Enrique Colmena

El estreno de Nahid, la película de Ida Panahandeh, pone de actualidad el cine iraní, y nos permite hablar sobre la preponderancia de la temática relativa a las mujeres en la atribulada cinematografía del país de los persas.

Porque resulta curioso que la mayor parte del cine que nos llega de la tierra donde una vez reinaron Jerjes y Darío trate sobre mujeres, y más concretamente sobre las dificultades que tienen en aquella nación para vivir libremente, sojuzgadas por una religión machista y, en especial, por una rígida interpretación del Corán que hace que, en puridad, las féminas tengan la consideración de seres humanos de segunda categoría, siempre a la sombra, cuando no a las órdenes, del hombre de turno: padre, marido, hermano, hijo.

Así que algo se mueve en una sociedad cuyos cineastas (al menos en el cine que nos llega) hablan de la intolerable discriminación femenina en la república gobernada con férrea mano por los ayatolás.

Ya a finales de los años noventa uno de los componentes de la llamada Nueva Ola Iraní, Mohsen Makhmalbaf, rodó Gabbeh (1997), un filme que combinaba una faceta documental sobre las alfombras (persas, lógicamente…) con una de ficción en la que se ponía en imágenes el drama de una mujer cuyo pretendiente sigue a caballo, a distancia, al clan de su amada, esperando que la rígida moral de la época le permita acercarse y conseguir huir con ella.

La esposa del mentado Moshen, Marzieh  Makhmalbaf (en esa familia todos dirigen cine, y además bien: además de los padres, también lo hacen las hijas Samira y Hana) es la autora de The day I became a woman (2000), toda una declaración de intenciones en su propio título internacional (literalmente, El día que llegué a ser una mujer), película con tres historias en dos de las cuales hay elementos de denuncia de la prevalencia del varón sobre la mujer, con una niña obligada a dejar de jugar con su amigo al llegar a la edad de la pubertad, y la historia de una mujer que se divorcia del marido al no permitirle éste montar en bicicleta, toda una metáfora de la libertad.

Mohammad Rasoulof es el director de La isla de hierro (2005), extrañísimo filme sobre un grupo de supervivientes que malviven en un barco varado que les sirve a la vez de refugio y de medio de vida, vendiendo las cuadernas del buque como chatarra. En ese contexto, las mujeres serán las grandes perdedoras (aún más que los hombres), enterradas en vida bajo prendas que les ocultan todo el cuerpo salvo los ojos, doblemente indigentes, con graves problemas de sustento y también de realización personal.

Con A propósito de Elly (2009) descubrimos en Occidente a Asghar Farhadi, aunque ya tenía a sus espaldas una carrera como director. Este filme nos reveló el talento extraordinario de un cineasta perito en forzar situaciones de tensión partiendo desde la más cotidiana de las realidades; aquí será una fiesta de un grupo de amigos en la que una de las mujeres, que ha sido citada, casi emboscada, por sus conocidos para que conozca a un hombre que regresa del extranjero, perderá la vida y con ello precipitará los acontecimientos, aflorarán las mentiras, el  miedo se enseñoreará de todo. De nuevo tendremos el papel subsidiario, subalterno, de la mujer, relegada en su relación con los demás, no libre para decidir con quién quiere, o no quiere, vivir su vida.

Sobre el tema ahondará el propio Farhadi en su siguiente película, Nader y Simin, una separación (2011), que ganó el Oscar a la Mejor Película en Habla No Inglesa (vulgo Película Extranjera), de nuevo un zurriagazo sobre la situación de la mujer en Irán, ahora en el duro trance de una separación matrimonial, donde ella llevará siempre las de perder, donde siempre estará a merced del que será su ex marido.

Quizá sea Paradise (2015), de Sina  Ataeian Dena, la más combativa de las películas persas que nos han llegado sobre la situación de la mujer en la república islámica de Irán. La protagonista, maestra de profesión, se verá coartada constantemente en sus anhelos por vivir su vida a su manera, sin cortapisas, sin restricciones de cosas tan básicas como de qué forma vestirse o si le place pintarse las uñas.

Nahid (2015), de la cineasta Ida Panahandeh, aporta otro granito de arena, con la historia de una mujer divorciada que ha conseguido la patria potestad de su hijo a costa de comprometerse a no volverse a casar. El ex marido, una piltrafa de forma humana (por cierto, con notable parecido a David Bisbal, pero bastante más feo), la acosará cuando ella dé en casar temporalmente (en una figura, el matrimonio “temporal”, que allí debe ser habitual, pero que en Occidente suena rarísimo…) con su nuevo amor. A partir de ahí, todo su entorno (la familia del ex, pero también la suya propia, bajo la égida de su hermano: la mujer iraní, siempre sometida al varón de turno) se tornará hosco y violento, buscando a todo trance que la mujer vuelva al casto redil del que creen no debió salir nunca. Menos mal que el final de la película deja una rendija abierta: quizá aún es posible que la mujer pueda tomar sus propias decisiones…

Ojalá el cine iraní del futuro deje de dedicarse casi monográficamente al papel de las mujeres en la república persa; eso sería señal de que han alcanzado el estatus que, obviamente, les corresponde, el de la igualdad absoluta con los varones. Ojalá, aunque me temo que vamos a seguir viendo mucho cine de estas características, y eso no será una buena señal, desde el punto de vista de civilización, de sociedad, pero sí en cuanto a la calidad de un cine rebelde que se resiste a las proclamas machistas de un régimen despótico, teocéntrico, execrable.


Pie de foto: Sareh Bayat, protagonista de Nahid, en una imagen de la película.