Pelicula:

Hay en España una nueva generación de directores y, sobre todo, directoras, que está haciendo un nuevo tipo de cine de lo más interesante. Nombres como los de Carla Simón y Verano 1993 (2017), Elena Trapé y Las distancias (2018), Celia Rico y Viaje al cuarto de una madre (2018) y Belén Funes y La hija de un ladrón (2019), entre otros, presentan una serie de características comunes que nos hacen decir que hay ya una mirada nueva, y sugestiva, en el panorama del cine hispano. Todas ellas son historias incardinadas en temas cotidianos, en familias comunes, en gente corriente. No hay grandes crímenes ni asuntos espectaculares, sino pequeñas tragedias familiares, siempre relacionadas con esa tan delicada materia a la que solemos llamar sentimientos.

En ese talentoso grupo hay también algunos (pocos) varones, como Carlos Marqués-Marcet y sus 10.000 km (2014), Tierra firme (2017) y Los días que vendrán (2019), pero estamos fundamentalmente ante miradas femeninas, miradas en violeta que plantean historias pequeñas que se hacen grandes por la sutileza con la que están contadas, por hacer extraordinario lo que es cotidiano, por maravillarnos con la simpleza de lo normal. A ese grupo de (sobre todo) realizadoras se une ahora un nuevo talento, el de la aragonesa Pilar Palomero (Zaragoza, 1980), licenciada en cine por la prestigiosa ECAM de Madrid y con un máster MFA en realización cinematográfica bajo la tutela del cineasta húngaro Béla Tarr (del que afortunadamente no se le ha pegado la premiosidad ni la pretenciosidad...), y que hasta ahora había realizado varios cortos, con una buena ración de premios en festivales, siendo algunos de ellos realizados en la zona de los Balcanes mientras cursaba el MFA con Tarr. Palomero forma, junto a otros jóvenes cineastas de todo el mundo, el grupo denominado Bistrik7, en el que probablemente se esté cociendo en buena medida el cine inteligente del futuro.

La acción se desarrolla en Zaragoza, en 1992, el año de las Olimpiadas de Barcelona y de la Expo de Sevilla. En un colegio religioso estudia Celia, una introvertida niña de 11 años, hija de una joven mujer que enviudó antes de nacer la pequeña. La llegada de una chica catalana, Brisa, remueve los naftalinosos aires meapilas del colegio y del grupito de amigas de Celia, pero, a su vez, la niña también empezará a tener dudas sobre la verdad en cuanto a su padre y su supuesta muerte repentina...

Tiene Las niñas la virtud de la verdad: ves la película y pareces estar asistiendo, como por el ojo de una cerradura, a un pedazo de realidad, como si se hubiera producido una translocación temporal y hubiéramos aparecido en la Zaragoza de comienzos de los noventa. Hay, entonces, una intencionalidad documental, aunque estemos ante una ficción. Palomero plantea su historia en voz baja, con las dulces tonterías de las niñas en sus clases, con las pazguaterías de las monjas y la llegada de ese momento mágico en el que se entra en la pubertad, en el que se deja de ser infante para ser adolescente, cuando todas las certezas de la niñez son dinamitadas por una nueva etapa en la que la única certidumbre es que no hay ninguna certidumbre... Palomero, guionista y directora, nos presenta a esta pequeña Celia que vive en su zona de confort, con su Jesús de Nazaret de las clases de Religión al que le dedica cartas como de casto amor, con su joven madre aún apesadumbrada (según cree la cría) por su precoz viudez, aunque es otro el peso que la corroe; y esta pequeña, gracias al influjo liberalizador de la recién llegada compañera catalana, empezará a entender que hay otras cosas, otras formas de entender la vida, otro mundo ahí fuera; y, sobre todo, empezará a entender que lo creía sólido cimiento de su vida, su orfandad paterna, tal vez realmente sea otra cosa...

La historia de Palomero tiene ribetes autobiográficos, quizá no tanto en el personaje principal como en el grupito de niñas protagonistas; un tema universal y atemporal como la maternidad soltera se inserta en un tiempo concreto, comienzos de los noventa, cuando España parecía haberse sacudido la caspa franquista (democracia plena, entrada en la entonces Comunidad Económica Europea, organización de grandes eventos de rango internacional como la Expo y las Olimpiadas), pero en la que resistían residuos de pensamiento y de instituciones que se atrincheraban en un país que ya no se correspondía con sus muy limitados esquemas mentales. La campaña gubernamental del “Póntelo, pónselo”, para fomentar el uso del preservativo entre la adolescencia y evitar así embarazos no deseados y el contagio de ETS, puso al país contra el espejo de su propia intolerancia: éramos demócratas, pero ya si eso, que con las cosas del bajo vientre no se juega...

Palomero cuenta su historia en do menor, con una primera parte en la que vamos asistiendo a las pequeñas tonterías de las niñas (todas fresquísimas y estupendas, por cierto, una de las mejores bazas del film), para ir adentrándose, poco a poco, en la íntima tragedia, mínima pero para ella fundamental, de la verdad sobre su filiación paterna, pero también en el drama callado y tan íntimamente embridado de la madre, dos mujeres zarandeadas por algo que en otros países estaba ya tan superado que no hubiera sido imaginable una película así en Francia, en Alemania, no digamos en las nórdicas Suecia o Dinamarca. Pero esto era España, claro, y una España que solo llevaba 12 años de una Constitución teóricamente aconfesional, pero donde la Iglesia Católica, en su facción más conservadora y mojigata, manda(ba) mucho, muchísimo...

Buen trabajo de Natalia de Molina, como es habitual en ella (¿cuándo no está estupenda la linarense?); pero la que es una auténtica revelación es la pequeña Andrea Fandos, con una rara capacidad para sufrir hacia adentro, y además transmitirlo a través de un rostro aparentemente impávido.

Film de leve historia, en la que suceden pocas cosas, y las que suceden ocurren en primeros planos de los rostros de sus protagonistas antes que en planos generales del colegio o de la ciudad, Las niñas es un soplo de aire fresco en el cine español, y confirma que hay un venero extraordinario en las historias de la cotidianidad contadas desde las íntimas, ínfimas tragedias de sus protagonistas. El final, absolutamente deslumbrante en su sutileza, cierra el círculo inicial abierto por las niñas ensayando en el coro del colegio, con nuestra Celia (sí, como la Celia de Elena Fortún, como la Celia de Borau) cantando en playback en la primera escena, a instancias de la monja canora, que no le gusta como suena su voz, y ese plano último, en el que la chica... ¡ay, no, que incurrimos en “spoiler y después nos llaman la atención!

(09-09-2020)


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97'

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Las niñas - by , Sep 09, 2020
3 / 5 stars
La pubertad en los tiempos del “póntelo, pónselo”