Enrique Colmena

Tras la primera parte de este artículo, en el que glosamos, a modo de resumen, lo más interesante que, a nuestro juicio, se ha podido ver durante 2017 procedente de España y el resto de Europa, en esta segunda entrega haremos lo propio completándolo con lo mejor que, a nuestro entender, nos ha llegado de América, Asia y África.


Érase una vez en América

De Estados Unidos, claro está, nos sigue llegando la gran mayoría del cine que se ve en España (y en el resto de Europa y del mundo, para qué engañarnos). Es por tanto normal que de esa procedencia nos llegue gran parte del buen cine que vemos aquí. Este año de 2017 hemos seleccionado hasta seis títulos de aquel país, seis títulos que, a nuestro parecer, tienen entidad como para entrar dentro de este imaginario “Top 20” que estamos haciendo del año que termina.

Quizá uno de los títulos más esperados haya sido Blade runner 2049, la continuación, 35 años después, de la mítica Blade runner (1982), de Ridley Scott, que por cierto ha conocido una reposición con honores de estreno coincidiendo con el de esta secuela. Sin llegar a la altura del original, somos de la opinión que esta continuación tiene empaque, entidad, altura, y no desmerece la historia primigenia, aportando elementos de lo más sugestivo. El trabajo de Denis Villeneuve en la dirección se nos antoja competente y capaz; mejor, seguramente, que el que hubiera podido llevar a cabo el propio Scott, del que últimamente solo nos llegan mediocridades, aunque sean mediocridades muy costeadas… En un tono muy distinto, En realidad, nunca estuviste aquí es un formidable thriller en clave de cine negro actualizado, que remite no solo al Taxi driver, de Scorsese, con el que se le ha comparado, sino al de otros clásicos del género, de El silencio de un hombre, de Melville, a La conversación, de Coppola. Gran trabajo de Joaquin Phoenix en este film que consagra a su directora, la estupenda Lynne Ramsay, como una de las más interesantes cineastas contemporáneas.

La película de los Oscar (con metedura de pata incluida de Warren Beatty y, en menor medida, de Faye Dunaway, en la lectura de la tarjeta relativa a la Mejor Película) fue, qué duda cabe, La ciudad de las estrellas, quizá más conocida por su título original La La Land, que redescubrió el musical para Hollywood, lo que quizá nos permita volver a disfrutar de este género esplendoroso. La actualización que del mismo hizo el director Damien Chazelle fue oportuna y muy estimable, y la pareja formada por Ryan Gosling (éste en su segundo hit del año junto con Blade runner 2049) y Emma Stone tenía mucha química.

Pero la peli que realmente se llevó el Oscar a la Mejor Ídem fue Moonlight, una obra pequeña en presupuesto y apoyos que, sin embargo, escaló hasta lo más alto. Una historia en do menor sobre un niño, adolescente, adulto, en un mundo, el urbanita negro o afroamericano, que es abrumadoramente (al menos en apariencia) heterosexual, y cómo gestionar la diferencia en un medio hostil hacia cualquier diversidad que no se inscriba sin ambages en ese canon, hecha con una sutileza extraordinaria por un director como Barry Jenkins, que entrega con ésta su mejor tarjeta de presentación para una cinematografía que está ayuna de talentos como el suyo.

Detroit se ambienta en otro momento histórico de Estados Unidos, los disturbios raciales de los años sesenta. En ese contexto, en la ciudad del título se produjeron tres alevosos asesinatos de ciudadanos negros que constituyen el meollo de este notable film de Kathryn Bigelow, un vibrante alegato antirracista, contra la violencia policial y contra la utilización de la justicia para el mantenimiento de un inicuo statu quo. En un tono muy distinto, Vivir de noche, con dirección y protagonismo de Ben Affleck, nos aportó una interesantísima actualización del género negro, una visión más que apreciable de una historia de gángsters, un film que, sin embargo, y a pesar de sus evidentes virtudes, tuvo una pésima carrera comercial, por lo que el futuro de Affleck en la dirección (al menos de este tipo de productos) ha quedado en entredicho.

