Enrique Colmena

Vaya por delante que lo de "alteza" no es la por mínima estatura del actor y director, que mide lo que un tapón de alberca pisado, sino por ese tan principesco y reciente premio Príncipe de Asturias que le ha entregado nuestra "alteza" (éste sí por partida doble, por príncipe y por que es más largo que un día sin pan...) Felipe de Borbón, y que le ha dado una dosis extra de publicidad que, teóricamente, no debía venirle mal a su nueva película en cartel, "Un final made in Hollywood", aunque lo cierto es que en España no ha empezado con buen pie.
Y es que el pequeño cineasta de Brooklyn parece que últimamente ha perdido su patita de conejo o cualquiera que sea el talismán que usara para darse suerte en sus películas. Sus últimos dos filmes estrenados en su país, el citado "Un final..." y "La maldición del escorpión de jade", se han saldado con taquillas claramente inferiores a los presupuestos manejados, con lo que, si no fuera porque en Europa mantiene el tipo bastante bien, el pobre Woody hace ya algún tiempo que se estaría dedicando "full time" a esa que dice es su vocación auténtica, la de escritor, y eso porque para ello basta un ordenador y una cabeza bien amueblada, aunque la habitación en la que se escriba carezca de muebles. Y quien dice un ordenador dice un bolígrafo o hasta un lápiz y una resma de papel en blanco.
Pero parece que, por ahora, y gracias a sus admiradores europeos, el bueno de Woody va a poder seguir sirviéndonos una película al año, como viene haciendo hace ya 33 años. Todo empezó mucho antes, concretamente el 1 de diciembre de 1935, cuando Allan Stewart Konigsberg, que el mundo conocería como Woody Allen, nació en Nueva York (¿se imaginan que hubiera nacido en, qué digo yo, Chicago, con la coña que da con la ciudad de los rascacielos?). Pronto aquel pequeño patito feo creció y confirmó que, de mayor, se convertiría en un pato feo adulto, aunque, eso sí, no mucho mayor que cuando era pequeño. Su talento para el chiste rápido e inteligente le confirmó pronto como un paladín de eso que llaman "humor judío", en la estela de un Groucho Marx o de un Jerry Lewis; durante su juventud hizo gala de sus dotes de humorista y "gagman" para revistas, cabarés, teatritos y otros tugurios, hasta que escribió en 1965 el guión de "Qué tal, Pussycat", que dirigiría Clive Donner, comedia misógina más bien ininteligible pero que, sin embargo, le proporcionó la oportunidad de dirigir, tres años más tarde, su primer largometraje, "Toma el dinero y corre", descacharrante sátira sobre un ladrón de aspecto de alfeñique, un infeliz que se empeña en ser delincuente a pesar de que carece de dotes para ello, prefigurando ya el personaje que le haría popular, el hombrecillo neurótico, torpe, más bien salido pero con poca suerte con las mujeres, lenguaraz, gesticulante, que iría perfilando con el paso del tiempo y de sus películas. Aquel primer filme era un prodigio de desaliño, no se podía hacer peor; era la prueba palpable de que Allen no tenía ni idea de cómo hacer cine, a pesar de lo cual la cinta funcionó bien, gracias a su desopilante humor. Se entra entonces en lo que podemos considerar la fase de aprendizaje de Woody, que va desde esa "Toma el dinero...", en 1969, hasta "La última noche de Boris Grushenko", en 1975, que sigue también bastante desaliñada, pero donde temáticamente ya introduce el tema de la muerte, que le acompañará durante el resto de su carrera, tanto en los filmes dramáticos como en los cómicos. En esa etapa están "Bananas", parodia de los grupos revolucionarios "a lo Castro", "El dormilón", una ciencia ficción casposa con algunos gags realmente memorables (véase el del "orgasmatrón") y "Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo pero temía preguntar", de título larguísimo y estructura de "sketches", con algunos muy afortunados (el de los espermatozoides, uno de ellos el propio Woody) y otros más flojos (el de Gene Wilder enamorado de una oveja).
