Pelicula:

De Eliza Hittman (Nueva York, 1979) habíamos visto previamente Beach rats (2017), un sensible drama sobre la identidad sexual, pero también personal, en un entorno rabiosamente machista, que llamó en su momento la atención y consiguió un buen puñado de premios de corte “indie”. Ahora Hittman escribe y dirige su tercer largo, este Nunca, casi nunca, a veces, siempre, que también ha conseguido ser galardonada en varios festivales (Berlín, donde logró el Oso de Plata a la Mejor Dirección, y Sundance, con el Premio Especial del Jurado), aunque la pandemia, que le pilló justo en el momento de su estreno en los USA, ha deslucido su carrera comercial.

Pero lo cierto es que la película de extraño título (que se explica perfectamente cuando se visiona el film) tiene interés, mucho interés, como para que quede sepultada en estos tiempos convulsos de cines vacíos y miedos sordos. La acción se ambienta en un pueblecito de Pensilvania, el estado norteamericano situado en el Noreste del país. Autumn es una adolescente de 17 años, introspectiva y callada, que estudia en el instituto, trabaja en un supermercado local y tiene como hobby componer y cantar canciones. La película se inicia precisamente con la fiesta de fin de curso de su centro escolar, donde Autumn canta una canción sobre el amor absoluto a pesar del maltrato de pareja. Poco después la adolescente confirma que está embarazada, al parecer de 10 semanas. Se entera de que siendo menor en Pensilvania no puede abortar sin el consentimiento paterno, y ella no quiere que se entere su madre. Se lo confía a su prima Skylar, y juntas deciden hacer una excursión a Nueva York, donde se puede abortar siendo menor de edad sin el requisito parental...

Una de las primeras películas que nos llegó del nuevo y pujante cine rumano fue 4 meses, 3 semanas, 2 días (2007), que planteaba una historia bastante parecida a esta. En ambas dos mujeres, la embarazada y una amiga, buscan un aborto en condiciones precarias, que habrá de tener como peaje una intolerable sevicia. Aquí, aunque en un tono diferente, tendremos una situación muy similar, con un tiempo de embarazo (18 semanas) solo algo menor del que existía en la película rumana, y que le daba el título al film.

Pero, claro está, la directora Hittman no ha hecho una versión de la rumana, sino su propia historia, sobre las carencias y las dificultades para ejercer la maternidad (y, sobre todo, la no-maternidad) en la América profunda, donde teóricamente se ejerce el derecho con libertad, pero donde ladinamente, o no tan ladinamente, las autoridades, tanto políticas como sanitarias, inducen a la mujer preñada hacia el mantenimiento del embarazo, bien manteniendo al bebé en su familia, bien dándolo en adopción. Hittman opta por un relato en clave realista, pero sin tremendismos, como si estuviéramos siguiendo con una cámara oculta las peripecias de esta adolescente que no quería quedarse embarazada y que, además, según veremos por el rígido cuestionario sobre vida sexual (cuyas respuestas justifican el título del film) al que es sometida la chica en la clínica abortiva de Nueva York, con frecuencia ha sido objeto de sometimiento físico por la fuerza y de maltrato de género.

Rodada con una textura de color premeditadamente feísta, con los ambientes vulgares de Pensilvania (el cetrino hogar de clase media baja, el gris supermercado, la rancia clínica de planificación familiar que parece un centro Pro-Life) y los no menos vulgares urbanos de Nueva York (el metro, los restaurantes “fast food”, los salones de juegos abiertos toda la noche), la película cala hondamente en el espectador por su retrato de una adolescencia zarandeada, una adolescencia, en femenino, que se aleja del sueño americano, aquí más bien una pesadilla; supone Nunca, casi nunca... un aldabonazo sin estridencias sobre las conciencias, una denuncia sin perfiles extremos sobre una realidad lacerante, la de los embarazos no deseados en la pubertad, en las clases bajas, en los estados más conservadores, donde las opciones son escasas y muy duras sus consecuencias; pero también sobre las dificultades para el sexo ejercido en libertad, sobre esa lacra de las relaciones sexuales en las que el varón ejerce la fuerza sin que la mujer sepa, o pueda, o quiera, oponerse a sus designios.

Con un uso matizado y sin crispaciones de la cámara en mano, con una profusa utilización del primer plano que escruta fundamentalmente el rostro de la protagonista, pero también el de su prima e íntima amiga, la película de Hittman es una apuesta seria y rigurosa que, además, no subraya nunca, solo muestra, para que el espectador, al que se le da, como corresponde, el rango de adulto, saque sus propias conclusiones. Con algunos momentos cinematográficamente espléndidos (ese primer plano mantenido sobre el rostro de Autumn mientras se le hace el cuestionario del “Nunca, casi nunca...”, en el que no hace falta que dé algunas respuestas porque ya su cara lo dice todo; ese plano en el que la chica embarazada coge la mano de su prima alrededor de una columna mientras esta paga, en carne y en contra de su voluntad, el precio del dinero prestado por un chico), Nunca, casi nunca, a veces, siempre es cierto que tiene un metraje quizá algo excesivo, porque la casi única situación (las dos amigas en Nueva York) a partir de la primera media hora se hace a veces algo reiterativa; quizá 10 minutos menos habrían dado como resultado un film más seco, más duro, más cortante. Pero ello no obsta para que estemos ante una película mayor, en la que, además de sus evidentes méritos cinematográficos, hay un aliento liberal, hay una generosidad para con el espectador (al que no se le pastorea, como tan habitual es en este tipo de cine, en un sentido u otro) que hace que estemos ante una película grande hecha con pocos medios, sin estrellas, solo con el talento de una cineasta que se muestra como una de las más interesantes propuestas del cine “indie” americano actual.

Atención a la protagonista, la cantante y compositora Sidney Flanigan (por cierto, con un parecido razonable con Saoirse Ronan, o así nos lo parece...), jovencísima y con una rara capacidad para sufrir “hacia adentro”, con un rostro  implacablemente cartografiado por Hittman, que saca lo mejor de esta actriz que pensamos tiene un envidiable futuro. Bien su coprotagonista, Talia Ryder. En un papel secundario aparece el canadiense Théodore Pellerin, que en Génesis (2018) tenía un papel muy, muy distinto...

(27-09-2020)


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101'

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Nunca, casi nunca, a veces, siempre - by , Sep 27, 2020
4 / 5 stars
4 meses, 3 semanas, 2 días