Enrique Colmena

Este 6 de Diciembre de 2018 se cumple el cuadragésimo aniversario de la ratificación en referéndum de la Constitución Española. Esa efeméride, que parece confirmar que los tiempos en España, al menos en la España reciente, se cuentan por unidades de cuatro décadas (los 40 años de Franco, los 40 años de reinado de Juan Carlos I), nos permite hablar del cine que se ha hecho en nuestro país durante ese período, un cine que, sin duda, ha cambiado enormemente sobre el que se hacía antes de que la nación contara con una Carta Magna democrática.

Haremos, entonces, un repaso, año a año, de las que nos parecen mejores películas españolas de ese lapso de tiempo, dividiéndolo por decenios, para hacernos una idea de qué se ha hecho en el cine de nuestro país durante ese plazo y cómo ha ido cambiando con el paso de los años, pero también con el cambio de un régimen dictatorial y liberticida a uno democrático y de plenas libertades públicas y civiles.


1978

Aunque este año es casi pre-constitucional (la Constitución se votó por los españoles el 6 de Diciembre, casi con el año terminado), es evidente que ya el cine que se hacía en España en ese momento era lo suficientemente libre como para considerarse plenamente democrático; además, desde mediados del año anterior, 1977, existía ya un parlamento nacional con miembros elegidos por sufragio universal, libre, directo y secreto, una de las claves del arco (aunque no la única) de cualquier sistema democrático que se precie.

Lo cierto es que este año no fue demasiado pródigo en títulos de interés, aunque sí podemos destacar algunos. Así, Luis Berlanga volvía con fuerza al cine español con La escopeta nacional, divertidísima sátira sobre el franquismo con un reparto coral en estado de gracia, que descubriría un filón que el propio cineasta valenciano frecuentaría posteriormente, con decreciente interés. Ese años en la Berlinale premiaron dos películas españolas, quizá como reconocimiento a la neófita democracia; fueron Las truchas, de José Luis García Sánchez, y Las palabras de Max, de Emilio Martínez-Lázaro, interesantes pero todavía imbuidas del cripticismo del cine antifranquista. Bigas Luna se revelaría con la morbosa Bilbao, retrato de la obsesión de un hombre hacia una prostituta. Como también sería descubierto Ventura Pons con su documental Ocaña, retrato intermitente, un cine distinto, desprejuiciado y desvergonzado, que se rodaba en calles y tugurios. En esa misma línea, pero como una muy cuidada ficción, Pedro Olea nos sorprendería con Un hombre llamado Flor de Otoño, con una excepcional composición de José Sacristán. Y Mario Camus, que no era precisamente un recién llegado, miraba hacia atrás en Los días del pasado, sobre maquis y resistencias, con una de las últimas interpretaciones de Pepa Flores, exMarisol.


1979

El corazón del bosque, de Manuel Gutiérrez Aragón, se puede considerar una de las más interesantes aportaciones del cine español del año; versionaba muy libremente el tema de la novela El corazón de las tinieblas, de Conrad, como ese mismo año hacía, a su manera, Coppola en Apocalypse now. Más atrás en el tiempo se iba Pilar Miró con El crimen de Cuenca, versión al cine del verídico caso ocurrido a principios del siglo XX, en el que dos campesinos fueron brutalmente torturados por un asesinato que no habían cometido. El film fue secuestrado por la autoridad judicial, en uno de esos casos que, ciertamente, provocan sonrojo.

Carlos Saura, uno de los directores más importantes del antifranquismo, hará Mamá cumple 100 años, en la que retoma los personajes de su anterior Ana y los lobos (1973), en una metáfora sobre España y su pasado reciente. José Luis Borau, que ya había demostrado su valía con Hay que matar a B (1973) y Furtivos (1975), rueda La sabina, una aproximación a un telúrico universo femenino, donde la Mujer y la Tierra serán una misma cosa. Sobre la novela homónima de Eduardo Mendoza, Antonio Drove rueda su mejor película, La verdad sobre el caso Savolta, con un magnífico José Luis López Vázquez al frente del reparto, una historia ambientada en la convulsa Barcelona de 1917 a 1923. Y, por último, José Luis Garci prosigue con Las verdes praderas su retrato de la última generación que reprimió el franquismo, con un Alfredo Landa ya desembarazado de su tópico personaje del landismo.


1980

Saura haría en este año su particular aportación al subgénero quinqui que José Antonio de la Loma descubriera años atrás en Perros callejeros (1977). El film sauriano será Deprisa, deprisa, y se puede decir que fue una curiosa e interesante intelectualización de los personajes marginales del subgénero. En las antípodas, Manuel Summers hace su aventura americana rodando en USA Ángeles gordos, historia romántica entre dos personajes metiditos en carnes, una de sus mejores películas que, sin embargo, fue un fiasco comercial. Manuel Gutiérrez Aragón maravilla con Maravillas, retrato abstracto y bastante hermético de una adolescente más que peculiar, que descubrirá a una actriz, Cristina Marcos, que nunca después consiguió el nivel alcanzado aquí. Algo que no se puede decir de Victoria Abril, que en La muchacha de las bragas de oro, de Vicente Aranda, estuvo espléndida, pero que más tarde reeditaría trabajos tan buenos o mejores que ese; esa adaptación de la novela homónima de Juan Marsé también incidirá en el ajuste de cuentas que la cultura española hizo en aquellos años con el franquismo.