Pero esa fase de crisálida da lugar, de buenas a primeras, a una mariposa bellísima, "Annie Hall", un filme magistral temática, pero también estética y caligráficamente; Woody ya sabía hacer cine, y aquella historia sobre sus encuentros y desencuentros con la mujer de su vida de aquella época, Diane Keaton, fascinó a los públicos de medio mundo, e incluso a los propios norteamericanos, hasta el punto de que la Academia de Hollywood la premió con varios Oscars, entre ellos dos para Woody por guión original y dirección. Pero como el pequeño judío más bien botarate se quedó en el pub Michael's tocando (desafinando, habría que decir más propiamente) con el clarinete, la Academia y el mundo del cine tomó buena nota y lo pusieron en la lista de los desagradecidos, donde ya habitaban gente como George C. Scott y Marlon Brando, que rechazaron su premio, en el primer caso, o mandaron a un propio (a una propia, más apropiadamente, qué propio, y qué cacofonía, mecachis...), en el segundo. El desdén con desdén se paga, como bien sabían los clásicos del Siglo de Oro español, y aunque después fue nominado una vez tras otra, sobre todo como director y guionista, Woody se quedó repetidamente sin estatuilla, salvo en una ocasión, que citaremos más adelante.
Empieza entonces su mejor época: tras "Annie Hall" Allen se atreve con el drama químicamente puro; es el momento de "Interiores", una tragedia de tono inequívocamente bergmaniano, un asunto familiar que termina como el rosario de la aurora. Un año más tarde, con "Manhattan", redondea su homenaje a la ciudad de las Torres Gemelas (entonces ya estaban en pie, y aún quedaban 22 años antes de que un moro majareta las hundiera), en varias historias de amor que confluyen, en distintos estadios, en el mismo hombre, ese pequeño ser permanentemente psicoanalizado, con las neuras, y los sentimientos, a flor de piel. Todo el mundo queda prendado de la ciudad a través de ese bello canto a Nueva York, pero su siguiente filme, "Recuerdos", en el que homenajea nada menos que al Fellini de "Ocho y medio", concita un unánime rechazo. ¿Qué había pasado? Sencillamente, que Allen se lo había creído y había hecho un Fellini junto a la Estatua de la Libertad, y cada cosa tiene su lugar y su momento histórico. Se reconcilia con público y crítica con "La comedia sexual de una noche de verano", donde el tributo es doble, a Shakespeare y, de nuevo, a Bergman, aunque esta vez al más festivo y ligero. Ese título, además, inicia una nueva etapa, que podríamos denominar la fase Mia Farrow, al conocer a esta actriz y comenzar una relación amorosa que se prolongará además en la pantalla en casi todos los títulos de esta época, que duraría diez años.
En esta etapa aún dará varios títulos más de primera línea; los mejores, "Zelig", donde Woody hace el personaje de un hombre tan dado a ser como los demás que, como un camaleón, toma la forma del contexto humano en el que se halla, una extraordinaria sátira sobre la capacidad del ser humano para ser tribu, para ser uno más entre la masa, pero también sobre la necesidad del hombre de formar parte de algo; y "La rosa púrpura de El Cairo", comedia sobre cine dentro del cine, en sentido literal, porque los personajes entrarán en la pantalla de una sala de cine y allí se mezclarán con los de la supuesta ficción, una joya de innovaciones estilísticas y temáticas. Hay otros títulos señeros, aunque algo inferiores a esas dos obras maestras: "Hannah y sus hermanas", por la que recibe su segundo Oscar al mejor guión original, donde las carambolas y el azar recuerdan, en cierto sentido, el cine de Eric Rohmer; "Días de radio", nostalgia de sus años de niñez y su fascinación por las melodías que le marcarían en la edad adulta; y "Broadway Danny Rose", donde Woody es un representante con una cuadra de artistas como para tirarse de los pelos.
