Película: Platero y yo

Platero y yo, película española producida por Marte Films y dirigida por Alfredo Castellón, fue rodada en 1964, estrenada en Sevilla en 1967 (24 de mayo) y en Madrid en 1968 (24 de abril). La diferencia entre fechas advierte que llevarla a la pantalla y  conseguir estrenarla no estuvo exento de dificultades; a ello puede añadirse que, en general, la escasa atención prestada por la crítica del momento corrió pareja a la ofrecida por el público; de ahí que la historiografía de hoy se resienta de una evidente ausencia sobre cuanta información se solicite sobre la misma.

¿Qué tendencias en temas y estilos se llevaban en nuestra cinematografía en los años referidos? ¿Qué películas fueron las favoritas de la crítica?  Las mejores del 64 se titularon El verdugo, de Berlanga, La tía Tula, de Picazo, y Llanto por un bandido, de Saura. El llamado “Nuevo cine español” estaba en plena ebullición. En el 67 se estrenaron Nueve cartas a Berta, de Patino, Amador, de Regueiro, Peppermint frappé, de Saura, y La busca, de Fons.

Por el contrario, los estrenos del 68 marcaban claras tendencias industriales con abundantes coproducciones y sólo algunos autores como Julio Diamante con El arte de vivir, Pedro Olea con Días de viejo color, Miguel Picazo con Oscuros sueños de agosto, Vicente Aranda con Fata Morgana y Carlos Saura con Stress es tres tres, despuntaban de un panorama donde la mercancía, bajo la fórmula de la coproducción, abundaba. En estos años, el Ministerio de Información y Turismo publicó numerosas leyes y nuevas normas para el desarrollo de la cinematografía nacional, entre cuyos apartados figuraban los dedicados a la protección económica y a las películas de interés especial.

Hace unos años, Filmoteca de Andalucía publicó el guión y editó la película en dvd (con duración de 88 minutos), un volumen donde el director, Alfredo Castellón (un pionero de Televisión Española y diplomado por el Centro del Cine Italiano) comentaba cómo se habían sucedido los hechos relativos a la escritura del texto y a la realización de la película. Era autor del primitivo guión el norteamericano Eduardo Mann, quien, en principio, iba a dirigir la película producida por el italiano Eduardo de Santis. Éste solicitó a Castellón un informe sobre el mismo en el que, como aspecto negativo, señaló los escasos capítulos que del libro original se habían incluido.

A partir de aquí, Castellón dirigirá la película; su rodaje estará controlado por el productor español Clemente Roberto Pérez Moreno, fundador y propietario de varias empresas en los años 50 y 60 (Llama Films, Sonora Films, Marte Films) y coproductor con distintas casas italianas. La nueva legislación española, que fomentaba el “cine para niños”, acaso fue un acicate para producir esta película en la falsa creencia de que la obra de Juan Ramón, con burrito de por medio, encajaría en esta clasificación. Al decir del director, la censura ordenó cinco cortes y “no le otorgó la calificación de infantil, lo que impidió su estreno inmediato”. Con un primer montaje, se solicitó la subvención ministerial y, obtenida la misma, ya no se hizo, al parecer, el definitivo. Los créditos de la película rezan como “una producción de Marte Films: Roberto Moreno” y asigna a De Santis la “producción ejecutiva”.

Los guionistas han establecido una línea argumental (“inspirada en…”) con Juan Ramón como personaje principal y diferentes secuencias de acción que estructuran la narración mediante presentación/ nudo/ desenlace; diversos protagonistas, con sus vivencias y anecdotarios, dan cuerpo al desarrollo de la película.

