Enrique Colmena

El estreno de Mad Max: Furia en la carretera (2015) pone de nuevo en boga el cine australiano (aquí con el concurso del cine norteamericano), y nos facilita una excusa para hablar del cine de nuestras antípodas, en la tierra de los canguros, y cómo hubo un tiempo en el que su cinematografía fue una de las más interesantes de la época y sus nuevos directores aportaban frescura y novedad.

Todo ello ocurrió hacia finales de los años setenta. Quizá el primero de los filmes que nos avisaron de que allá al otro lado del globo había una cinematografía pujante y con muchas cosas que decir fue Mad Max: Salvajes de autopista (1979), con la que descubrimos a George Miller (ojo que hay otro director homónimo, escocés, pero con una carrera realizada en su mayor parte también en Australia), cineasta que realizó las dos posteriores partes de la saga, Mad Max 2, el guerrero de la carretera (1982) y Mad Max: Más allá de la Cúpula del Trueno (1985); tras el relativo fiasco de esta última parte sus aportaciones como director se distanciaron, siendo además de escasa entidad, en filmes como Babe, el cerdito en la ciudad (1998), secuela de su producción (con dirección de Chris Noonan) Babe, el cerdito valiente (1995), y Happy Feet (2006), filme de animación digital. Ahora, con los setenta ya bien cumplidos, Miller reaparece pujante con la mentada Mad Max: Furia en la carretera.

De esa misma época es el éxito de Peter Weir, que se da a conocer en Occidente con Gallipoli (1981), sobre la sangrienta batalla de la Primera Guerra Mundial en la que murieron miles de australianos y neozelandeses, en una guerra en la que, ciertamente, nada les iba. El tema, recurrente en el cine y la televisión australianos, ha sido convincentemente recreado recientemente por Russell Crowe en su primera película como director, El maestro del agua (2015). Pero Weir ya había dado muestras de su talento en al menos dos títulos anteriores, Picnic en Hanging Rock (1975) y La última ola (1977), jugando en ambos filmes con dos distintos tipos de terror primordial, casi telúrico, que produjeron notables dosis de desasosiego en el espectador, y que fueron repescados por la distribución internacional tras el éxito de la primera película del Loco Max. Con posterioridad a Gallipoli, Weir hizo El año que vivimos peligrosamente (1982), de nuevo con Mel Gibson, convertido ya entonces en estrella y mascarón de proa del cine australiano, en una historia ambientada en la tempestuosa caída del presidente Sukarno en Indonesia. Posteriormente Weir emigró a Estados Unidos, donde consiguió algunos títulos relevantes, como Único testigo (1985), La costa de los mosquitos (1986), ambos con Harrison Ford, y El club de los poetas muertos (1989), con Robin Williams, que sería un acontecimiento social, un “must” a ver entre gente que hacía décadas que no iba al cine. Tras ello Weir ha seguido una interesante carrera comercial en los USA, aunque es cierto que toda huella de su Australia natal parece haber desaparecido.

De esa época es también la llegada a la popularidad de Bruce Beresford con su Consejo de guerra (1980), lo que le supuso su paso al cine de Hollywood, donde se ha desenvuelto correctamente, aunque con una acusada falta de personalidad. Poco después de Beresford surgen en Australia otros tres cineastas de interés: Russell Mulcahy, que llamó poderosamente la atención con un filme de terror con ominosa bestia primigenia, Razorback, los colmillos del infierno (1984); Fred Schepisi, que llevó al cine Un grito en la oscuridad (1988), basado en una  historia real, y que le permitió a Meryl Streep ensayar el acento australiano, uno de los pocos que por entonces faltaba en su repertorio; y Phillip Noyce, que gustó mucho con su thriller claustrofóbico Calma total (1989), y que supuso el descubrimiento para Occidente de Nicole Kidman. Curiosamente los tres, tras esos éxitos, dieron el salto a Hollywood, donde pronto se adocenaron en productos comerciales sin mayor interés, si exceptuamos la interesante Generación robada (2002), que Noyce dirigió en un esporádico regreso a su país.

