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Rodada antes de la pandemia, pero hibernada a la espera de mejores tiempos de audiencia de público, nos llega por fin la última película de James Bond, agente 007, en la que se despide no solo Daniel Craig, el actor que lo venía interpretando en los últimos tiempos, sino el propio personaje (no hay “spoiler”, el final ha sido comentado “ad nauseam”), aunque es evidente que la franquicia seguirá, probablemente con faldas en vez de pantalones...

Y lo cierto es que el film ha tenido casi más vaivenes de producción que la propia acción de la película, con un director inicialmente contratado, Danny Boyle, el autor de Trainspotting, que finalmente se desvinculó del proyecto por “diferencias creativas”, para ser sustituido por Cary Joji Fukunaga, el cineasta asioamericano nacido en California. De Fukunaga recordamos con agrado su versión de Jane Eyre (2011), el clásico gótico de Charlotte Brontë, aunque ciertamente está en las antípodas de un 007. Pero Fukunaga es un cineasta ecléctico y con buenas ideas, y este nuevo empeño, aunque le ha pillado de segundas, lo ha aprobado con nota.

La historia se inicia con un prólogo en el que vemos a una Madeleine Swann (la pareja de Bond en el anterior film de la franquicia, Spectre) en su etapa de niña, cuando su madre fue asesinada por un tal Safin, un individuo al que el padre de Swann había matado a toda su familia. Ya en la actualidad vemos a Bond y Madeleine viviendo la dorada jubilación de él, pero un atentado contra el exagente le hace sospechar de la mujer. A partir de ahí, tanto la CIA como el MI6 piden ayuda a Bond para encontrar el paradero de un poderoso agente químico que tiene la capacidad de matar masas de forma selectiva, modificando el veneno para que afecte solo a un determinado tipo de ADN, un veneno que, con tales características, hace que la cicuta y el arsénico, a su lado, sean casi un refresco de naranja...

Hablar de la saga 007 es hablar, por supuesto, de acción, de espectacularidad, incluso de inverosimilitud: son difíciles de creer muchas de las escenas de la película, pero es obvio que aquí no se busca credibilidad sino amenidad, adrenalina a espuertas, poner el corazón a 120 pulsaciones por minuto. Fukunaga (y su ejército de ayudantes de realización, directores de segunda unidad, etcétera) resuelven todas esas escenas con la solvencia a la que el cine moderno nos tiene acostumbrados, incluyendo los efectos digitales que aquí son de tan buena calidad que apenas se notan.

Dramáticamente hablando, Sin tiempo para morir quizá tenga un nivel inferior a la mejor, para nuestro gusto, de las películas de 007 interpretadas por Daniel Craig, Skyfall (2012), que tenía un agradable aroma shakespeariano, a lo que sin duda no fue ajena la puesta en escena del exquisito director teatral Sam Mendes. Inferior, decimos, pero no trivial: sus temas son, en primer lugar la venganza, pero no la venganza brutal y ágrafa a la que nos tienen acostumbrados los films huecos de Van Damme, Seagal o (últimamente) Neeson, sino una venganza refinada, enunciada con palabras quedas, ese plato que, como es legendario, se saborea mejor sirviéndolo frío. Pero también la traición, o la apariencia de traición, que llevará al protagonista a alguna de las peores decisiones de su carrera; y, como consecuencia de esa mala decisión, asistimos también a un proceso de humanización de 007, ese agente que en otros tiempos carecía de alma, seductor de bellas y eliminador de villanos: aquí James Bond será hombre antes que espía, será amado pero también entregado amante, vislumbrará incluso un futuro dorado como cualquier mortal, un futuro anónimo donde poder disfrutar el último recodo del camino con la mujer amada, con la prole inesperada. Como corresponde a una despedida, es finalmente también melancólica a la par que épica, elegíaca, con un punto de nostalgia por lo que pudo ser y no fue.

Estamos entonces ante un dignísimo colofón a la etapa James Bond de la franquicia 007. A partir de ahora habrá que ver cuál es el camino que finalmente toma la saga, aunque ya se ha apuntado la opción de que sea continuada con la agente Nomi, que heredaría el doble cero de Bond.

En cuanto a los intérpretes, Daniel Craig resulta convincente, tanto en las escenas de acción (en las que lógicamente ha sido doblado en muchas de ellas) como, sobre todo, en las dramáticas; y es que habrá que recordar que Craig es un sólido actor teatral. Del resto nos quedaríamos con nuestra Ana de Armas, en un papel no demasiado largo que ella borda, entre la ingenuidad, el cachondeo y una inusitada capacidad para soltar sopapos a los malos. Christoph Waltz, también en una breve aparición, evidentemente inspirada en la iconografía que puso de moda El silencio de los corderos para los presos con más peligro que Drácula en un banco de sangre, está sublime, aunque el talento de este actor vienés ya lo conocíamos desde Malditos bastardos. Menos nos ha gustado Rami Malek (por lo demás tan competente Freddie Mercury en Bohemian Rhapsody), cuyo villano nos parece descafeinado, flácido, por más que lo hayan caracterizado con cara picada de viruela y más bien dentón. Mucho mejor nos parece el otro malo, Dani Benssalah, cuyo personaje de Cíclope sí que tiene auténtica perfidia, un tipo volcánico con un tornillo flojo y más mala leche que la Bruja de Blancanieves.

(07-10-2021)


Sin tiempo para morir - by , Oct 07, 2021
3 / 5 stars
Un digno colofón