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Parece que Clint Eastwood ya no volverá a darnos, como director, momentos de placer artístico como los que nos proporcionó, a manos llenas, con títulos como Bird (1988), Sin perdón (1992), Un mundo perfecto (1993), Los puentes de Madison (1995), Million Dollar Baby (2004) y J. Edgar (2011), por solo citar algunas de sus grandes películas. Sus últimos títulos, El francotirador (2014), Sully (2016) y, sobre todo, la nefasta 15:17 Tren a París (2018), presentaban ya a un cineasta agotado, sin ideas, un director impersonal, casi vulgar, que no tenía nada que ver con las excelencias citadas.

Y no es que Mula sea, stricto sensu, una mala película: se deja ver, es resultona, tiene una historia peculiar... pero nada que ver con la excelsitud del mejor cine eastwoodiano. Habrá que convenir entonces, que, a partir de una determinada edad (Clint cumple en pocos días la bonita cifra de 89 “tacos), es mejor dejar el arte para gente más joven; sobre todo un arte como el cinematográfico, un arte en equipo, tumultuario, donde hay que dirigir “crews” como si fueran ejércitos, con casi cien intérpretes con frase y casi trescientos técnicos; por supuesto que hay varios ayudantes de dirección que hacen el trabajo sucio, pero al final, el último responsable de todo es el director, que en este caso, me temo, no puede ya con los pantalones.

La acción se desarrolla en Illinois, con un prólogo que se sitúa a principios de este siglo XXI. Earl es un septuagenario solitario que ha defraudado permanentemente a su familia: exesposa, hija... solo la nieta, Ginny, cree aún en él. Es un hombre dedicado por entero a su negocio de flores y a sus relaciones y amistades. Ese día olvida que es la boda de la hija, Iris, lo que hace que esta le retire, quizá definitivamente, la palabra. 15 años después su negocio de flores ha decaído hasta dejarlo en la bancarrota por culpa del comercio por internet. Así las cosas, alguien le sugiere que puede hacer dinero fácil solo conduciendo de un lugar a otro del país. Acuciado por las deudas, y queriendo ayudar a su familia (gastos universitarios de la nieta, etcétera), accede a hacer ese porte, que se repetirá más veces...

Mula es un thriller entreverado de drama (o viceversa) que tiene lo que los publicistas llaman una “idea fuerza”. En este caso, la primacía de la familia sobre cualesquiera otras cosas. Parece como si Eastwood, tal vez con la conciencia no demasiado tranquila en ese aspecto, haya querido remarcar, en este que podría ser su testamento cinematográfico (dada su avanzada edad, no sería descartable), que la atención a la familia es lo primero, por encima del trabajo, de los negocios, de todo. Esa idea se presenta de forma directa y también indirecta en varias ocasiones, por si no habíamos captado el mensaje. Lo que pasa es que no es precisamente una idea original, sino que el cine, y la televisión, están llenos de productos que insisten (se ve que con poca fortuna...) en lo mismo. El hecho de que su propia hija Alison Eastwood encarne a su hija en la ficción, la hija permanentemente defraudada por su padre, abona la sensación de que la historia, al menos en ese aspecto, es bastante autobiográfica.

Aparte de eso, es evidente que la gracia, por así decirlo, del film, está en el carácter de octogenario (o nonagenario, no queda demasiado claro en la peli) del protagonista, que, acosado por su maltrecha economía, da en transportar alijos de droga, progresivamente crecientes cuando sus ominosos jefes comprueban la excelente y decorosa fachada que supone contar con una “mula” de sus características, con más arrugas que un traje de Adolfo Domínguez y con una apariencia de probidad a prueba de bombas y de todo tipo de delitos, multas de tráfico incluidas.

Pero esa novedad, esa “gracia” a la que aludíamos, pronto se va diluyendo conforme van sucediéndose los portes con los estupefacientes (llegamos a contar doce, si mal no recordamos, incluso con letrero indicador en la propia película, para que no nos perdamos...), lo que consigue un efecto de reiteración que, nos parece, no estaba en los planes de Eastwood. La sensación de “déjà vu” no es buena para el cine (realmente para nada...), y aquí, a partir del tercer o cuarto porte, se da constantemente.

Está también la relación inicialmente cuasi anónima entre Earl (al que los sicarios con los que se junta llaman “Tata”) y el agente Bates de la DEA (la agencia federal contra el tráfico de drogas, para entendernos), que propicia algunos buenos diálogos, y que trascienden la mera relación entre el agente de la ley y el delincuente. También es curioso que el personaje protagonista, por su avanzada edad y, consecuentemente, estar más allá del bien y del mal, carezca de filtro, y hable tal y como piensa, sin atender a ese fenómeno hodierno, con frecuencia nefasto, que conocemos como corrección política.

Pero poco más: los problemas del protagonista con su familia nos suenan a manidos, a archisabidos, a repetidos “ad nauseam” incluso en mediocres telefilms para sestear en la sobremesa: indignos, en cualquier caso, de un maestro de la talla de Eastwood. Lástima, porque tenemos en gran estima su cine, y porque es una pena que (no lo quieran los hados) su última película como director sea esta mediocridad que ciertamente no le merece.

Clint, como siempre, se acopla adecuadamente a su personaje, que realmente no deja de ser el mismo que viene reproduciendo desde que empezó en la televisión en los años cincuenta: porque Eastwood, no se olvide, pertenece a la misma estirpe de John Wayne, con un único personaje (con diferentes nombres, profesiones, etcétera), pero qué personaje... Del resto nos quedamos con el buen hacer de Bradley Cooper, que ya definitivamente parece haber dejado atrás su etapa de cine rijoso para convertirse en un fiable actor todoterreno, capaz de dramas en los que hace solventemente de tipo con un plomazo dado (El lado bueno de las cosas), atormentado militar (El francotirador) o cantante en declive (Ha nacido una estrella, versión 2018). Y, por supuesto, con Taissa Farmiga, la hermana menor (21 años menor, para ser exactos...) de la también talentosa Vera Farmiga. Inferior nos ha parecido la woodyana Dianne Wiest, que siempre ha sido estupenda pero aquí no nos la terminamos de creer. Andy García hace uno de esos personajes secundarios en los que se ha especializado, lejos ya los tiempos en los que, en El Padrino III, pareció que se iba a comer el mundo: sic transit gloria mundi...


(12-03-2019)


 


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116'

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Mula - by , Apr 12, 2020
2 / 5 stars
Clint no se merece este final