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Douglas Sirk fue un cineasta alemán que ejerció su profesión en su país natal hasta 1937, cuando escapó del régimen nazi para asentarse en Estados Unidos, donde llevó a cabo una fructífera carrera. En especial fue muy notable la década de los cincuenta, en la que rodó varios melodramas espléndidos: Obsesión (1954), Solo el cielo lo sabe (1955), Escrito sobre el viento (1956), Tiempo de amar, tiempo de morir (1958) e Imitación a la vida (1959), entre otros, le elevaron a la cúspide del cine dramático norteamericano de la época.

De él dijo Rainer Werner Fassbinder “si hubiera conocido antes su cine, mis películas hubieran sido mejores”. Y ciertamente el cine de Sirk, sobre todo en esta etapa de los cincuenta y dentro del género del melodrama, son auténticas lecciones de cómo rodar, de qué paleta de colores utilizar, de cómo afrontar una historia con personas antes que personajes.

La historia se ambienta en tiempos de la Gran Depresión americana. En ese contexto de miseria, el periodista Burke conoce a un extraño trío: Shumann, héroe de la Primera Guerra Mundial que se gana la vida como piloto de acrobacias aéreas; LaVerne, su mujer, que colabora con él en las exhibiciones; y Jiggs, mecánico del grupo, que profesa un amor nada secreto hacia LaVerne. El matrimonio tiene un niño pequeño, del que sus amigos se mofan preguntándole cuál de los dos hombres es su padre...

Tiene Ángeles sin brillo el tono desalentado del universo de William Faulkner, en cuya novela Pylon se basa el guion de George Zuckerman. Un tono desalentado finalmente esperanzado, en una historia que juega con temas morales que para la época debieron ser más que subidos de tono: la ambigua relación del trío protagonista, al que incluso se añade el periodista que, es evidente, está fascinado por la bella; la petición del marido a la esposa de que suplique a su rival (un empresario inescrupuloso que bebe los vientos por la mujer) para que le permita utilizar un avión de su propiedad, con lo que ello presupone, serán algunos de los vidriosos asuntos que Sirk se permite afrontar en este melodrama tan bien armado, tan espléndidamente filmado en blanco y negro por el director de fotografía Irving Glassberg, una película sobre los sentimientos amorosos cruzados, sobre la honestidad, el valor y la adicción, que no tiene por qué ser a algo físico, sino a un intangible como volar, volar, volar...

Al éxito del film no fue ajeno, ni mucho menos, un elenco artístico que era bastante frecuente en el cine sirkiano de los cincuenta, sobre todo un Rock Hudson que supuso para el cineasta germano-americano algo así como un actor fetiche, y que hizo para Sirk los mejores personajes de su carrera. Pero también Dorothy Malone está estupenda, como ese Robert Stack también muy sirkiano, también muy hierático, a pesar de lo cual esa circunspección resulta muy adecuada para su personaje. Como secundario aparece un Troy Donahue que se iba a convertir en pocos años en ídolo de jovencitas, a pesar de (o quizá precisamente por...) sus notables limitaciones como actor.


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91'

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Ángeles sin brillo - by , Jul 01, 2019
4 / 5 stars
Un extraño trío