C I N E E N P L A T A F O R M A S
ESTRENO EN MOVISTAR+
Antonio González Flores (1961-1995), conocido artísticamente como Antonio Flores, o simplemente Antonio, fue un compositor, cantante, productor musical y actor, hijo de la mítica Lola Flores, que murió de una sobredosis de droga y alcohol a los 15 días de la muerte de su madre, incapaz de asumir la desaparición de la que para él fue el eje de su vida. Hombre sensible, inseguro e inestable, su enganche a las drogas (heroína, fundamentalmente) durante los años de plomo de los ochenta, le hizo aún más vulnerable, a la par que componía hermosas canciones, como No dudaría, Siete vidas, Sabor, sabor o De ley, que con toda justicia han pasado a formar parte de la cultura popular española.
Su hija, la actriz Alba Flores, que se hizo internacionalmente famosa por su personaje de Nairobi en la serie La casa de papel, ha querido rendirle un sentido homenaje con este documental, Flores para Antonio, en la que actúa como “productora creativa”, lo que viene a equivaler al papel de “creador” en las series, aquella persona que diseña la concepción del audiovisual y le imprime el tono que desea conferirle para que responda a lo que tiene en mente. Y, a la vista del film, podríamos decir que hay dos cosas esenciales en el mismo: uno, casi como alegoría, el hecho de que Alba, ahora ya a sus 38 años, vuelva a cantar, cosa que no hacía desde los 8, cuando su padre murió. Alegoría, entonces, por cuanto esa canción, No dudaría, cantada ante un público multitudinario, supone una extraordinaria catarsis, también una comunión con los que querían al precozmente malogrado artista; y dos, su propia asunción del duelo, un duelo postergado durante décadas, por ella misma porque cuando creció, como ella misma dice, no se sentía con fuerzas para preguntar a sus familiares más allegados por aquella tragedia que, tan pequeña, la dejó inesperada, brutalmente huérfana de padre, pero también por sus parientes (madre, tías) y afectos, que, como dicen en algún momento del film, solo esperaban que ella preguntara, que ella pidiera hablar de su padre, un Antonio que, se adivina, durante esas décadas fue como el “elefante en la habitación”, el que estaba con ellos aunque nadie, por hache o por be, quisiera mencionarlo.
Ahora Alba Flores afronta ese recodo del camino para ponerse en paz consigo misma, también con su gente, a través de este doliente pero a la vez vitalista documental, un film que ha sido encargado, en su puesta en escena, al reputado cineasta catalán Isaki Lacuesta, más que reconocido director en cuya carrera brillan, entre otras, películas como Entre dos aguas, Un año, una noche y Segundo premio, y a Elena Molina, cineasta con menor reputación pero sin duda buena profesional. Ambos ponen su oficio al servicio de esta apreciable declaración de amor de Alba Flores a su padre, una declaración de amor que, en términos formales, se resuelve como un documental clásico, en el mejor de los sentidos de la palabra, en la que se mezclan con habilidad, mediante un estudiado montaje, entrevistas con familiares de Alba (esencialmente sus tías, las también cantantes y actrices Lolita y Rosario, pero también, claro está, su madre, Ana Villa, productora musical), sus amigos famosos, como los cantautores Joaquín Sabina, Ketama y el argentino Ariel Rot, así como otros amigos de padre e hija que no son populares pero conocieron en profundidad al malogrado artista.
Esas entrevistas se van alternando con imágenes audiovisuales de archivo, en actuaciones del homenajeado en conciertos o en televisión, pero también (y estas nos parecen las más valiosas) una serie de escenas grabadas con cámaras de vídeo doméstico, filmaciones amateurs hechas por la familia para sí misma, y que aquí nos permite escudriñar, aunque solo sea durante unos pocos minutos, la vida íntima de los Flores, probablemente la familia de artistas más poliédrica y exitosa (también la más controvertida…) que ha dado la cultura popular en España en los últimos 100 años. Además de ello Lacuesta y Molina van festoneando la película con intermitentes escenas de animación, en las que se utilizan figuras y siluetas extraídas de fotos antiguas en blanco y negro, junto a dibujos hechos como a bolígrafo, como si fueran bocetos apenas esbozados sobre hojas de bloc arrancadas de un cuaderno, conformando con todo ello unas singulares escenas animadas que son de lo mejor del film, y que le confieren un toque modernísimo a un documental por lo demás clásico en el mejor de los sentidos. Unas escenas de animación que, además, van inteligentemente acompañadas de canciones de Antonio de alguna forma relacionadas con lo que se nos está contando en cada momento.
Con buen criterio (otra cosa hubiera sido impensable, además de suicida…), Alba no omite las zonas más oscuras de la vida -y la muerte…- de Antonio Flores, su enganche a la droga en el seno de aquel fenómeno cultural “underground” tan rompedor como autodestructivo que fue la Movida Madrileña, a la que él aportó su toque entre rockero, gitano y flamenco, pero que, como tantos otros cantantes y músicos de la época que pertenecieron a ese fenómeno, se subió a un caballo que no supo montar, a un jaco que le destrozó “a cachitos”, como decimos en mi tierra, una y mil veces, las que se desintoxicó y recayó, hasta que llegó la definitiva, cuando el dolor por la muerte de la legendaria madre lo dejó inerme, absolutamente sin defensas anímicas ni vitales.
Dos temas más se apuntan en el film, aunque a nuestro parecer no se profundiza demasiado en ellos, quizá porque no era el tono del documental, que no es otro que el catártico homenaje rendido por la hija al padre del que no quiso hablar (ni tampoco cantar) durante tres décadas; el primero de esos temas sería hasta qué punto en el delicado ánimo de Antonio, y en su triste y tan precoz final, no influyó el llamado "síndrome de Adele H.", con el que se conoce esa impresión que sienten los hijos o hijas de grandes hombres o mujeres que son gigantes en su campo, como el Victor Hugo padre de la pobre Adele (Truffaut la biografió espléndidamente en su Diario íntimo de Adèle H.), hijos o hijas que se sienten aplastados por la losa de la grandeza de sus progenitores, creyéndose incapaces de igualarlos. Y es que Antonio, efectivamente, según se comenta en algún momento, se autocuestionaba constantemente, quizá sintiéndose opacado por la sombra inmensa de la madre.
Y el segundo tema que se toca de refilón es el de la sensación de autoculpabilidad que, ya al final del documental, flota en el ambiente en las entrevistas con los familiares y los amigos; porque, si todos, como se reconoce por varios de ellos, sabían del grave riesgo de dejarlo sin compañía en los días posteriores a la defunción de Lola Flores, ¿por qué lo dejaron absolutamente solo durante todo un día y su noche? Pero tampoco aquí se hace sangre; algunos de los parientes, y de las amistades, hacen amago de autoinculparse, pero suena a petición -que se sabe será abrumadoramente aceptada- de indulgencia por parte de quien puede expedirla, la propia hija. Porque, treinta años después, ¿cómo se van a pedir responsabilidades, cuando además, si no se hubiera matado aquel día, podría haberlo hecho en cualquier otro, dado su desastroso estado anímico y vital?
Un buen trabajo de Lacuesta y Molina, entonces, un sentido homenaje, catártico y lleno de emoción, por parte de su hija, Alba Flores, una forma de cerrar un duelo que, ciertamente, ya había durado demasiado, pero que no podía cicatrizar en falso.
98'