Del resto de América traemos solo un título; evidentemente, se ha hecho más cine en Latinoamérica de interés: cinematografías como la argentina, brasileña, mexicana o chilena han producido títulos que podrían estar en este resumen. Pero la complicación de una distribución adecuada hace que el subcontinente americano que habla lenguas romances esté infrarrepresentado. Pero no es mal título, ni mucho menos, el que traemos: Rara, de la chilena Pepa San Martín, es un alegato a favor de la familia, cualquiera que sea su composición: en este caso, la formada por una mujer divorciada de su marido, emparejada con otra mujer, y las dos hijas de la primera. Sobre ese microcosmos se producirá un conflicto que hablará de resquemores, de represiones, de prejuicios, en un film modesto, sin grandes aspavientos, hermoso en su sencillez.


Una Asia (mayoritariamente) de ojos rasgados

Casi todo el gran cine que nos ha llegado de Asia lo ha sido de países cuyas razas tienen los ojos rasgados. No es extraño: las cinematografías más pujantes del continente son las de China, Japón y Corea del Sur. De la primera de esas naciones no tenemos este año, sin embargo, ningún título: sin film de Zhang Yimou, no nos ha llegado nada lo suficientemente bueno (siempre a nuestro subjetivo juicio) como para estar en este “Top 20”. Pero sí de Japón, lo que ya es habitual: así, El tercer asesinato es la nueva película de Hirokazu Kore-eda, un cineasta que suele dar casi siempre en la diana, y que aquí nos trae una fascinante historia en clave de thriller, pero cuyos ropajes de género pronto conducirán al drama cuasi existencial. No menos interesante es el otro título nipón de esta lista, Your name, un film de dibujos animados de Makoto Shinkai, que jugaba a placer con temas tales como el onirismo, el intercambio de cuerpos y mentes, la (im)posibilidad de que personas de distintos tiempos puedan conectarse entre sí.

Al Oeste de Japón está Corea del Sur, país con una vigorosa producción, del que este año hemos visto una notabilísima aportación al cine de terror, variante zombi. Train to Busan, dirigida por Yeon Sang-ho, es una electrizante película sobre un padre, una hija, un tren y una epidemia de muertos vivientes que los asuela, con una virtuosidad técnica y temática ciertamente ejemplares. Que una película sobre un subgénero como éste, que se suele identificar con el cine “pulp”, llegue a esta excelencia es una gran noticia: confirma entonces que no hay tema, por pequeño que parezca, que no pueda ser objeto de buen, de gran cine.

La excepción sobre este cine asiático de ojos rasgados que ha copado la magnificencia en cine en este 2017 la encontramos en Irán. De allí nos ha llegado la última película del laureado (dos de sus películas han sido galardonadas con un Oscar) Asghar Farhadi, El viajante, una libérrima adaptación del clásico Muerte de un viajante de Arthur Miller, de nuevo una percutante historia sobre relaciones humanas, amorosas, de odio, de sentimientos, lascivias y delitos, todo ello con el pudor inevitable en una autarquía teocrática como es la Persia de los ayatolás.


África, lacerante

La producción de cine africano es, por obvias razones, no precisamente abundante y, por ello, no suele haber muchos títulos de calidad. Además hay que tener en cuenta que, en el difícil mundo de la distribución internacional, son los que tienen menos papeletas para estar en el cotarro, así que ver cine africano en Europa, no digamos en España, suele ser poco menos que imposible. Aún así, este año hemos podido ver una joyita procedente del continente negro, aunque en este caso de un país que no tiene ese color de piel: de Egipto hemos podido disfrutar Clash, un notabilísimo ejercicio de estilo (todo está rodado desde dentro de un furgón policial), pero, a la vez, una extraordinaria radiografía de la sociedad egipcia, dividida entre los que pretenden que el país sea una república islámica, y los laicos, que buscan deslindar estado y religión. Ese microcosmos está admirablemente dado por el director Mohamed Diab, confirmando que no hay cinematografía pequeña sino grandes cineastas do quiera que filmen.

Estos son mis 20 del 17. Otros tendrán otros títulos, y serán tan justos, seguramente, o más, que estos. Pero, en contra de la tesis marxista (línea Groucho), estos son los míos, y no tengo  otros…

Pie de foto: Una imagen de la angustiosa Train to Busan.