La personalidad que antes decíamos le faltaba a Beresford es, quizá, la que le sobraba a Jane Campion, la cineasta neozelandesa pero afincada en Australia que a principios de los años noventa llamó poderosamente la atención con Un ángel en mi mesa (1990), y a raíz de ahí con la muy costeada El piano (1993), si bien la posterior, ambiciosa y fallida Retrato de una dama (1996) pareció cortarle las alas, pues no ha vuelto a hacer nada digno de mención desde entonces.

En esos años noventa hay varios cineastas australianos que consiguen atraer la atención del público. Por un lado surge un director que gusta, y de qué forma, del exceso, Baz Luhrmann, con un filme como El amor está en el aire (1992), que presagiaba que estábamos ante un cineasta en el que la desmesura era la medida de todas las cosas, como después demostraría en el cine USA en filmes como Romeo y Julieta de William Shakespeare (1996), Moulin Rouge (2001), Australia (2008) y El gran Gatsby (2013).

De esa década es también la eclosión de P.J. Hogan, cuya La boda de Muriel (1994), comedia romántica de corte ecléctico le permitió dar el salto a Hollywood, curiosamente con otra cinta sobre un himeneo, La boda de mi mejor amigo (1997), ya con la estrella Julia Roberts a sus órdenes (o más bien a la inversa…). Lo cierto es que títulos posteriores en el cine norteamericano no han justificado las iniciales expectativas depositadas en este cineasta de Brisbane.

De esa misma época, mediados de los noventa, es la aparición de una estrella fugaz, Stephan Elliott, que sorprende al mundo con su comedia “drag” Las aventuras de Priscilla, reina del desierto (1994), en la que Terence Stamp, Hugo Weaving y Guy Pearce desplegaban pluma a toda vela y se convertía en un icono gay. Pero Elliott tampoco tendría continuidad y su carrera posterior es difusa, por no decir confusa…

A finales de los años noventa surgen dos nuevas estrellas en el firmamento del cine australiano, los directores Andy y Larry (después, cambio de sexo mediante, Lana) Wachowski, quienes conmocionan el cine de ciencia ficción con su seminal Matrix (1999), que impondría una estética que aún hoy se mantiene, descubriendo las inmensas posibilidades que los universos virtuales tienen para el cine. Sus continuaciones Matrix reloaded (2003) y Matrix revolutions (2003) tuvieron decreciente interés y confirmaron que en la primera parte se habían quedado casi todas las buenas ideas. Su paso al cine USA no les sentó bien, como a la gran mayoría de sus compatriotas, y filmes como Speed Racer (2008) y El destino de Júpiter (2015) parecen confirmar que el talento que alguna vez tuvieron estos hermanos se disolvió como un azucarillo…

A principios del siglo XXI nos llegó un potente thriller de irisaciones psicológicas, Lantana (2001), con dirección de Ray Lawrence, inglés afincado en Australia, pero cuya carrera no tuvo continuidad. Pero durante el resto de la década cero de este siglo, y tampoco en la década diez a cuya mitad estamos cuando se escriben estas líneas, sólo tenemos contabilizados un par de títulos de genuina estirpe australiana (hay otros, pero son coproducciones USA donde los de la tierra de los canguros aportan bien poco) con interés: David Michôd nos asombró con su Animal Kingdom (2010), un formidable, espéndido thriller de corte realista, casi naturalista. Y más recientemente la cineasta Jennifer Kent nos aterrorizaba con su Babadook (2014), además de la ya mentada El maestro del agua.

Así las cosas, podemos colegir que el cine australiano, tras la extraordinaria eclosión de finales de los años setenta y primeros ochenta, se ha vaciado de contenido al emigrar sus mejores cabezas al cine USA tras sus primeros éxitos, y que ese vacío, lamentablemente, no se ha cubierto posteriormente con la aportación de las nuevas generaciones. Al menos no nos llegan, aunque está claro que cuando hay auténtica calidad (véanse los casos de las mencionadas Animal Kingdom o Babadook), siempre termina por llegar. Ojalá el cine de nuestras antípodas recupere el tono, el brillo de su época dorada: sería estupendo para todos. Eso sí, si los nuevos valores australianos triunfan y emigran a Hollywood (otra cosa sería impensable: la meca del cine tira mucho…), por favor, a ver si puede ser que por el camino no pierdan el talento que les llevó allí…

Pie de foto: Charlize Theron, en su impresionante composición del personaje de Imperator Furiosa en Mad Max: Furia en la carretera.