Película: Pequeño Gran Hombre Inmensamente viejo como un profeta bíblico, arrugado y amarillo como un pellejo inútil, lúcido al fin, Jack Crabb cuenta su vida y otras muchas a un joven voluntarioso y pedante, y a un magnetófono frío y distanciado, en un hospital cualquiera. Su narración es la historia de Pequeño Gran Hombre, un hombre blanco, un indio, un cheyenne “ser humano”, a veces guerrero, a veces trotamundos, en otras ocasiones pistolero, borracho o visionario, y siempre un Pequeño Gran Hombre.

Arthur Penn es el autor del film que recoge la peregrina vida y andanzas multiformes de un chico raptado por cheyennes, protegido de esposa de un clérigo, timador de ocasión y hasta barbudo anacoreta un tiempo. Es una historia densa, en la que muchas cosas pasan en pocos momentos, donde vamos conociendo multitud de personas en multitud de hechos, y en la que siempre queda como trasfondo la historia vergonzosa del genocidio indio.

En un retablo cuajado de figuras, éste que nos compone un Arthur Penn lúcido y amargo, desencantado y cínico, casi esperpéntico, lejos de su poesía hermosa y añorante de Bonnie and Clyde, o de la denuncia a quemarropa e inmediata de La jauría humana. Casi por el camino desconcertante y desigual de su anterior El restaurante de Alicia, pero con mayor precisión y puntería, el director americano compone una panorámica sin concesiones de esa parte de la Historia de su país tan exaltada por la épica y por el cine como el Viejo Oeste, la lucha con los indios, la gesta expansionista hacia el Pacífico. No busca el realismo naturalista, sino el dibujo cáustico, no exento de amargura y de tristeza muchas veces, el narrar algo no fielmente real, sino veraz.

Como en El zurdo o en El milagro de Ana Sullivan, el director no presenta la historia, sino que la recrea a su manera. El tiempo y los años, la profesionalidad y la madurez dan como resultado la obra casi maestra en Pequeño gran hombre, cinta espléndida y redonda, reconfortante y esperanzadora, que reconcilia con los nuevos valores americanos.

El tema principal de esta su última cinta es para Penn, sin duda, el genocidio indio, tantas veces falseado y tergiversado en el cinema yanqui. Sólo filmes aislados tocaban honradamente el tema, como el viejo John Ford en su El gran combate, emocionado y solemne canto de funeral del otoño cheyenne. Ahora, Arthur Penn vuelve a mirar con veracidad y honradez esta gesta de los buenos y blancos colonos anglosajones que, fieles a su lema expansionista en las nuevas tierras americanas, no dudaron en eliminar al indio, como estorbo ocasional. En Pequeño gran hombre este genocidio se nos da en forma discontinua, como “leit motiv” que vuelve incansable a la pantalla para recordarnos cómo se expulsó y mató al indio nativo americano.

Aunque, afortunadamente, en el film de Arthur Penn conocemos no al indio, sino a muchos indios, cada uno con su personalidad, sus defectos o virtudes. Estamos lejos del canto paternalista, del “buen salvaje”, y estos indios que vemos son humanos y contradictorios, nobles o villanos, cobardes, valientes, afeminados, crueles o bondadosos. Es un mosaico distinto y matizado que nos devuelve una imagen enriquecida y válida del indio, lejos del documentalismo aventurero de Un hombre llamado caballo, pongamos por caso.

Con su sentido homérico y a la vez cotidiano, con sus hombres legendarios vistos en detalle, Pequeño gran hombre no es ni epopeya ni desmitificación ramplona al uso. Es un acercamiento equilibrado y maduro, lleno de humor y desencanto, valiente y personal. Gran obra de Arthur Penn, que nos demuestra cómo hay caminos infinitos para revalorizar un género o un cine. Un cine difícil, que nos propone un sinnúmero de personajes que pueblan aceleradamente y continuamente la pantalla. Porque en el film de Penn, como en el universo literario de un Marcel Proust o un García Márquez, las personas van y viene por su discurrir, cruzando por la historia, entrando y saliendo, componiendo el tapiz.

Desde la hermana del protagonista al timador podado de sus miembros, la señora Pendrake, el pistolero melenudo e insigne, el ridículo y criminal coronel Custer, la esposa sueca, los diversos indios y no digamos su viejo jefe, todos, una y otra vez van apareciendo por la pantalla como  miembros de un coro eterno que se resiste al olvido. Este carácter cíclico –en esto sí epopéyico--, este ir y volver, otorga al film de Penn un resabio de fresco primitivo, de retablo cuajado de figuras que no deja resquicio sin poner personaje, de obra colectivista que no quiere una historia, sino muchas. Orquestándolas todas, Jack Crabb, Pequeño Gran Hombre, (encarnado por un Dustin Hoffman increíble y memorable), da la línea y esquema al eje primordial de la película.

Cinta madura como pocas, divertida y difícil a un tiempo, atolondrada y exacta, Pequeño gran hombre es un hermoso compendio de cómo entender el cine y la historia a contar, una cinta que nos llega muy dentro. Cuando al final el magnetófono se para y el viejo termina su enjundiosa historia, casi esperamos ver aparecer al jefe indio, una vez más, afirmando jubilosamente que su corazón se remonta como un gavilán al contemplar a su Pequeño Gran Hombre.

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139'

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Pequeño Gran Hombre - by , Apr 17, 2013
4 / 5 stars
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