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CRITICALIA CLÁSICOS

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El escritor estadounidense Tennessee Williams, además de ganar un Pulitzer, la fama y la popularidad por sus grandes éxitos, fue un autor que se caracterizó siempre por el tono malsano de sus historias, su afán por hurgar en los entresijos de las relaciones familiares, su forma de resaltar la parte negativa de las conductas humanas. Así logró triunfar con obras como El zoo de cristal, La rosa tatuada, Un tranvía llamado Deseo, La gata sobre el tejado de zinc, Dulce pájaro de juventud, La noche de la iguana...  entre otras, y cuya simple relación nos sirve para comprobar de qué manera el cine norteamericano se aprovechó masivamente del éxito del dramaturgo.

Con Williams se podría citar, una vez más, la conocida y atinada frase con la que el ruso León Tolstoi inicia su monumental Ana Karenina, aquello de "Todas las familias felices se parecen, pero cada familia infeliz lo es a su manera". Porque muchas de sus obras nos cuentan eso, y no digamos la que inspiró la película que ahora glosamos. Porque Un tranvía llamado Deseo, obra y película, es la crónica desgarrada de la convivencia tumultuosa de una familia que vive el barrio francés de Nueva Orleans, donde también hay una calle de los Campos Elíseos, pero que en nada se parecen a los suntuosos de París, y por donde pasa un tranvía que lleva en su cartela frontal escrito "Desire".

El encargado de llevarla al cine fue el controvertido pero gran director Elia Kazan, todavía en los comienzos de su carrera, cuando ya había rodado un film noir excelente, Pánico en las calles, pero que ahora iniciaba su gran etapa con ¡Viva Zapata!, La ley del silencio, la estupenda y con resonancias bíblicas Al este del Edén, la biográfica América, América, o un film tan dolorosamente romántico como la inolvidable Esplendor en la yerba. En esta ocasión Kazan se adapta a la estructura teatral de la historia y al casi único escenario, un cutre y claustrofóbico apartamento donde viven el matrimonio de Stella y Stanley Kowalski, de orígenes polacos, y al que llega la hermana de ella, una cursi, reprimida y enfermiza Blanche DuBois.

Y ahí empieza una imposible ¿convivencia? donde Stella intenta ser árbitro entre el violento y machista marido, y su incordiante y ensimismada hermana. La película, ciertamente lastrada por su génesis teatral, es un tira y afloja entre seres tan dispares, y algún otro personaje como un amigo, Mitchell, que sí se acerca a la normalidad. Ese ambiente malsano que citábamos al principio se adueña de la trama, y entra en escena otro elemento a tener en cuenta, la censura de la época (estamos en 1951) que obligó a insinuar, más que mostrar, aspectos tan comprometidos como la violación, la homosexualidad o el lesbianismo, que aparecen entre los personajes.

Estamos pues ante un gran guiñol, ante un descenso a los infiernos, excelentemente ambientado en unas calles y un escenario barroco, abigarrado, lleno de neones, gente por la calle... siempre con un tono artificioso acorde con la misma historia. Poco a poco lo malo va a peor, todo se hace insoportable, y el punto más débil, Blanche, está destinado a ser la víctima propiciatoria, cayendo en un declive físico y mental que termina por conducirla a la enajenación y a la locura.

Naturalmente en un film de estas características los intérpretes son una pieza fundamental, y hay que decir que todos ellos funcionan a un altísimo y magistral nivel, empezando por Vivien Leigh, estrella consagrada desde los tiempos de Lo que el viento se llevó, a la que le toca el papel más sutil y difícil, una mujer siempre en el filo de la navaja. Y siguiendo por un juvenil y brutal Marlon Brando, que iniciaba aquí una carrera imparable hacia el estrellato. Sin olvidar a actores no tan deslumbrantes pero magníficos como Kim Hunter (en la sufrida hermana) o el gran Karl Malden (en el amigo que intenta poner cordura), ambos galardonados con el Oscar a los mejores actores secundarios (como se decía entonces...).

Film de indudable categoría, con el nivel siempre alto de Elia Kazan, pero habría que decir que en él sobrevuela un cierto hálito de impostura, de artificiosidad, de representación, un matiz que no es aplicable a otros trabajos del gran director, y puestos a buscar un ¿culpable? yo optaría por señalar a quien proporcionó toda la historia inicial, toda la materia prima, o sea, a ese señor famoso y dramaturgo tan sui géneris, como fue en su momento el sureño y aclamado Tennessee Williams...


 


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122'

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Un tranvía llamado Deseo - by , Jul 27, 2023
3 / 5 stars
Descenso a los infiernos