Pelicula:

La última toma se inicia con un rótulo que indica “El libro de Rafael Utrera Macías Claudio Guerin Hill. Obra audiovisual, publicado por la Universidad de Sevilla, se ha tomado como guía de este documental”. Por supuesto, aunque eso es así, parece evidente que el lenguaje cinematográfico es distinto del literario, por lo que Ponce, como director, utiliza el exhaustivo material informativo que proporciona el volumen utreriano para contarnos la vida, la obra y la muerte de Claudio Guerin, pero utilizando como vehículo, fundamentalmente, una serie de entrevistas de personas que conocieron al cineasta sevillano; así, estarán entre los entrevistados el propio Rafael Utrera, que narra su experiencia como investigador durante los años en los que estuvo acopiando información sobre CGH, que plasmaría posteriormente en el volumen publicado por la Universidad de Sevilla; el crítico sevillano Francisco Casado, que fue compañero de colegio de Claudio en Alcalá de Guadaira y compartió posteriormente con él las labores de crítico de cine en Radio Vida; compañeros de profesión, como los cineastas Juan Antonio Porto y José Luis Egea (este fue codirector, junto a Víctor Erice y CGH, del film de episodios Los desafíos), pasando por técnicos, como el director de fotografía Fernando Arribas, la montadora Julia Juaniz y el guionista Miguel Rubio; y actores y actrices que habían trabajado con Guerin Hill, como Emilio Gutiérrez Caba (presente en el Hamlet que Claudio dirigió en el televisivo Estudio 1), Lucía Bosé (protagonista de su primer largometraje comercial en solitario, La casa de las palomas), Maribel Martín (trabajó para Claudio tanto en el Estudio 1 de Hamlet como en La campana del infierno), José Carabias (coincidió con CGH en el mentado Hamlet televisivo) y Juan Diego (actuó en el catódico El retablo de las mocedades del Cid, a las órdenes de Guerin).

Fiel a la utilización de un lenguaje genuinamente audiovisual, Ponce estructura su documental como una aproximación a la figura de Claudio a través de las personas que lo conocieron más cercanamente en los años de su formación y en sus tiempos ya de profesional, a través de las entrevistas que va dosificando y fraccionando a través de un inteligente montaje que va desgranando datos, señas e indicios de la vida y la obra del cineasta sevillano, conformando a lo largo de la película el retrato de este hombre treintañero, reservado e introvertido pero de desmesurado talento para las artes audiovisuales.

Comienza el film con una imagen blanca que, abriendo el plano, nos muestra la pantalla que se prepara en Noya, en la Plaza Mayor del pueblo donde murió Claudio, en la que se prepara la proyección para los lugareños de La campana del infierno. El film de Ponce continúa en la sala de montaje, donde veremos algunas de las intervenciones de los entrevistados que sitúan al personaje biografiado. Con locución del propio Ponce, a ratos sustituido por otra voz que descuadra un tanto, escindiendo innecesariamente al narrador, la película va avanzando y presentando a las diversas personas que tuvieron una relación personal o profesional con Claudio, a través de las cuales vamos conociendo mejor a esta personalidad atribulada, un cineasta extremadamente meticuloso y perfeccionista hasta el cansancio, que buscó hacerse un hueco en la industria para después rodar el cine que realmente quería.

Con amenidad, con rigor, jugando con las entrevistas, los lugares guerinianos, la mirada hacia atrás sobre su infancia y juventud en Alcalá de Guadaira, y algunas escogidas escenas de los films de CGH (incluso con algunos inéditos de La casa de las palomas), la película de Ponce avanza hacia su tramo final, que se centra en Noya y habla de los momentos cruciales del accidente que costó la vida a Claudio aquel infausto 16 de febrero de 1973, cuando se rodaban, en lo alto de la iglesia parroquial del pueblo, los últimos planos de La campana del infierno. Asistiremos a la proyección actual “ad hoc” de esa película en el mismo lugar donde el propio Claudio murió, cerrando con ello el círculo abierto en la fecha de su muerte, permitiendo con ello que los paisanos del pueblo asistieran, en el lugar de autos, al visionado de la obra que se imaginó y se rodó en aquellos mismos parajes, más de cuatro décadas atrás.

En su parte final, Ponce dota al film de un cierto aura de misterio, acorde con las extrañas circunstancias de aquella muerte, mientras los testigos del accidente van narrando sus impresiones de lo que aconteció, y las personas que lo conocieron relatan cómo recibieron la fatal noticia.

La última toma es, entonces, un estimulante y necesario acercamiento hacia una figura precozmente malograda de la televisión y el cine español, un director, Claudio Guerin Hill, que podría haber dado, sin duda, grandes momentos al audiovisual de nuestro país, un cineasta de raza, creativo, perfeccionista, cultísimo. Su muerte, a los 34 años, fue, además de, lógicamente, una tragedia personal, también una tragedia para el arte y la cultura españolas.


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70'

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La última toma - by , Apr 19, 2019
3 / 5 stars
Notable acercamiento a un cineasta malogrado