Ésta comienza con la llegada de Juan Ramón (Simón Martín), en ferrocarril, a Andalucía; tras bajarse en San Juan del Puerto, se encamina a Moguer. El presente socioeconómico de la comarca supone un fuerte impacto en el hombre cuyo recuerdo de espacios y personas se remonta a su época juvenil. Y lo mismo ocurre al entrar de nuevo en su casa y ser reconocido por Macaria (María Francés), la fiel sirvienta de la casa. A partir de aquí, el escritor y poeta, al que se le llama Juan, establece las relaciones oportunas con diferentes personas de distintas profesiones, Don Carlos (Carlos Casaravilla), Blanca (Elisa Ramírez), el alcalde y la alcaldesa (Antonio Prieto y Mercedes Barranco), Darbón, el veterinario (Roberto Camardiel), Don José, el cura (José Calvo), Aguedilla (María Cuadra), junto a otros personajes de diferentes clases sociales, los gitanos, el tío de las vistas, el panadero, los campesinos, etc.

La situación personal de Jiménez le sitúa en un momento comprometido: sin familia, debe tomar decisiones sobre su patrimonio, del que deberá deshacerse. Su compromiso social a favor de los campesinos le indispondrá contra caciques y propietarios, manipuladores de situaciones sólo beneficiosas para sus turbios intereses. El toque regeneracionista del moguereño se pone de manifiesto donde la justicia social se hace precisa. Del mismo modo, su relación amistosa y afectiva con las mujeres correspondientes a las de su clase social se pone en entredicho, dada la estrechez de miras y el pensamiento pequeño burgués de las mismas.

Este Platero de la película es, en tamaño, diferente al imaginado por el escritor en su elegía andaluza. Difícilmente este “platerillo” de cine al que el poeta coge en brazos, lo lava y lo mueve como a niño, podría responder, como dice en “Libertad” (cap. 32), al ponerse caballero sobre él: “Monté en Platero, y, obligándolo con las piernas, subimos, en un agudo trote, al pinar”.

Aguedilla es personaje principalísimo en el film y conforma el triángulo afectivo formado por ella, Juan Ramón y Platero. El libro está dedicado “A la memoria de Aguedilla, la pobre loca de la calle del sol que me mandaba moras y claveles”. Los guionistas la convierten en una muchacha marginada de la sociedad, a modo del buen salvaje roussoniano, cuya amistad y afecto con Juan Ramón no llegará ni siquiera a amor romántico sino a amistad blanca y pura; pero las malas lenguas, junto a las fuerzas vivas, quieren imponer su voluntad sobre una situación cuya base es el prejuicio y la maledicencia; y Aguedilla, por consejo del cura, por imposición del alcalde, será internada en una residencia religiosa al cuidado de monjas sumisas a las autoridades. Allí, abrazada a un Platero de trapo, con su limpia memoria puesta en el amigo y benefactor, acabará, posiblemente, loca; acaso, aún le quede tiempo para vivir en la calle del sol y mandar esas moras y claveles a las que el poeta se refería en la dedicatoria inicial.

Otros personajes  y escenas del libro están en función de las necesidades de un guión que, más allá de la historia principal, debe servirse de tramas secundarias y de personajes de apoyo. Don José, el cura, montado “sobre su burra lenta, como Jesús en la muerte…” (cap. 24), también puede llevarse un inesperado remojón, por lo que Macaria asegura que mañana no le dará la comunión. La referencia a los panaderos (cap. 38) que llegan trotando en sus caballos mientras pregonan su mercancía, se reduce a escena costumbrista y pícara para que un niño, desde el balcón, arroje aguas menores sobre bollos y hogazas. Un múltiple anecdotario se deja sentir entresacado de la rica prosa poética del libro.

Y  cuando el espacio y el tiempo o la situación requieran otro texto aún más poético que el del mismo Platero, se tirará de poema para, mientras Jiménez se deleita con el aire y la luz de la azotea (cap. 21), la voz en off nos haga llegar éste relativo al pueblo del poeta: “Buenas tardes, Moguer mío / monte y valle, mar lejano/ vengo a sentir florecer/ un abril verde en tu campo”.

En resumen, este Platero y yo “se inspira” en la elegía juanramoniana para, con los múltiples elementos de su prosa poética, construir una historia relativa a esta etapa de la vida del poeta que aporta singulares perfiles de su personalidad y múltiples inquietudes de su conciencia.


Platero y yo - by , Oct 08, 2014
3 / 5 stars
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