus posesiones con su mujer, Märeta, y su única hija, la virginal Karin, chica inocente que espera un futuro feliz con el que imagina ideal marido. En la hacienda vive también Ingeri, bastarda que está preñada de alguno de los hombres con los que cohabita con frecuencia. Karin es enviada junto a Ingeri para llevar, como es preceptivo, las velas antes de maitines a un convento que no está demasiado lejos, pero cuya senda transcurre por un bosque. Ingeri, envidiosa de las virtudes de Karin y del que cree su esplendoroso futuro, cuando el suyo es tan horrible, la maldice invocando a Odin, y prepara un maleficio en forma de sapo atrapado en el pan que deberá comer la doncella. En el bosque dos hombres y un niño, todos hermanos y huérfanos, se acercan amistosamente a Karin, que los recibe con agrado, hasta que se da cuenta de que son cuatreros; entonces ellos la asaltan y la violan...

El manantial de la doncella es quizá el eslabón de la trilogía más específicamente relacionado con Dios y la religión, no solo la cristiana, sino incluso la pagana que hunde sus raíces en la noche de los tiempos de los pueblos escandinavos: la invocación a Odin por parte de Ingeri así lo evidencia, como también el maleficio en forma de sapo que la joven preñada prepara para Karin. Pero sobre todo el film es un auténtico festín de signos de carácter religioso: así, la presencia de Dios en la vida de la familia es absoluta: no solo se le menciona constantemente, sino que estará en las plegarias por los alimentos que se toman y a la hora de dormir para implorar sueños plácidos; estará en los cirios que la virginal Karin transporta hasta el convento, en las conversaciones de las jóvenes, sobre el bien y el mal, la virtud y la lujuria; estará, por supuesto, en el ritual de purificación que llevará a cabo el contrito padre antes de proceder a ajusticiar a los felones, a sacrificarlos como bestias; y, desde luego, en el final taumatúrgico, un final que, sin duda, debió impactar y gustar mucho en los tiempos en los que se filmó, principios de los años sesenta, cuando el cine religioso no tenía contrapeso alguno, cuando todo lo relacionado con la religión había de suponer una mirada positiva y entregada. Incluso la presencia del Maligno se dará también con signos evidentes: el sapo como trasunto del diablo, que aparece al tiempo que la lascivia sin freno en los facinerosos; la muerte del segundo de los malos a manos de Töre, filmada por Bergman con el felón ardiendo en las llamas de la fogata del hogar, como anticipo del infierno que espera al violador y asesino de la niña. El cineasta sueco se permite incluso una alusión a los usos religiosos fúnebres del mundo helenístico, cuando el niño hermano de los violadores echa algunos puñados de tierra sobre el cuerpo insepulto de la doncella muerta, para enterrarla simbólicamente, de la misma forma en la que Antígona obró con el cuerpo de su hermano Polinices, en contra del criterio del rey Creonte, para darle la imprescindible honra mortuoria que sin embargo el monarca proscribe.

Obra densa e intensa, dotada de un ritmo pausado pero exacto, el que requiere la historia, El manantial de la doncella se constituye en el broche antológico de la Trilogía de Dios, cuando Bergman expone todo aquello que le ha atormentado durante una infancia en la que la presencia de la religión en su casa era moneda corriente: su padre era pastor, y en la familia todo se regía, todo se medía por la influencia de Dios. Pareciera como si con El manantial de la doncella Bergman hubiera ajustado cuentas con su pasado religioso, pues a partir de entonces la aparición de Dios en su obra será menguada e intermitente y nunca de la manera absoluta, ilimitada, en la que lo haría en esta trilogía, y singularmente en este film. De hecho, la siguiente tríada que la Historia del Cine reconoce en Bergman es la denominada El Silencio de Dios: la figura del Ser Supremo será entonces nula o, como mucho, aparecerá como efecto de una enfermedad mental, como un síntoma de esta (Como en un espejo), no como una realidad, no como una presencia cierta.

Pero en El manantial de la doncella Dios lo es todo, lo abarca todo, lo impregna todo. Incluso la escena final, con la imprecación del torturado padre, terminada con una imploración de perdón y la promesa de erigir un templo en aquel predio maldito, se resolverá con ese milagro absoluto al que alude el título, como el culmen de la película religiosa por excelencia del maestro sueco.

Gran trabajo, como es habitual, del fotógrafo Sven Nykvist, el operador habitual de Bergman, en una película que bebe, evidentemente, en el arte del minimalismo medievalista y en los maestros flamencos para componer sus encuadres, su ambientación, sus grupos familiares, con planos que recuerdan poderosamente iconografías cristianas, como los miembros de la hacienda sentados a la mesa dispuestos a la manera de la leonardiana La última cena. Gran trabajo también del elenco interpretativo, con un Max Von Sydow que era ya uno de los actores fetiche del cineasta de Upsala, más Gunnel Lindblom, que también se convertiría en una de sus actrices de referencia.

Llama la atención (aunque en España, cuando se proyectó a principios de los años sesenta, la Censura aligeró convenientemente la película) su desusada franqueza sexual, con la filmación sin ambages de la violación (bien que simulada, lógicamente), y la aparición de un desnudo trasero de Von Sydow, imágenes que en el resto de Europa y en Estados Unidos eran, sin duda, de una osadía extrema: estábamos en 1960, cuando el cine era, en esos temas, tremendamente recatado. Pero claro, aquello era Suecia...


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89'

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El manantial de la doncella - by , Oct 27, 2018
4 / 5 stars
El final de la Trilogía de Dios