Película: La sombra de la ley

Dani de la Torre es un director y guionista gallego que, tras algunos cortometrajes, debutó con fortuna en el largo con El desconocido (2015), thriller de tensión y suspense llevado al extremo, un poco en la línea del clásico de acción Speed, pero que jugaba con la interesante carta marcada de tocar, aunque fuera de refilón, la incidencia en la población de la crisis económica que asoló España (y todo el orbe, aunque quizá aquí se hizo sentir más) a raíz de la debacle de 2008.

Aquella película gozó de general predicamento entre crítica y público, y le ha permitido este mucho más costeado thriller de época, La sombra de la ley, ambientado en la convulsa Barcelona de 1921, cuando Uriarte, un agente de la Brigada de Información de la Policía de Madrid es enviado a la Ciudad Condal para ayudar en la investigación del asalto a un tren, con multitud de muertos del ejército, que ha supuesto el robo de un gran alijo de armamento que se teme llegue a manos del movimiento anarquista, muy fuerte en aquella época, y que pudiera suponer un levantamiento en armas contra el “establishment”. Allí lo adscriben al grupo de Información de la Comisaría de Barcelona, un equipo totalmente corrompido liderado por el inspector Rediú, y cuyo brazo ejecutor es un tipo de encefalograma plano e instintos asesinos que responde al nombre de El Tísico. Pronto veremos que Uriarte juega a varias barajas, entre ellas la de ayudar a Sara, la hija feminista de Salvador, el líder anarquista que aboga por la lucha pasiva, en contra de la tesis de la revolución violenta que propugna el joven León...

Tiene dicho Dani de la Torre que sus modelos han sido films como Los intocables de Eliot Ness (1987), de Brian de Palma, y Camino a la perdición (2002), de Sam Mendes, y que en cuanto a personajes y atmósfera aspiraba a reproducir los y la del cine negro clásico americano de los años cuarenta y cincuenta. Y, ciertamente, viéndose la película se advierten esas intenciones; otra cosa es que el resultado haya estado a la altura. Porque el problema de hacer cine “a la manera de...” es que se puede caer en esa fórmula artística que se conoce como “manierismo”, en este caso hacer cine queriendo ser una cosa, pero sin llegar a conseguirlo. Porque para hacer cine negro a la manera del “film noir” norteamericano, o de buscar el look “retro” o “vintage” de Al Capone o Eliot Ness, hace falta que historia y puesta en escena casen, que lo que se nos cuenta y cómo se nos cuenta consiga prender la atención del espectador, que no suene a marcianada.

Y es que suena a marcianada: nada que objetar a la ambientación, costeada y muy correcta, recreando los ambientes sórdidamente lujuriantes de la Barcelona de los años veinte, con unos estamentos policiales, militares y políticos que, si no estaban vendidos al mejor postor, maniobraban en defensa de sus intereses, no de los del país al que se supone se debían. En ese ambiente de corrupción generalizada, el personaje central es de cartón-piedra: un actor como Luis Tosar, tan seguro siempre, aquí está como deslavazado, líquido, sin apenas asideros a los que agarrarse para componer un rol delicuescente, que no se sabe si es carne o pescado, y no porque el guionista Patxi Amezcua tire de sutileza, sino sencillamente porque es un papel vacío, sin contenido, con un supuesto pasado tenebroso que nunca se nos revela satisfactoriamente.

La historia, que por separado en cada una de sus escenas parece funcionar, en su conjunto naufraga, en esta crónica de la lucha de los anarquistas contra los empresarios que sojuzgan a los trabajadores, de los policías contra los anarquistas y contra el proxeneta mayor del reino, y de los militares contra los anarquistas. Se suceden los disparates en el guion, sin embargo solventemente filmado por un Dani de la Torre que consigue la rara proeza de que una historia con más agujeros que un colador resulte, al menos, entretenida, gracias a un aceptable ritmo y a una puesta en escena notable, por momentos espléndida, como casi todas las escenas de acción, rodadas con una verosimilitud y solvencia sorprendentes. Eso sí, algunas de ellas resultan inconsistentes en cuanto a los elementos que mantienen esas peleas: imaginar que un personaje como Sara, con poco más de 50 kilos, allá por los años veinte, sin ningún tipo de preparación para el combate, sea capaz de tumbar a hombres que la duplican en peso es, como mínimo, surrealista. Propender a la igualdad de géneros está bien; hacernos comulgar con ruedas de molino, no.

Estamos entonces ante una historia tirando a horrible con un exquisito envoltorio formal. De la Torre es un cineasta elegante, que filma con una clase ciertamente extraordinaria; hay en él, si no se malogra, un estilista, un director eximio que nos puede dar grandes momentos. Pero habrá de contar con otros mimbres: el guion de Amezcua es más bien lamentable, hecho de retazos de historias ajenas nunca bien hilvanadas, de personajes y situaciones que hemos visto mil veces, y mejor que aquí.

En el apartado interpretativo, aparte de Tosar, que ya decimos que anda más despistado que una cabra en un garaje, Michelle Jenner no da el papel, una anarquista de armas tomar que, me temo, no da en absoluto por su físico, haciéndola el guion (y el director, que ahí no estuvo muy fino) incurrir en algunas escenas que entran de lleno en el ridículo, como la manifestación prosufraguista que encabeza la actriz, mal planificada, buscando una épica que no se consigue nunca, y con una represión que suena a postiza, a falsa; y es una lástima, porque efectivamente las feministas de la época fueron una punta de lanza importantísima en el combate por la igualdad entre los sexos; pero aquí, desde luego, esa lucha no ha sido bien servida.

Detalle importante (y reconfortante...): hay cuatro actores andaluces que son de lo mejor del film, y no es pasión de paisano: Vicente Romero compone magistralmente al jefe de los policías corruptos; Paco Tous está estupendo como el líder de los anarquistas pacíficos; José Manuel Poga hace un temible lugarteniente del malo; y este, el villano, es un Manolo Solo que se está convirtiendo, si no lo es ya, en el actor de reparto imprescindible en cualquier película que requiera de un intérprete camaleónico: aquí, como el Barón, está absolutamente espléndido, dando vida a un personaje inolvidable, uno de los aciertos de un film con luces (generalmente formales) y sombras (casi todas de contenido).


 


La sombra de la ley - by , Oct 21, 2018
2 / 5 stars
Manierismos