Enrique Colmena

O lo que es lo mismo, más cine en catalán, por favor. A raíz del estreno de Las distancias (Les distáncies, 2018), la notabilísima película de Elena Trapé en la que se hablan con naturalidad y simultaneidad tanto la lengua de Josep Pla como la de Cervantes, cabe comentar la trayectoria del cine en catalán, sobre todo a la vista de que, en los últimos años, ha dado muy interesantes películas: recuérdense, sin ir más lejos, algunos títulos muy recientes, como Verano 1993 (Estiu 1993, 2017), de Carla Simón, ganadora de varios Goyas y Premios Feroz, entre otros galardones, y candidata de España a los Oscar, o Tierra firme (2017), de Carlos Marques-Marcet, premiada en los Gaudí (los Goyas catalanes), Sant Jordi y SEFF.

Lo curioso del caso es que ese nuevo cine en catalán que nos está llegando en el siglo XXI, y singularmente en la década de los años diez en la que se escriben estas líneas, está totalmente alejado de la temática reivindicativa de Cataluña como comunidad que, en parte, caracterizó cierto cine catalán de los años posteriores a la muerte de Franco, el advenimiento de la democracia y la aprobación del Estatut de Sau, la primera ley fundamental de la autonomía del antiguo Principat.

También muy curiosamente este novísimo cine en catalán que ahora nos admira está en las antípodas del proceso (el famoso procés...) independentista de Cataluña de los últimos años, ese que tiene demediada aquella comunidad en dos partes prácticamente iguales. Así, las películas que nos llegan mezclan con toda naturalidad catalán y español (y hasta inglés, y alemán), sus temáticas son contemporáneas, vividas por gente joven en las que no se aprecian rasgos identitarios, gente que con frecuencia tiene vocación cosmopolita, es un cine abierto en el que intervienen igualmente personajes catalanoparlantes y castellanoparlantes, no hay reivindicación alguna que no tenga que ver con los temas universales de siempre: el amor, el trabajo, la descendencia, la amistad...


En els temps prehistòrics

Pero empecemos por el principio, como decía el clásico (o el chusco...), en esos tiempos cinematográficamente prehistóricos del titulillo de este epígrafe. Sin ánimo exhaustivo, como es lógico, pretendemos hablar en este artículo del cine en catalán desde que este toma carta de naturaleza a partir de la muerte de Franco y la normalización de la lengua de Verdaguer, también en cine. Por citar los escasos antecedentes que ese cine en catalán ha tenido, habrá que hablar de El café de la Marina (1933), dirigida por Domingo Pruña, considerada primera película rodada en catalán, sobre la obra teatral homónima de Josep Maria de Sagarra. Como curiosidad, se rodó simultáneamente una versión similar en castellano; la catalana se estrenó en Barcelona pero solo duró una semana en cartel. La versión en español no se pudo estrenar hasta 1941. Las copias resultaron destruidas en un incendio del almacén del distribuidor, por lo que no quedan rastros de aquel primer film en catalán. Recientemente se ha hecho una nueva película sobre esta obra teatral, también titulada El café de la Marina (2014), con dirección de Silvia Munt.

Cuando llegó la larga noche del franquismo, el cine en catalán quedó vetado por el oprobioso régimen. No obstante, algunos films consiguieron, a duras penas, que se escuchara la lengua de Ramon Llull. Así, en el thriller A tiro limpio (1963), el formidable policíaco de Francisco Pérez-Dolz, se cuelan algunos diálogos en los que se usa el catalán. También en El baldiri de la costa (1968), olvidada comedieta de José María Font, se puede oír la lengua catalana. Pero serán excepciones: lo normal será que la censura franquista no permita el uso de ninguna de las lenguas vernáculas españolas, salvo el castellano.


Se’n va el caiman, se’n va el caiman...

La estupenda Canciones para después de una guerra (1976), de Basilio Martín Patino, se cerraba con el estribillo de “Se va el caimán, se va el caimán...”, la célebre cumbia que Censura consideró (no sin razón) que se refería veladamente a la muerte de Franco. Con ese acontecimiento, y la posterior apertura del régimen a partir de los gobiernos de Adolfo Suárez, el cine en catalán vuelve a tener posibilidades de rodarse, y lo hará primero en una evidente clave reivindicativa, con películas como La ciudad quemada (La ciutat cremada, 1976), dirigida por Antoni Ribas, que narra los diez años que van desde 1899 y 1909, entre el final de la guerra de Cuba y la históricamente conocida como Setmana Tràgica. Ribas había realizado con anterioridad algunos films de ámbito español, pero a partir de este film alternará cine en castellano y en catalán; en este último hará una ambiciosa trilogía, titulada genéricamente Victòria! (1983-84), cuya recaudación aceleradamente decreciente en sus tres capítulos supondría un fuerte varapalo para el cine catalán de intenciones políticas. En el caso de Ribas le hará recapitular y ya solo hará otro título de corte similar, aunque casi tres lustros después, Tierra de cañones (Terra de canons, 1999), que tampoco tuvo repercusión alguna.

