Película: Happy end

Michael Haneke, el gran entomólogo centroeuropeo de la sociedad occidental contemporánea, también tiene derecho a fallar: tras la inconmensurable, dolorosísima Amor (2012), un descenso casi físico a los infiernos, era difícil continuar a igual altura. Así ha sido: Happy end, aunque tiene cierto interés, evidentemente está a años luz de su anterior (y tan matizadísimo) trabajo.

Calais, en nuestros días. La historia se centra en una familia de la alta burguesía local; la protagonista, Anne Laurent, es una mujer de mediana edad, empresaria, cuya sociedad de obras públicas se ve enfrentada a un juicio por negligencia en uno de los proyectos acometidos; simultáneamente, Eve, hija de un primer matrimonio de su hermano Thomas, médico, ha de ir a vivir temporalmente con los Laurent al haber intentado suicidarse su madre, ex de Thomas. A partir de ahí, los hechos negativos se van sucediendo en la familia: el abuelo Laurent,  flirteando con las lagunas de la senilidad, intenta matarse con un coche; la madre de Eve finalmente morirá; a Pierre, el hijo de Anne, un estúpido que desconoce cuál es su lugar en el mundo, le parten la cara cuando intenta ejercer de empresario sobrado...

Antiguamente, cuando lo políticamente correcto se nos daba una higa, podríamos decir que parece que a esta familia la había mirado un tuerto. Ahora ya no se puede decir, en este mundo imbécil en el que todo tiene que ser tan aséptico, tan medido como para no meter el dedo en el ojo a nadie. Pues la mala suerte de esta familia vendrá dada, en alguna medida, por los actos de la preadolescente Eve, un personaje asocial, con un punto de psicópata, que arrastra una rabia sorda, aunque escondida, hacia todo el mundo, rencorosa por haber tenido que vivir casi toda su aún corta vida con una madre depresiva, olvidada de un padre que abandonó a su primera mujer ante su enfermedad psíquica.

Pero a Happy end le falta verdad: mientras que el cine de Haneke se ha caracterizado siempre por poner el dedo en la llaga de una sociedad llena de convencionalismos, aquí todo resulta lamentablemente artificial, como si la familia protagonista estuviera hecha de arquetipos en vez de personas, donde al guion le hubiera venido bien una vuelta más, para fijar mejor los roles, el devenir de la historia, hechos que resultan inverosímiles o poco creíbles.

Gusta el Haneke innovador, con esos planos en los que la acción transcurre al fondo, como en la paliza que le pegan al hijo memo de Anne, en una barriada obrera, en la que solo vemos a los personajes en lo que parece una conversación que no oímos, y que se cerrará abruptamente con la paliza en cuestión; o la escena del abuelo en la silla de ruedas recorriendo interminablemente un carril bici y preguntando algo inaudible a un grupo de chicos negros. Gustan los largos planos secuencia en los que están rodadas casi todas las escenas entre Thomas y su hija Eve. Gusta el hecho de que nos enteremos de todos los graves sucesos que acontecen (menos, curiosamente, el accidente laboral en la obra, precisamente el más complejo, en términos de rodaje, de todos ellos) a través de diálogos a posteriori, en escenas en las que ya han sido asumidos y el espectador se entera como de refilón, como un oyente desprevenido. Gusta la inteligente utilización de las nuevas tecnologías como recurso cinematográfico: vídeo casero a través del móvil, correos electrónicos, aplicación Messenger..., entroncando con algunas de las películas anteriores de Haneke, como El vídeo de Benny o incluso, crípticamente, Funny games, sobre todo en su primera versión, la europea.

Pero no gusta la escasa entidad de los personajes, la disparidad de líneas argumentales, la falta de concreción de la  historia. A ratos pareciéramos estar ante una de aquellas viejas películas de Chabrol de los años sesenta y setenta, en las que fustigaba a placer a la burguesía, películas como La mujer infiel, El carnicero, Al anochecer o Inocentes con manos sucias, solo que sin la mala uva de Chabrol y con una actualización temática no especialmente afortunada.

Así las cosas, Happy end queda como un Haneke menor, a la espera de que pueda recuperar fuelle, vuelva a llenar el (metafórico) depósito de la creatividad, y sea capaz de darnos, otra vez, obras percutantes, desasosegantes como Funny games (1997 y 2007), Código desconocido (2000), La cinta blanca (2009) y, sobre todo, Amor (2012), que evidentemente le dejó exhausto, un vacío intelectual y emocional que no ha podido llenar en cinco años.

Correcto trabajo del elenco interpretativo; nos quedaremos con la que probablemente sea la última actuación del gran Jean-Louis Trintignant, que así lo ha anunciado recientemente. Huppert, como siempre, muy bien, aquí en un personaje en el que, menos mal, no tiene que sufrir mucho... Es curioso que Mathieu Kassovitz, que hace de hijo de Trintignant, se nos parece muchísimo al Jean-Louis de su buena época, cuando el actor francés hacía películas inolvidables como Un hombre y una mujer, El conformista o Z. Atención a la jovencísima Fantine Harduin, con una rara capacidad para decir cosas sin decirlas...


 


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107'

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Happy end - by , Jul 23, 2018
2 / 5 stars
Una serie de catastróficas desdichas