Enrique Colmena

El estreno de Loving Pablo, la última película (cuando se escriben estas líneas) escrita y dirigida por Fernando León de Aranoa, nos permite hablar de este cineasta madrileño nacido en 1968, año que, a lo que se ve, le marcó indeleblemente (hablamos del Mayo Francés, lógicamente...). Porque lo cierto es que, si hay una característica evidente de Fernando es su búsqueda de la utopía, su denuncia de toda injusticia, su apuesta por los débiles, su izquierdismo militantemente revolucionario. Claro que, como todo en esta vida, esa postura suya, en su obra, ha tenido sus idas y venidas, como era de prever.

Porque, como parece obvio, la llegada de León de Aranoa al cine no pudo ser (hubiera sido complicado, por no decir imposible, conociendo el paño...) por la vía de la radicalidad, sino más bien por la de la comercialidad. Licenciado por la Complutense en Ciencias de la Imagen, su primer contacto con cine y televisión sería como guionista en olvidables series televisivas cómicas para humoristas como Eugenio o Martes y Trece, con títulos como Ahora o nunca o El retonno. Su primer guion para un largometraje de cine fue el de ¡Por fin solos! (1994), comedia del postlandismo, lógicamente con Alfredo Landa, sobre el síndrome del “nido vacío”, aunque en su caso más bien habría que llamarlo del “nido-lleno-que-no-hay-forma-de-que-se-vacíe”, con Antonio del Real a los mandos, en lo que para Fernando fue un trabajo alimenticio y de contacto con la industria cinematográfica, lo que se puede decir también, sin faltar a la verdad, de su siguiente guion para el cine, Los hombres siempre mienten (1995), otra comedia también para Del Real como director.

Una vez que Fernando León está ya inserto en el mundo del cine, comienza a rodar el que realmente le interesa, aunque su debut en la dirección no se puede decir que sea (o al menos no explícitamente) un film social: sorprende, y muy gratamente, con Familia (1996), una comedia que juega con la fantasía de que alguien con posibles y sin parientes alquile un grupo de cómicos para que, por un día, haga el papel de la familia que no tiene. Con un guion virtuosísimo, con un engranaje que encajaba a la perfección, en el que ficción y realidad se diluían hasta parecer una misma cosa, la película, aunque con una muy modesta recaudación (tampoco costó gran cosa, así que no arruinó a nadie...), sin embargo sí gozó muy merecidamente de excelentes críticas. Los expertos saludaron a este nuevo director que sabía conjugar buenas historias con una notable concreción, una estupenda puesta en escena. Además, el Goya a la Mejor Dirección Novel y varios premios en festivales confirmaron que estábamos ante un nuevo valor de la realización en España.

Tras este debut en la dirección, su nuevo guion estará en la línea del cine comprometido que realmente le interesa: escribe entonces el lacerante libreto del documental La espalda del mundo (1997), que dirige Javier Corcuera, y que presenta tres casos de extrema injusticia social en tres lugares tan distintos del mundo como Perú, China y Turquía.

Su segundo film como director, Barrio (1998), permitió a Fernando presentar, ya en esa faceta, su cara más social: la historia que nos cuenta es la de tres parias, tres jóvenes, casi adolescentes, en uno de esos barrios impersonales del extrarradio en el que la sociedad del bienestar suena como a cuento chino, pertenecientes a ese estrato social al que en los tiempos de la efervescencia revolucionaria se le llamaba lumpenproletariado, tres infelices que no saben que lo son, sus andanzas en el suburbio que les vio nacer y (¡ay!) seguramente les verá morir, no tardando mucho, por alguna de las ladinas trampas que ese sistema inalcanzable les tenderá: familia desestructurada, falta de formación, paro, droga, delincuencia. La película se llevó un montón de premios (3 Goyas, el Fotogramas de Plata, la Concha de Plata a la Mejor Dirección en San Sebastián, un Premi Sant Jordi...) y pone a Fernando León de Aranoa en el escaparate de los mejores directores españoles del momento.

Mientras sigue prestando sus servicios como seguro guionista en proyectos que no le resultan precisamente atractivos (Corazón loco, Insomnio, La gran vida), Fernando hace su tercer largometraje como director, de nuevo con un tema social, y esta vez fuera de las fronteras españolas: Caminantes (2001) es un documental que muestra la marcha de un puñado de zapatistas desde su Chiapas natal hasta el Distrito Federal, en México, en reclamación de justicia para las comunidades indígenas, en un movimiento que, por aquel entonces, todavía mantenía una poderosa imagen gracias al Subcomandante Marcos y al Ejército Zapatista de Liberación Nacional.