Con "September", en 1987, retoma sus títulos dramáticos, aquí en una nostálgica y hermosa visión del otoño humano, jugando con un grupo de personajes en un único escenario. Prolonga y mejora esa vena dramática en "Otra mujer", con una espléndida Gena Rowlands, encuentros y desencuentros familiares que recuerdan, de nuevo, al mejor Bergman, para después iniciar una subfase, dentro de la etapa Mia Farrow, más endeble, como si Woody ya estuviera cansado de su novia (de hecho, lo estaba, como se supo después) y ello se reflejara en su cine: "Delitos y faltas" y "Alice" tienen un interés decreciente, y "Sombras y niebla", entre Fellini y Bergman, tampoco convence, aunque tiene destellos de interés. Cuando se estrena "Maridos y mujeres" estalla la crisis entre Woody y Mia, porque el cineasta estaba saliendo a espaldas de la actriz nada menos que con la hija adoptiva de Farrow y el director de orquesta André Previn, Soon Yi Previn. El escándalo fue de órdago, aunque curiosamente ya en esa "Maridos y mujeres" se intuía que lo de Woody era un adulterio casi publicado en la portada del "New York Times". La ruptura tiene consecuencias nefastas para Woody desde el punto de vista personal y de reputación (la mujer burlada procuró ponerlo de sátiro y menorero, incluso con sus propios hijos), pero cinematográficamente le liberó de la losa de Mia, que se había convertido ya en una lápida insoportable. Empieza entonces la que se puede considerar última etapa hasta ahora, sin una característica común (afortunadamente Soon Yi no es actriz, de buena nos hemos librado...), que comienza con un homenaje a Hitchcock, fundamentalmente el de "La ventana indiscreta", en "Misterioso asesinato en Manhattan", prolongado después con un filme de gánsteres con interés por el mundo del teatro en "Balas sobre Broadway", en el que el típico personaje de Allen lo interpreta un John Cusack muy atinado y, desde luego, mucho más joven y adecuado al papel de inexperto autor teatral; en "Poderosa Afrodita" nos cuenta la historia de un hombre insatisfecho con su vida conyugal que conocerá a una puta de buen corazón, papel que le proporcionaría a Mira Sorvino un Oscar; en "Todos dicen I love you" (espantoso título en "spanglish" que llevó el filme en su estreno en España) Woody se atreve nada menos que con el musical, un musical modesto y sin grandes coreografías, agradablemente resuelto; en "Desmontando a Harry" Allen demuestra que sigue en forma, haciendo su última gran película hasta ahora, un cachondo juego sobre la desmaterialización de las personas (de ahí lo de "Desmontando..."). Pero su siguiente título, "Celebrity", en la que parodia el mundo del corazón, es un fiasco, y Kenneth Branagh en el papel que normalmente hace Woody está ciertamente penoso. Después llega la lamentable "Acordes y desacuerdos", retrato de un personaje ficticio, un jazzman que tiene la extraña virtud de acumular en su persona todos los vicios posibles, bien servido por un Sean Penn excelente en su papel de personaje abominable, pero en un filme lamentablemente urdido y peor resuelto. Esta fase heterogénea se completa, hasta ahora, con "Granujas de medio pelo", donde Woody parece volver a los orígenes de "Toma el dinero y corre" y cuenta la historia de otro ladrón mentecato y posterior advenedizo en la alta sociedad; "La maldición del escorpión de jade", thriller sobre joyas robadas, detectives de aseguradoras y hasta trances hipnóticos; y este "Un final made in Hollywood", con director que se queda temporalmente ciego y tendrá que rodar en esas penosas condiciones una película que le salvará de la ruina y le permitirá recuperar su verdadero amor.
En fin, que su alteza Allen lleva una racha de regular para abajo; no termina de dar en la diana, de nuevo, el bueno de Woody; parece como si se le hubieran agotado las buenas ideas, y las últimas películas son variaciones sobre viejos filmes o temas no especialmente distinguidos; no sabemos si ahora el problema es, precisamente, que no tiene una musa como Diane Keaton o Mia Farrow, actrices, que lo inspiren adecuadamente; lo cierto es que, a este paso, Woody va a perder la estima que tantos le tenemos. Ojalá me equivoque; no saben cómo me gustaría...