Habrá otros títulos que también buscaron poner en imágenes hechos históricos, al calor de la reciente democracia. Así, Josep Maria Forn, un clásico del cine español de las décadas anteriores, al que se le deben algunas pequeñas joyas de la década de los sesenta, como Los culpables (1962) y, sobre todo, La piel quemada (1967), hará Companys, proceso a Cataluña (Companys, procés a Catalunya, 1979), en el que glosaba, con los tonos épicos de la época, la figura de Lluís Companys i Jové, el que fuera president de la Generalitat, fusilado por el régimen franquista. La película tuvo una apreciable acogida, tanto crítica como de público. Sin embargo, cuando el propio Forn reincide décadas más tarde en un tema similar con El coronel Macià (2006), en el que el glosado era el otro president de la Generalitat en tiempos de la II República, Francesc Macià i Llussà, ni el público ni los especialistas muestran interés alguno, certificando que el cine historicista catalán de corte reivindicativo estaba difunto.


Altres pioners de la Transició

O sea, otros pioneros de la Transición. Además de Antoni Ribas, que dio el pistoletazo con la mentada La ciutat cremada (donde se cantaba por primera vez en un film comercial el himno nacional de Cataluña, Els segadors), y del histórico Josep Maria Forn, otros cineastas empezaron a hacer cine en catalán a partir de mediados de los años setenta. Algunos de ellos han tenido una larga trayectoria, que llega hasta nuestros días. Quizá el director de más dilatada filmografía rodada en catalán sea Ventura Pons, que se dio a conocer con el mítico documental Ocaña, retrato intermitente (Ocaña, retrat intermitent, 1978), sobre el famoso travestido andaluz que vivió en Barcelona, film en el que el catalán era todavía casi residual, pero que le permitió iniciar una carrera que dura hasta nuestros días. Esa carrera, lógicamente, ha tenido momentos mejores y peores. De forma abrumadora ha filmado siempre en catalán, aunque en algún momento se haya oído hablar español en algunas de sus películas. Su primera época se caracteriza por un cierto costumbrismo barcelonés de corte marginal, con títulos como La rubia del bar (La rossa del bar, 1986) y ¡Puta miseria! (Puta misèria!, 1989).

A partir de El porqué de las cosas (El perquè de tot plegat, 1994), su cine toma otro rumbo: empieza a filmar adaptaciones de obras literarias: relatos cortos, como la película citada, sobre textos de Quim Monzó, y Animales heridos (Animals ferits, 2006), sobre historias cortas de Jordi Puntí; obras de teatro, como Actrices (Actrius, 1996) y Amigo/Amado (Amic/Amat, 1999), ambas sobre textos de Josep Maria Benet i Jornet, Caricias (Carícies, 1998) y Morir (o no) (2000), las dos sobre originales de Sergi Belbel, y Barcelona (un mapa) (2007), sobre un texto teatral de Lluïsa Cunillé; novelas, como Amor idiota (2005), sobre texto de Lluís-Anton Baulenas. Esa es la mejor etapa ponsiana, la que va desde mediados de los años noventa a finales de los años cero del siglo XXI, una etapa en la que su cine va madurando, decantándose. Sus películas posteriores tendrán menos interés, aunque siga frecuentando las adaptaciones de autores consagrados como Monzó o Belbel.

Las temáticas de Ventura girarán casi siempre en torno al amor, y con frecuencia al amor homosexual, pero también a otros asuntos: el dolor, la enfermedad, las heridas sentimentales, la vejez. Su cine es catalán, pero también universal: podría ambientarse en cualquier otro lugar del mundo, en cualquier otra lengua, y sería perfectamente inteligible, sin prácticamente hacer más cambios que ambientación y nomenclatura de los personajes.

Otro de los pioneros del cine en catalán que empezó a hacer cine en la Transición es Francesc Bellmunt, aunque, digámoslo ya, el interés de sus películas es claramente inferior al de Pons. Bellmunt empezaría haciendo documentales reivindicativos de la cultura catalana, como La Nova Cançó (1976) y Canet Rock (1976), también de alguna forma manifiestos libertarios. Su primer film de ficción será La orgía (L’orgia, 1978), que intentaba mezclar dos de los elementos de su momento histórico, social y político, el “destape” sexual y las reivindicaciones catalanistas. A partir de aquí hará una serie de comedias de no mucho nivel, como Salut i força al canut (1979) y La radio loca (La radio folla, 1986), aunque también intentó ponerse serio (sin mucho éxito...) con un thriller ambientado en los años previos a los Juegos Olímpicos de Barcelona’92, titulado El complot de los anillos (El complot del anells, 1993); tras algún regreso a sus orígenes con Escenas de una orgía en Formentera (Escenes d’una orgia a Formentera, 1996), se despide del cine con la fracasada adaptación del clásico griego Lisístrata (2002), sobre la comedia de Aristófanes.