Su cuarto largo, de nuevo ya en los terrenos de la ficción, será una nueva aportación al cine social; en Los lunes al sol (2002) presenta el lacerante problema de los despidos forzosos en empresas en reconversión, fenómeno que periódicamente se suele dar en sectores que se quedan obsoletos, y que en España tuvo gran repercusión en, por ejemplo, la reconversión del sector siderúrgico en las provincias del norte. Asistiremos entonces a la vida de un grupo de trabajadores afectados por uno de esos procesos generadores de atroz, masivo paro, y cómo esos desempleados se las intentan ingeniar como pueden para sobrevivir un día más. Dura y realista, la película se benefició de una notable interpretación de un Javier Bardem que posteriormente volvería a trabajar, ya convertido en estrella de Hollywood, con León de Aranoa. Los premios llegan en forma de auténtico diluvio (5 Goyas, 6 premios del Círculo de Escritores Cinematográficos, 2 Fotogramas de Plata, Sant Jordi, Festival de San Sebastián...) y convierten a Fernando en el director de moda.

Con el respaldo del público (que había llenado las salas: más de dos millones de espectadores para Los lunes al sol) y de la crítica, León de Aranoa se siente seguro para hacer una nueva aportación al cine de contenido social: su quinto largometraje como director será entonces Princesas (2005), en el que tocará el vidrioso asunto de la prostitución, una lacra de la que tan difícil es salir, aunque se intente, como es el caso que se nos presenta. Con una gran interpretación de Candela Peña, en el que quizá sea su personaje más logrado en cine hasta ahora, la película consigue 3 Goyas y algún otro premio, aunque es evidente que llega bastante menos que su anterior film. También en taquilla la acogida es menos calurosa, aunque de todas formas supera claramente el millón de espectadores. 

Durante el segundo lustro de los años cero del siglo XXI, Fernando León de Aranoa solo interviene como director en un film, Invisibles (2007), un documental colectivo en el que el madrileño aporta el segmento titulado Buenas noches, Ouma, sobre el drama de la infancia en la olvidada Uganda.

Retomará Fernando el cine de ficción con Amador (2010), en el que los problemas sociales que denuncian son el trabajo precario de los inmigrantes en España, con la cuidadora de un anciano, y el abandono de estos por sus familias, en un drama que, sin embargo, no convenció ni a crítica ni a público.

Refugiados (2013) será el título del corto documental que rueda Fernando sobre el drama de los refugiados africanos y asiáticos en Europa, mientras prepara su salto a la superproducción, una vez que la veta del cine social, tras el fracaso de Amador, parece agostada, al menos en ficción (otra cosa será en documental, como veremos). Un día perfecto (2015) es esa superproducción, para lo que se estila en España, un film con estrellas de Hollywood: Tim Robbins, Benicio del Toro, Olga Kurylenko. Aunque con presupuesto desahogado, se rueda en España en lugar de en los Balcanes, en cuyas guerras de los años noventa (en Kosovo, concretamente) se ambienta. A pesar de su tono de film costeado, es evidente que León denuncia aquí la atrocidad de la guerra, de cualquier guerra, aunque se enfunde los ropajes del cinismo de quienes están inmersos en ella, los cooperantes de una ONG que han visto de todo y tienen el colmillo retorcido, lo que no es óbice para que estén a punto de volárselos (el colmillo y el resto de la cabeza...). En cualquier caso, un tema social pero ya tratado de otra forma: denuncia, pero también acción, intriga, búsqueda de la atención del público... lo que viene siendo un poco volver al redil comercial: pragmatismo, se llama la figura.

El tono puramente social en León de Aranoa se queda entonces para su faceta de documentalista, en la que hace posteriormente Política, manual de instrucciones (2016), que sigue el fenómeno Podemos desde sus inicios como movimiento político hasta su llegada al Congreso de los Diputados en las elecciones generales de 2015.

Loving Pablo es su nueva apuesta dentro de la ficción. Fiel al nuevo espíritu de su cine en esta disciplina, el cine social queda a un lado en beneficio de otros componentes: la intriga, el drama, el romance, el thriller. Lamentablemente, la inflación de filmes y series sobre el canalla Pablo Escobar Gaviria hace que esta nueva aportación a su vida y obra (por llamarla de alguna manera...) haya llegado tarde, estrellándose en taquilla, cuando ha sido una película muy costeada, y poniendo en peligro, nuevamente, la trayectoria de León de Aranoa, a pesar del giro pragmático que ha imprimido a su filmografía.

Quizá el futuro sea volver al cine utópico, al cine de compromiso social, aunque sea con presupuestos pequeños con los que no sea posible la bancarrota de los productores, auténtico germen para el ostracismo de cualquier director que se precie. Ojalá Fernando León de Aranoa vuelva por sus fueros: no está el cine español sobrado de talentos como el suyo, tanto como guionista como director; menos todavía de gente que ponga en primer plano hablar de los que no tienen voz, de los desvalidos, de los que nunca son protagonistas de las películas.


Ilustración: Penélope Cruz y Javier Bardem, en una escena de Loving Pablo (2017).