Pelicula:

Esta película forma parte de la Sección Oficial del 58 Festival Internacional de Cine de Gijón.

El cine rumano sigue por donde solía, aportando nuevas películas que continúan configurando un corpus coherente, con una serie de características (al menos en el que nos llega a Occidente) que se repiten prácticamente en todos sus films: en el contenido, realismo, cotidianidad, historias urbanas, conflictos propios de una sociedad desarrollada; en la forma, a través de historias filmadas en largos planos secuencia, con complicadas coreografías de los actores, que se desenvuelven en escenarios cada vez más complejos. Con esas características nos han llegado un puñado de estupendas películas desde principios de este siglo XXI: La muerte del señor Lazarescu (2005), 4 meses, 3 semanas, 2 días (2007), Madre e hijo (2013), El tesoro (2016), Los exámenes (2016)... pero también en los últimos años se aprecia un descenso en el interés de las producciones, con films como Sieranevada (2016), Ana, mon amour (2018) o La Gomera (2019), en un cine que, sin ser deleznable, baja en su interés (que no en la complejidad de la forma) con respecto a los títulos antes citados.

Con Poppy field ocurre algo parecido. La historia se ambienta en la Rumanía actual. Conocemos a Cristi, agente de policía (allí llamada Jandarmeria) que recibe en su casa a su novio, Hadi, un joven musulmán que vive fuera del país y trabaja como azafato de línea aérea. Hadi le propone visitar juntos algunos lugares de Rumanía, para disfrutar del país, pero a Cristi no le gusta la idea. Catalina, su hermana, que los visita pese a que él no quería, también insiste en lo mismo, hasta que Cristi se enfada. Más tarde acude con sus compañeros a un servicio en un cine donde exhibían un film de corte gay, que un grupo ultra ha boicoteado subiéndose al escenario e interrumpiendo la proyección. En el transcurso del servicio uno de los jóvenes que están allí habla a Cristi, le ha reconocido porque han tenido algunas citas con anterioridad...

Eugen Jebeleanu (por cierto, tiene el mismo nombre y apellido que una gloria de la patria, un famoso poeta homónimo que aunque participó inicialmente del fervor comunista, se apartó después del régimen prosoviético) es un director teatral y de ópera rumano, además de actor, licenciado en la Universidad Nacional de Artes Teatrales y Cinematográficas; se declara abiertamente gay. Como director se estrena con esta Poppy field, traducción literal al inglés del metafórico título original, Câmp de maci, algo así como “Campo de amapolas” (todo esto si el traductor de Google no se equivoca...). Lo cierto es que estamos ante un film sobre el conflicto interior en el que vive ese agente de policía que, siendo homosexual, no está dispuesto a que esa condición sea conocida por nadie que no sea de su más íntimo círculo familiar, y de ninguna manera por sus compañeros de la Jandarmeria. De ese conflicto, y de la posibilidad de que uno de los espectadores del cine pueda descubrirle, parte el problema central del film, su agresión a este y las consecuencias que ello puede depararle en su trabajo como policía.

Jebeleanu se muestra como un consumado director en la puesta en escena: como es marca de la casa en el cine rumano, su película es de un extraordinario virtuosismo en las formas, contándonos su historia a base de largos planos secuencia en los que la cámara sigue con desenvoltura a los personajes en escena, sean pocos, como ocurre en los primeros minutos, en la casa de Cristi, o muchos, como sucede más tarde cuando los policías llegan al cine. En este último caso la cámara se desliza con facilidad entre los dos grupos enfrentados y los agentes de la ley que intentan poner calma y algo de sentido común en lo que evidentemente no lo tiene. Pero el problema viene cuando la historia que se nos cuenta se revela pronto como demasiado corta para el (de todas formas) escaso metraje del film, 81 minutos; porque una vez llegado a la sala de cine, los largos planos secuencia se suceden sin mucho que contar, haciéndose pronto reiterativos, con los ultramontanos con sus estampitas religiosas y sus banderitas y su moral mojigata, y los espectadores intentando entender qué diantres ha pasado para que aquel hatajo de mentecatos les haya interrumpido la visión del film. En esas escenas se pasan los minutos y los minutos, y aunque la cámara se mueve de un lado para otro, ora siguiendo a Cristi y su cara circunspecta, ora siguiendo a los espectadores y manifestantes en el enfrentamiento verbal de tensión creciente, lo cierto es que llega el momento que se nos da una higa lo que pase en el cine, haciéndose la escena innecesariamente confusa y alargada. Porque los planos secuencia también tienen que tener una duración adecuada, no sirve estirar “ad nauseam” una situación como si se tratara de batir algún record. Así las cosas, estamos ante el enésimo caso de la historia que serviría para un corto, como mucho para un mediometraje, y cuyo hinchado a un minutado de cine comercial estándar, alrededor de la hora y media, juega en su contra, haciendo premioso lo que no tendría por qué serlo.

¿Quiere eso decir que Poppy field carece de interés? No, se trata de un film con cosas estimables, como el propio conflicto en el que vive su protagonista, demediado por una parte entre el mantenimiento de su relación sentimental y sexual con su novio, y por otro lado seguir presentando la fachada de macho alfa en su trabajo, un cuerpo de la seguridad del estado en el que las tendencias gais en su seno no parecen ser demasiado bien recibidas. De ese conflicto, de esa fricción entre sus dos sentimientos contrapuestos, surge la agresividad contra quien puede poner en jaque su “statu quo”, como una forma de expresar su propia angustia vital.

También es interesante algunas historias tangenciales, como la que cuenta uno de los agentes a Cristi, a modo de narración secundaria dentro de la narración principal, con un primer plano de ambos tomado en profundidad de campo, una historia de honda humanidad que estremece. Por supuesto, queda patente también la denuncia del director con respecto a la intolerancia sobre las conductas al margen de la heterosexualidad, aunque Jebeleanu, con buen criterio, opta por presentarla de forma entomológica, sin subrayados.

Con un final en anticlímax, que ciertamente desconcertará a más de uno, Poppy field termina siendo una interesante aportación del nuevo cine rumano a la normalización del fenómeno LGTB en su país (tarea que, según parece, tiene pinta de ser ardua...), aunque quede un tanto desvaída por la escasa anécdota contada con respecto al metraje utilizado. Jebeleanu se revela como un director sólido y seguro, al que historias más ajustadas al metraje previsto le deberían permitir mejorar sus películas.

El muy matizado trabajo del protagonista, Conrad Mericoffer, que ha de exteriorizar su fuerte conflicto interior a la vez que mantiene el hieratismo para no delatarse, le ha hecho merecedor del premio al Mejor Actor en el 58 Festival Internacional de Cine de Gijón.

(30-11-2020)
 


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81'

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Poppy field - by , Nov 30, 2020
2 / 5 stars
Campo de amapolas