En un registro muy distinto, será también Victoria Abril la protagonista de Mater amatísima, film de José Antonio Salgot sobre un tema vidrioso, ser madre de un niño autista, una obra de gran dramatismo que Abril resolvía con pasmosa facilidad. Y también muy distinto será Arrebato, uno de los films emblema de la época, una de las pocas películas de Ivan Zulueta, una historia entre lo onírico y lo real, muy emparentada con una mirada torva y dramática de la Movida Madrileña. También en este mismo año se puede destacar El nido, de Jaime de Armiñán, historia de amor platónico entre un viejo, estupendo Héctor Alterio, y una niña, una no menos buena Ana Torrent. Almodóvar saltará a la palestra con su iconoclasta Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón, que pone patas arriba la cinematografía nacional. Y en Andalucía (aunque no con producción andaluza...), Tierra de rastrojos, de Antonio Gonzalo, cuenta solventemente una historia de campesinado y resistencia.


1981

Este será un año escaso en títulos de interés. Lo tenía, sin duda, El crack, la primera aproximación de Garci al cine negro a la celtibérica manera, con un estupendo Alfredo Landa. También lo tenía Patrimonio nacional, segunda entrega de la Trilogía Nacional de Berlanga, aunque decrecía un tanto con respecto al primer segmento. Renacer fue la aventura yanqui de Bigas Luna, y aunque se resintió de numerosos avatares de producción, tuvo evidente interés, con Dennis Hopper a la cabeza del reparto. Por último, Javier Aguirre, más conocido por su cine comercial, pero también autor del llamado “anticine”, será el autor de Vida/Perra, experimento fílmico con un único personaje, Juanita Narboni, al que interpretaba una portentosa Esperanza Roy.


1982

Tampoco la cosecha de este año fue demasiado buena. De las mejores, La colmena, magnífica adaptación de la novela de Cela, llevada a cabo por Mario Camus, con un notable elenco que tenía un protagonismo coral. Laberinto de pasiones será el segundo film almodovariano, ahora con príncipes iraníes de pluma desplegada, en una película que evidenciaba que el manchego iba puliendo su estilo, aunque sus temáticas seguían siendo esencialmente epatantes. Desde Cataluña nos llegó La plaza del diamante, sobre la novela de Mercè Rodoreda, con dirección de Francesc Betriu y el descubrimiento de Silvia Munt como actriz delicada y talentosa. Y Volver a empezar, de Garci, aunque no fue una gran película, sí consiguió el primer Oscar para España...


1983

Jaime Chávarri, que ya había dado muestras de su talento con El desencanto (1976) y A un dios desconocido (1977), rueda Bearn o la sala de las muñecas, reputada como El gatopardo español, sobre la novela homónima de Llorenç Vilallonga. Saura, por su parte, filmará la lujuriante segunda parte de su trilogía del baile flamenco, Carmen, de nuevo con Antonio Gades y el descubrimiento de Laura del Sol. Entre tinieblas será la nueva y provocadora apuesta de Almodóvar, ahora con una comunidad de monjas de gustos peculiares. Garci rueda El crack dos, segunda parte de su elogiado “film noir”; este resulta ser algo inferior, aunque todavía interesante. Y Antonio Giménez Rico pone en escena Vestida de azul, docudrama que expone por primera vez en pantalla en España, de forma monográfica, el transexualismo.


1984

Jaime Chávarri vuelve a dar en la diana con la adaptación de la obra teatral de Fernán Gómez, Las bicicletas son para el verano, que supondrá el descubrimiento de un actor de físico particular, Gabino Diego. Vicente Aranda consigue uno de sus films negros más interesantes y desgarradores con Fanny “Pelopaja”, libérrima adaptación de la novela Prótesis, de Andreu Martín. Manuel Gutiérrez Aragón vuelve por sus fueros con La noche más hermosa, ambientada en un universo televisivo entre lo onírico y lo surreal.

Dentro del cine vasco, Montxo Armendáriz debuta con fortuna con Tasio, telúrica historia en clave étnica sobre los carboneros navarros. También en ese mismo ámbito del cine autonómico de Euskadi, Imanol Uribe hace La muerte de Mikel, que une en el mismo film abertzalismo y homosexualidad, con un notable Imanol Arias. Gonzalo Suárez, por su parte, de nuevo con sus personajes Rocabruno y Ditirambo, rueda Epílogo. El caso Almería, dirigido por Pedro Costa Musté, pondrá en escena un lacerante suceso ocurrido en la provincia andaluza, un caso de flagrante brutalidad policial. Almodóvar, por su parte, parece descubrir el Neorrealismo en ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, en el que el petardeo de la Movida Madrileña deja paso a un cierto tono social, con una Carmen Maura que será ya su fetiche durante el resto de la década. Aunque sin duda la película del año será Los santos inocentes, impecable adaptación de Mario Camus sobre la novela homónima de Miguel Delibes, que se convierte en un acontecimiento nacional, y por la que Francisco Rabal y Alfredo Landa conseguirán, ex aequo, el Premio al Mejor Actor en el Festival de Cannes.


