Pelicula:

Tras dirigir una de sus cumbres, Million dollar baby (2004), Clint Eastwood, que frisaba ya los tres cuartos de siglo de edad, acometió una de esas empresas que generalmente afronta gente joven y con ímpetus nuevos: rodó un díptico sobre la batalla de Iwo Jima, en la Segunda Guerra Mundial, contendida en 1944 por los marines norteamericanos, por una parte, y el ejército imperial nipón, por otra, ambos disputándose el islote de Iwo Jima, un pedrusco en el Pacífico cuya importancia estratégica para ambos era sustancial, empleándose ambas fuerzas militares con una inusitada ferocidad, presintiendo, no sin razón, que la batalla era en buena medida decisiva para el resultado de la guerra.

El díptico fue producido tanto por Malpaso, la compañía de Eastwood, como por Amblin, la de Spielberg, y distribuida mundialmente por DreamWorks, que en aquellos años estaba a punto de ser vendida por sus fundadores, el propio Spielberg y los magnates David Geffen y Jeffrey Katzenberg. El hecho de que Eastwood compartiera producción con Spielberg se puede atribuir al hecho del alto coste del díptico, en especial la primera parte, Banderas de nuestros padres (2006), que debía contar la batalla desde la perspectiva norteamericana, y cuyo presupuesto ascendió a 90 millones de dólares, con una respuesta en la taquilla mundial bastante moderada, en torno a los 66 millones. Menos mal que la segunda parte, esta Cartas desde Iwo Jima (2006), que presentaba la batalla desde la mirada nipona, fue mucho más barata, solo 19 millones de dólares, y su recaudación mundial, 69 millones, fue algo superior a la del primer segmento.

Y no deja de ser curioso ese comportamiento en taquilla y la disparidad en los presupuestos, tal vez atribuible al carácter casi suicida (comercialmente hablando) de la parte del díptico visto desde los rasgados ojos japoneses: con una fotografía en color especialmente decapada para parecer casi blanco y negro, hablada casi totalmente en japonés, sin ninguna estrella (Ken Watanabe, que lo es en Japón, no lo es en el resto del mundo, no digamos en Hollywood), con una mirada claramente pronipona, aunque no antinorteamericana, la propuesta se antojaba cuando menos arriesgada. Un presupuesto muy modesto ayudó a que el empeño no se saldara con un fracaso económico.

Hubiera sido lamentable, porque ciertamente en el apartado artístico se puede decir que Cartas desde Iwo Jima mejora a la otra parte del díptico, Banderas de nuestros padres, centrada en la repercusión y la polémica desatada por la famosa foto de Joe Rosenthal que se constituiría en una de las instantáneas fetiche del conflicto bélico, con varios marines USA colocando gallardamente la bandera de las barras y las estrellas en un montículo del islote japonés.

El film comienza con unas excavaciones en 2005 en Iwo Jima, realizadas por una serie de arqueólogos e historiadores que buscan elementos físicos que permitan recomponer exhaustivamente lo ocurrido en la batalla en 1944; tras el encuentro de algo que parecen cartas enterradas, volvemos en flashback hasta el momento histórico de los días previos a que se desarrollara la pugna bélica, con la llegada a Iwo Jima del general Kuribayashi, un oficial nipón que había tenido una dilatada relación con los norteamericanos en su estancia en Estados Unidos como agregado militar años atrás, y que se verá en la obligación de enfrentar a los que eran sus amigos y ahora son sus enemigos; con inteligencia, con astucia y buen sentido, el general organizará una defensa que sabe de antemano perdida, pero que, conforme a los rígidos cánones del honor del Imperio Japonés, sabe también que ha de ejecutar hasta el último hombre, incluido él...

La película perfectamente podría haber estado dirigida por un cineasta japonés, y no por ello habría sido más comprensiva, más cómplice de la tragedia de los militares  nipones, obligados por su código de honor a vencer o (lo que era más evidente) a morir en el empeño. Y es que en la película se advierte claramente la atmósfera pesimista del ejército nipón, que sabe ya, o intuye, que va a perder la guerra.

Nos encontraremos entonces dos líneas concatenadas, la de los oficiales y la de los soldados de a pie; mientras que los primeros están obsesionados por el honor, el emperador y el imperio (todo ello se puede escribir también con mayúsculas, para que parezcan conceptos más importante...), los soldaditos de leva, con frecuencia, tienen serias dudas de si merece la pena morir en aquella merienda de negros; algunos intentan desertar, otros renuncian a suicidarse al grito de “banzai”, y los más escriben a sus familiares en la metrópoli cartas no muy patrióticas, aunque temen que les espíen por ello. Entre la oficialidad menudea la imbecilidad (como el oficial temerario que está deseando morir en batalla aunque sea contraviniendo todas las órdenes), salvo en contados casos como el general al mando, mientras que entre los soldados lo que prima es el intento de, si es posible, salir con bien de aquel infernal atolladero.

Durante la primera parte, cuando el ejército imperial se prepara para la batalla que se avecina, los recuerdos de sus hogares será el recurrente tema, casi de carácter costumbrista, en las conversaciones de los soldados, la añoranza de cuando eran civiles y tenían una vida normal, lejos de aquel secarral en el que, ya lo saben, terminarán sus existencias.

Otro de los puntos de interés del film es la visión de los japoneses como gente corriente, de forma tan lejana a la que la propaganda bélica yanqui de la guerra y de la postguerra presentaba de ellos, como bestias sin alma, corazón ni humanidad.

Con una elegante realización, marca de la casa de Eastwood, con una planificación serena, estilizada y a la par dolorosa, melancólica, se nos cuenta, sin alharacas ni florituras, la crónica de una batalla que los “japos” sabían pérdida de antemano, pero que hicieron pagar muy cara a sus enemigos los yanquis, aquí casi siempre vistos de forma anónima, como “el enemigo”, incluyendo algunas escenas en las que no terminan precisamente bien parados, como aquella en la que ejecutan sumarísima, arbitraria, abyectamente, a oponentes que se habían rendido. Desertores que, por cierto, en contra de lo que suele presentar el cine bélico, tan dado a ensalzar a los héroes y a vilipendiar a los cobardes, están aquí tratados con humanidad, son gente que no entiende por qué tienen que morir por nada, personas con sentimientos y miedos, ajenos a la retórica patriotera al uso.

Con momentos de una intensidad emocional extraordinaria, como la conmovedora carta de la madre del prisionero yanqui que salvará temporalmente la vida de este, la frase definitiva, que quizá podría quedar en el frontispicio de esta crudelísima batalla, sería la que les dice a sus hombres el recto oficial japonés tras quedarse ciego por la metralla de una bomba: “hagan lo correcto, porque es lo correcto”.

Como queda dicho, la única figura en el film, al menos desde un punto de vista internacional, es el veterano Ken Watanabe, al que ya hemos disfrutado en films como El último samurái (2003), en el que le daba la réplica a Tom Cruise, Memorias de una geisha (2015), e incluso estuvo en Origen (2010), de Christopher Nolan.

(31-08-2020)


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141'

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Cartas desde Iwo Jima - by , Aug 31, 2020
4 / 5 stars
Hagan lo correcto, porque es lo correcto