Amb l’arribada del segle XXI, una explosió de qualitat

O lo es que lo mismo, con la llegada del siglo XXI el cine catalán experimenta una explosión de calidad; el tono reivindicativo prácticamente ha desaparecido, y, si lo hay, lo es en un contexto histórico que no tiene relación con la rabiosa actualidad catalana y no pretende tampoco ajustar cuentas, sino contar historias que interesen, que impacten en el público. En efecto, se puede hablar, sin exageración, de una auténtica eclosión del cine en catalán, no tanto en cantidad como en calidad, muy superior a la de períodos anteriores; citaremos algunos ejemplos.

Agustí Villaronga es mallorquín, pero ha hecho buena parte de su carrera en Cataluña, y con varias producciones en la dulce lengua de Joan Maragall (sí, el poeta, el abuelo de Pasqual, el que fuera alcalde de Barcelona y molt onorable president de la Generalitat). Aunque empezó a rodar en castellano a mediados de los ochenta, a partir del siglo XXI rueda habitualmente sus películas en catalán. El mar (2000), sobre la novela de Blai Bonet, será una de esas escabrosas historias ambientadas en la Guerra Civil, o en la postguerra, que tanto gustan a Villaronga, y en las que, ciertamente, da lo mejor de sí, como ocurrirá también con Pa negre (2010), con la que el balear conseguirá nada menos que 9 Goyas, siendo la película enviada a la Academia de Hollywood para representar a España en los Oscar. También Incierta gloria (Incerta glória, 2017) se ambienta en la misma época, en este caso en la Barcelona republicana de 1937, y también fue una estimulante aportación al cine histórico sobre aquel tiempo.

Manuel Huerga es el autor de Salvador Puig Antich (2006), sobre la vida y la muerte, por ajusticiamiento, del joven barcelonés cuyo nombre da título al film, una notable película sobre un lacerante hecho histórico ocurrido en los años sesenta, el último civil español que fue sometido a garrote vil por el régimen de Franco, hablada tanto en castellano como en catalán, la lengua vernácula del personaje central. Por su parte, el barcelonés Kike Maíllo llamó poderosamente la atención con Eva (2011), hermosa historia futurista hablada en castellano y catalán, de una sutileza sobresaliente; curiosamente compartía con Salvador Puig Antich a su protagonista, el actor hispano-alemán Daniel Brühl.

Carlos Marques-Marcet se dio a conocer hace unos años con 10000 km (2014), film sobre el amor y la (im)posibilidad de mantenerlo vivo gracias a las nuevas tecnologías, cuando la separación física hace inviable otra forma de comunicación. Carlos, que había concitado numerosos elogios con esa ópera prima, también gustará mucho con Tierra firme (2017), cosmopolita, rodada en los canales de Londres, con una pareja lesbiana como protagonista y cómo el deseo de una de ellas de formar una familia teniendo descendencia introducirá una importante y creciente distorsión en la relación entre las dos mujeres; temas graves como el miedo al compromiso, la pérdida de libertad, el deseo de trascender, estarán en esta admirable cinta.

De principios de esta década es Los niños salvajes (Els nens salvatges, 2012), producción catalano-andaluza con una madrileña en la dirección, Patricia Ferreira, pero siendo un film por contexto e historia plenamente catalán, una desasosegante mirada sobre esa delicada, vidriosa edad que hemos dado en llamar adolescencia.

Verano 1993 (Estiu 1993, 2017), ópera prima (quien lo diría...) de Carla Simón, nos trae una historia de tintes autobiográficos, el drama de una niña de apenas 6 años que ha de aprender a vivir con la familia de sus tíos a la muerte de sus padres, una historia que conmovió y cautivó a partes iguales. Por último hablaremos de Las distancias (Les distàncies, 2018), de Elena Trapé, que nos ha dado la excusa para hablar del cine en catalán, y sobre todo, del estupendo cine en catalán de la última década; es una historia también cosmopolita, rodada en Berlín, hablada en catalán, español, inglés y alemán, nada menos, con toda naturalidad, que habla de amor y desamor, de frustración, de una generación perdida que busca aún su lugar en el mundo.

Lo dicho: volem més cinema en catalá, si us plau (queremos más cine en catalán, por favor...).
 


Ilustración: Una imagen de Verano 1993 (Estiu 1993, 2017).