1985

Los efectos benéficos de la Ley Miró, que dotó de mayores recursos económicos al cine español, se empiezan a sentir a partir de este año. Así, tendremos cosecha extra de buenos títulos: Caso cerrado, de Juan Caño, denuncia política con Pepa Flores en uno de sus últimos papeles; Extramuros, de Miguel Picazo, sobre la novela homónima de Jesús Fernández Santos, con unas estupendas Carmen Maura y Mercedes Sampietro; Padre nuestro, de Francisco Regueiro, críptico entre los crípticos, aquí más inteligible, con duelo Paco Rabal-Fernando Rey; La vaquilla, nuevo Berlanga tras terminar la Trilogía Nacional, ahora ambientando su historia en plena Guerra Civil, en tono cómico con final trágico; como comedia clásica, brillante y con buenos diálogos tendremos Sé infiel y no mires con quién, adaptación de una exitosa comedia teatral de la época, que dirigió Fernando Trueba; y el heterodoxo Eloy de la Iglesia sorprendía con una versión ajustada y clásica de la novela de Henry James, Otra vuelta de tuerca.


1986

Las buenas películas se acumulan este año, sobre todo por los buenos oficios de la Ley Miró. Así tendremos a Fernando Trueba y su El año de las luces, sobre el complicado trance de la adolescencia en tiempos difíciles, la postguerra; Pedro Almodóvar, fiel a su cita anual (de entonces), presenta Matador, donde Eros y Thanatos se dan la mano; Fernando Fernán Gómez estará presente con dos films, ambos notables: Mambrú se fue a la guerra y, sobre todo, El viaje a ninguna parte, sentida crónica sobre los conmovedores “cómicos de la legua”, con un extraordinario José Sacristán; Pilar Miró estrena Werther, adaptación libérrima del clásico romántico de Goethe, con un estupendo Emilio Poncela; Vicente Aranda, por su parte, adapta un clásico de la novelística de postguerra, Tiempo de silencio, de Luis Martín Santos, de nuevo con Imanol Arias en una muy estimable interpretación; Jaime Chávarri reaparece con la que quizá sea su última gran película, El río de oro, sobre la nostalgia de la  niñez y la adolescencia, para la que contó con el alemán Bruno Ganz.

Bigas Luna proseguía con su particular rosario de historias morbosas y sensuales con Lola, donde el maltrato doméstico se travestía de amor sadomaso; el descubrimiento del año sería Agustí Villaronga, que hizo con Tras el cristal una película tan irregular como desasosegante; Montxo Armendáriz, por su parte, abandona la temática vasca para centrarse en drogas y juventud en la lacerante 27 horas; Saura rueda el último segmento de su trilogía del baile flamenco con El amor brujo; Dragón Rapide narra, de la mano de Jaime Camino como director y de un excelso Juan Diego como Francisco Franco, los días previos al llamado Alzamiento Nacional; y, finalmente, Manuel Gutiérrez Aragón hace su particular canto a la mujer con la peculiar La mitad del cielo, con una estupenda y muy apropiada Ángela Molina.


1987

Este año el número de títulos estimables desciende apreciablemente. Los que más nos interesaron fueron: Angustia, de Bigas Luna, en lo que constituyó otra de sus pelis de ambientación norteamericana, aunque rodada en Barcelona, un ejercicio de estilo que conseguía altas cotas de inquietud en el espectador; un tono muy distinto es el de La vida alegre, quizá la última buena película de Fernando Colomo, desprejuiciada y divertida; el Almodóvar anual será La ley del deseo, una de las cimas de su cine en esa década, una tempestuosa historia de amor gay; El Lute. Camina o revienta, primera parte del díptico sobre el famoso quinqui que Vicente Aranda filmará con su habitual talento, de nuevo con Imanol Arias como actor fetiche; Divinas palabras, pulcra y quizá no demasiado personal adaptación de Valle Inclán, de la mano de José Luis García Sánchez y con una esplendorosa Ana Belén al frente del reparto; y, por supuesto, quizá la mejor de todas las del año, El bosque animado, adaptación de la novela de Fernández Flórez, con dirección de José Luis Cuerda y un Alfredo Landa en estado de gracia, en uno de los personajes por los que tiene un sitio asegurado en la Historia del Cine Español.

Ilustración: Paco Rabal y su “milana bonita”, en una imagen de Los santos inocentes (1984), de Mario Camus.

Próximo capítulo: En el 40 aniversario de la Constitución: las mejores películas españolas de la democracia (II). 1988-1998